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viernes, 21 de agosto de 2026

Partner Choice - Ignoring Trauma

 

  

Maté, Gabor. "Gabor Maté: Your Partner Choice Reveals Everything! The Hidden Cost of Ignoring Trauma." Video, interview. YouTube (We Need to Talk) 22 Oct. 2024.* (Motivations, Attachment, Emotions, Endorphines, Addiction, Relationships, Conflicts).

https://youtu.be/u62afqJ7PEk

2026

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Retropost, 2006: Paralelismos traumáticos

 

Paralelismos traumáticos

Ya hablé en un post anterior de Muertes paralelas, de Fernando Sánchez Dragó, y de lo forzado que me parecía alguno de los paralelismos que sirven de base al libro. Me ha gustado, sin embargo, como libro sobre la guerra civil española y sus consecuencias y la memoria de la misma y sus traumas, ejemplificados en el propio autor.

Es el libro una self-begetting novel de las que decía Steven G. Kellman, un libro que cuenta la historia de cómo llegó a ser escrito, y que, aún más, cuenta cómo quien lo escribe llega a ser quien es mediante la escritura de este libro. Escribe Sánchez Dragó con el siguiente planteamiento: tras muchos años de ignorar la figura de su padre, asesinado por los falangistas al comenzar la guerra civil, se ha dado cuenta, por diversas coincidencias y señales procedentes quizá del más allá, de que el destino de su padre y el suyo están estrechamente entrelazados, de que su padre es la persona más importante de su vida, "el personaje de más importancia, sustancia y trascendencia en la vida de su hijo" (583). Así, el hijo se da cuenta de que ha de escribir un libro para sacarlo del olvido, o para sacárselo del cuerpo, o para terminar de metérselo en el cuerpo quizá. Hace un seguimiento paso a paso de los últimos días de su padre, y más panorámicamente de toda su vida, y de la propia, y de la de su familia entera, con el trasfondo del país en la guerra y la posguerra. Analiza la manera en que su propia personalidad es producto de la herencia y de las circunstancias traumáticas que marcaron su infancia, y en suma busca "desamordazar y regresar" al difunto mediante un proceso de escritura intenso, superponiendo a esa escritura la investigación y la rememoración de su relación fantasmática con su padre, y de toda la carrera, personalidad y destino propios. Viene a concluir Dragó que él es quien es porque mataron a su padre —si no, es probable que hubiera seguido sus pasos en el periodismo y hubiese terminado dirigiendo la agencia Efe, y siendo un desdichado ejecutivo, o quizá un ciudadano Kane, en lugar del hippy feliz y anárquico que es. Aunque no parece haber razón para temer eso, si creemos que "todo lo que, bueno o malo, sucede a un hombre, a una persona, es culpa o mérito de su temperamento y de su conducta" (77).


Es un libro pues contradictorio, y también excesivo, divagante, desordenado, desvergonzado, que pasa de lo emotivo a lo carcajeante y a lo absurdo o ridículo de manera deliberada sin gran orden ni concierto; tan pronto es conmovedor como no puede callarse una asociación de ideas deliberadamente grotesca, o desbarra con interpretaciones disparatadas; todo con frecuentes repeticiones que van y vienen por oleadas o en espiral creciente, conforme vamos entendiendo y conociendo mejor al narrador y a su familia y obsesiones. Como digo lo he pasado bien leyéndolo, a pesar de su longitud desmedida, de las repeticiones o hipótesis inútiles, y de las abundantes ideas marulas del autor-narrador.

Me ha interesado especialmente la dimensión traumática de la historia, y el sentido de ritual funerario de la escritura:

"no es necesario (... ) abrir las fosas de la guerra civil que bajo tierra, selladas por el polvo de catorce lustros, duermen, ni encomendar a Aixa la tarea de cepillar, asear y peinar la calva calavera de su abuelo, porque éste, Fernando Monreal, periodista de brillante porvenir, director de la agencia Febus, esposo de Elena, padre del autor de esta tragedia, denunciado por un primo de su cónyuge, encarcelado y condenado por un colega, asesinado a los veintisiete años de edad por un pelotón de hijos de puta y españolito de corazón helado por la barbarie del país bicéfalo en el que tuvo, como tantos otros, la desgracia de nacer, ha sido desenterrado, salvado y liberado por su hijo, que descendió al Hades en su busca, y lo encontró, y contó su historia, y glorificó su memoria, y al hacerlo le devolvió la vida" (659).


