jueves, 29 de enero de 2026

Destemples del Hombre y del Mundo

Entendemos por teodicea un género de la apologética cristiana que busca solventar un punto difícil a la vez que central de la doctrina teológica: la justificación de por qué, proviniendo el mundo de un Creador perfecto y  todopoderoso, es él mismo imperfecto y defectuoso. La teodicea busca conservar estos dos elementos irreconciliables sin negarlos, conciliándolos en una explicación que por lo general atiende a la naturaleza falible del ser humano, como exponente central de la creación, y a la necesidad de que éste supere sus debilidades en un acto de libertad sobreponiéndose a sus propios defectos y mereciendo así la salvación. Esto en sustancia.

Ahora bien, la teodicea tiene, en un sentido más amplio, derivados filosóficos que vienen a estudiar el problema del mal y de su aceptación o comprensión desde postulados que ya no sean estrictamente cristianos, sino más ecuménicos o filosóficos o racionalistas. Es el caso de las teodiceas deístas, que vienen a despersonalizar a Dios y situarlo en una esfera más próxima a aquellos dioses de la filosofía griega que no se ocupan de cosas humanas. A esta escala de cosmología deísta, el bien y el mal son incumbencia de los hombres y sus prioridades; el Universo, o el Dios de este deísmo panteísta, tiene otras escalas y otras prioridades, si es que tiene alguna prioridad o preferencia. 

En su Essay on Man, Alexander Pope escribe su propia versión de la teodicea,  y en este pasaje viene a comparar los tiranos y sátrapas que ejemplifican la maldad humana con las tormentas y terremotos que causan daños pero son sin embargo parte del orden natural de las cosas. Digamos que se coloca Pope a una escala inhumana de valoración para evitar que concibamos un Universo antropocéntrico, creado para el hombre por un Dios benevolente y con las prioridades humanas a la vista:

If the great end be human happiness,

Then Nature deviates; and can man do less?

As much that end a constant course requires

Of showers and sunshine, as of man's desires;

As much eternal springs and cloudless skies,

As men forever temperate, calm, and wise.

If plagues or earthquakes break not Heaven's design,

Why then a Borgia, or a Catiline?

Who knows but he whose hand the lightning forms,

Who heaves old ocean, and who wings the storms,

Pours a fierce ambition in a Caesar's mind,

Or turns young Ammon loose to scourge mankind?

From pride, from pride, our very reasoning springs;

Account for moral, as for natural things:

Why charge we Heaven in those, in these acquit?

In both, to reason right is to submit.

    Better for us, perhaps, it might appear,

Were there all harmony, all virtue here;

That never air or ocean felt the wind;

That never passion discomposed the mind:

But all subsists by elemental strife:

And passions are the elements of life.

The general order, since the whole began,

Is kept in Nature, and is kept in man.

 

(Alexander Pope, Essay on Man, I.iv) 

 


Bien, esto era por contextualizar este pasaje. Lo que quería hacer con él no es estudiarlo en su propia intencionalidad o significado, sino sólo señalar una fuente posible —no relacionada con la teodicea—para algunas de sus frases e imágenes. En efecto, parece que al escribir este pasaje Pope tenía en mente o seguía de cerca un pasaje del Examen de ingenios de Huarte de San Juan, curiosamente uno del "Segundo Proemio al Lector" añadido en la edición de 1594, y que versa sobre una cuestión central al Examen de ingenios, a saber, las diferencias naturales de temple, carácter, genio y capacidades entre los hombres. ¿A qué se debe la diferencia de mentes, y por ende de juicios, de los hombres? Así razona Huarte:

1. (...) Ningún filósofo antiguo ni moderno, que yo haya visto, ha tocado esta dificultad, asombrados, a mi ver, de su gran obscuridad, aunque todos los veo querellosos del vario juicio y apetito de los hombres. Por donde me fué forzado echar el discurso a volar y aprovecharme de la invención, como en otras dificultades mayores que no han tenido primer movedor. 

Y discurriendo, hallé por mi cuenta que en la compostura particular de los hombres hay una causa natural que involuntariamente los inclina a diversos pareceres; y que no es odio, ni pasión, ni ser los hombres detractores y amigos de contradecir, como piensan los que escriben cartas nuncupatorias a sus Mecenates pidiéndoles contra ellos ayuda y favor... Pero cuál fuese esta causa en particular, y de qué principios puede nacer, aquí estuvo el dolor y trabajo.

2. Para lo cual es de saber que fué antigua opinión de algunos médicos graves, que todos los hombres que vivimos en regiones destempladas estamos actualmente enfermos y con alguna lesión, aunque por habernos engendrado y nacido con ella, y no haber gozado de otra mejor templanza, no lo sentimos. Pero advirtiendo en las obras depravadas que hacen nuestras potencias, y en los descontentos qu e cada hora pasan por nosotros sin saber de qué ni por qué, hallaremos claramente que no hay hombre que pueda decir con verdad que está sin achaque ni dolor.

 Todos los médicos afirman que la perfecta salud del hombre restriba en una conmoderación de las cuatro calidades primeras, donde el calor no excede a la frialdad, ni la humidad a la sequedad; de la cual declinando, es imposible que pueda hacer tan bien sus obras como antes solía. Y está la razón muy clara: porque si con la perfecta temperatura hace el hombre sus obras con perfección, forzosamente con la destemplanza, que es su contrario, las ha de hacer con alguna falta y lesión... Pero para conservar aquella perfecta sanidad, es necesario que los cielos influyan siempre unas mismas calidades; y que no haya invierno, estío ni otoño; y que el hombre no discurra por tantas edades; y que los movimientos del cuerpo y del ánima sean siempre uniformes; el velar y dormir, las comidas y bebidas, todo templado y correspondiente a la conservación desta buena temperatura.... Todo lo cual es caso imposible, así al arte de medicina como a naturaleza.

Sólo Dios lo pudo hacer con Adán, poniéndolo en el Paraíso terrenal y dándole a comer del árbol de la vida, cuya propiedad era conservar al hombre en el punto perfecto de sanidad en que fué criado. Pero viviendo los hombres en regiones destempladas, sujetas a tales mudanzas del aire, al invierno, estío y otoño, y pasando por tantas edades, cada una de su temperatura, y comiendo unos manjares fríos y otros calientes... forzosamente se ha de destemplar el hombre y perder cada hora la buena templanza de las primeras calidades. De lo cual es evidente argumento ver que todos cuantos hombres se engendran, nacen unos flemáticos y otros sanguinos, unos coléricos y otros melancólicos, y por gran maravilla uno templado; y a éste no le dura la buena temperatura un momento sin alterarse.


En suma, para Huarte, la diversidad de entornos crea diversidad de cualidades y capacidades en los hombres. Hay aquí, si queremos, un elemento de protoevolucionismo. En cuanto a Pope, enfatiza el elemento naturalista. Los hombres son seres naturales y por tanto sujetos a toda la diversidad y conflicto de fuerzas de la Naturaleza. La Naturaleza surge de la lucha de fuerzas elementales, y lo mismo el hombre. El mismo universo inmoral e indiferente que crea los volcanes y tormentas crea los tiranos y sus crueldades, buena encarnación ellos mismos de las leyes del Universo y de su indiferencia a los valores. Esto en cuanto a explicación. La valoración moral que esto merezca, por parte de las víctimas de esos cataclismos humanos o fenómenos naturales, ya es otra cuestión.

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