El significado político de esta historia hoy es bien expresado por el autor cuando dice que "pocos españoles hay que no lleven un dolor semejante en el fondo de su almario" (59).

Ahora bien, el trauma familiar de Sánchez Dragó, si bien es compartido con muchos españoles, a la vez es vivido y analizado de modo muy particular por el autor. No me convence el análisis que hace de su propio trauma: hay demasiada palabrería y demasiado bailoteo hipotético alrededor, y un montón de hojarasca de sincronías y reencarnaciones y destinos que para mí no son sino síntomas de un cráneo mal amueblado y muy frívolo con las ideas y con el orden de las cosas. No voy a ponerme a analizar el carácter de Sánchez Dragó, pero creo que no sorprendo a nadie si digo que me parece arrollador, egocéntrico, narcisista, fascinado consigo mismo y que le encanta escucharse (vaya, todo eso menos lo de arrollador debería hacérmelo recomendable al menos como alma gemela). Es un libro muy hindsight biassed, que toma una historia llena de imprevistos, casualidades y contingencias, y la organiza para reelaborar un relato de trayectos vitales preorganizados en el más allá y simetrías vitales compensadas según las necesidades fantasmáticas del autor, con el fin de explicar y justificar el presente. La creencia en destinos, sobre todo destinos especiales, en coincidencias asombrosas diseñadas para enseñarle lecciones, en iluminaciones y caídas del caballo, etc., son todos síntomas de alguien que cree desde muy adentro que la realidad está organizada en torno suyo, algo de lo que evidentemente no se llega a curar mediante la escritura de este libro. 

Más interesante me ha parecido pues la manera en que Sánchez Dragó escenifica el trauma de modo espontáneo, un trauma no superado mediante la escritura, como querría hacernos creer, sino por el contrario profundamente asentado, quizá más asentado que nunca tras el proceso de escritura. Me refiero a las simpatías profundamente derechistas (hippy-falangistas, por ser más preciso) de alguien cuyo padre fue asesinado por los falangistas en la guerra. Claro que Sánchez Dragó siempre ve esa circunstancia como un tanto paradójica o contradictoria: su padre no era un "rojo", y especula que muy probablemente habría hecho rápida carrera bajo el régimen de Franco, en caso de haber sobrevivido (muy plausible suena esto).

El libro empieza con el autor en sus años mozos e inconscientes. El autor, a decir propio, no termina de hacerse adulto hasta que escribe este libro. Era entonces, a mediados de los cincuenta, un rojillo comunistoide, o más bien tenía un síndrome adolescente de revuelta contra su familia de derechas y contra el franquismo paternalista y sofocante; y es al ser arrestado por el célebre comisario Conesa cuando éste le espeta, revelación para él, que a su padre no lo mataron los rojos sino "nosotros" (sería borde el comisario), los nacionales. Segunda vuelta de tuerca al trauma. Ya no sabe el futuro autor contra quién tiene que rebelarse; en todo caso, aún no ha tenido lugar su caída del caballo y su descubrimiento del misticismo oriental, que aquí aúna con el retorno a la figura de su padre.

Primer toque de atención de los desbarres mentales del autor es su simpatía por la figura de Queipo de Llano: "Queipo, y eso le honra y, a mis ojos, le encumbra, ni era un político ni se metía en política, tanto menos en politiquerías" (105)—¡pues menos mal! Porque sólo dio un golpe de Estado, claro que eso no debe ser meterse en política para Sánchez Dragó. En Queipo reconoce una especie de anarquista de derechas como él. Pues con los jipis del calibre de Queipo, ojo, digo yo.

Pero el episodio más revelador viene con la fascinación que siente el autor por José Antonio Primo de Rivera. Lo elige para la portada de su libro, detalle que le afeé en su blog, y es de hecho la principal "muerte paralela" de las que supuestamente estructuran el libro. A decir verdad, el libro es una serie de estructuras contradictorias en pugna, porque según confiesa el autor, fracasa en su intento de escribir un auténtico libro sobre su padre y José Antonio. Así pues, esa estructura se entrecruza con otra que divide el libro en tres secciones: la primera, "el padre", la segunda "la madre" y la tercera "el hijo", o sea él mismo. Pero la sección de José Antonio Primo de Rivera se embute de manera un tanto improcedente en la sección de "la madre", con lo cual tenemos a continuación del padre real, el padre imaginario, o el doble quiástico del padre, José Antonio Primo de Rivera. Porque el autor quiere enfatizar que al igual que su padre no era de izquierdas, José Antonio no era de derechas, sino un revolucionario, y acabó fusilado por el bando revolucionario... Cuenta asimismo su simpatía por la Falange renovada (que distingue de la franquista como el blanco se distingue del negro)... pero ay, no puede evitar el problema de que a su padre no lo mató ni esta falange renovada a la que Sánchez Dragó da conferencias, ni la falange oficialista de Franco, sino la única que existía por entonces, la de José Antonio Primo de Rivera... un hecho con el que autor pugna por no enfrentarse. Serían falsos falangistas, advenedizos, los que mataban a la gente, no auténticos falangistas, seres puros, idealistas, al menos tal como se definen a sí mismos en la obra de José Antonio... En fin. Que aquí veo yo el auténtico y profundo trauma de Sánchez Dragó: un trauma que no es un trauma, por estar ya cicatrizado y asimilado; es ya la forma en que ha crecido el árbol, una estructura de personalidad, y unas reacciones viscerales asentadas de antaño ante la iconografía y retórica de la extrema derecha española.

Recuerdo que en la escuela de mi pueblo, en la época franquista, figuraban, a la izquierda y a la derecha del crucifijo, los retratos de Franco y de José Antonio. Franco como la realidad, lo que ERA (una gloriosa realidad según la autorrepresentación del régimen); José Antonio era la posibilidad frustrada, lo que PUDO haber sido, pero también era el más allá, el mártir, el santo, un ser de sobrenatural pureza que velaba sobre el presente desde un lugar privilegiado. Sánchez Drago, a la vez que reacciona (como casi toda España) contra la pequeñez espiritual, la mezquindad siniestra y la dantesca mediocridad de Franco, conserva intacta la otra parte del binomio, al parecer sin caer en la cuenta hasta qué punto es una construcción del propio franquismo que abomina, y parte esencial de su mitología. Refuerza la figura de José Antonio con lecturas de primera mano, de las que sale tanto más convencido. Convencido a priori y por necesidad, pues José Antonio es, a un nivel profundo, y como lo demuestra al estructura de su libro, el alter ego de su padre, la dimensión sobrenatural, trascendental y secreta de su padre; lo que su padre hubiera sido si hubiera sido un gran hombre, y no sólo el que fue (un hombre dinámico, pragmático y sin ideario político). Sánchez Dragó tampoco tiene ideales políticos, abomina de España, que es una ciega pelea a bastonazos entre rojos y azules; pero si los tuviera, en esa dimensión transcendental y secreta, serían los de José Antonio, o los de la actual Falange a la que admira y desea una suerte que augura no tendrá, dada la realidad de España (que por eso, por esa realidad, es Sánchez Dragó anarco-jipi, y no falangista, pero también por su carácter, y, en fin, que su identificación con José Antonio es una identificación con un ideal imposible y sobrehumano, un superyó). Hasta intenta hacer de José Antonio, no sólo "claro varón de España" sino poeta... ésos son los mejores, los de obra puramente hipotética.

Con respecto al "Alzamiento", es ambiguo Sánchez Dragó, como lo es hoy gran parte de la derecha que lo contrata (aparte de las conferencias a la Falange, la televisión de Madrid aparece como su empleo más estable recientemente). La sublevación franquista tuvo lugar "contra el gobierno legal—pero dudosamente legítimo, porque la violencia imperante y la parcialidad de sus planteamientos lo deslegitimaban" (312). También justifica las llamadas de José Antonio al uso de la violencia, intentando quitar hierro a sus frases, y aceptando al parecer que "no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria" o cuando se insulta a nuestros sentimientos (390). Hay que destacar también, por ser ecuánimes, que dice por otra parte que la condena a muerte de José Antonio fue, si bien injusta, comprensible dadas las circunstancias. (Tanto más me sorprende que insista pues en ponerlo de figura paralela con su padre, ejemplo de muerte a todas luces injustificable e incomprensible para quien no quiera ponerse del lado de los asesinos).

Estamos marcados por la guerra. "No son, amigo Delibes, las guerras de nuestros antepasados. Son también, las de ahora mismo y serán algún día las de nuestros descendientes. ¡Maldita Iberia!" (406). El mal nacional, la envidia, recibe esta formulación: "tienen mis compatriotas—y cualquiera que despunte en algo, yo mismo, bien lo sabe y padece—la muy puñetera y palurda manía de encasillar al prójimo y de negarle a priori, y a machamartillo, toda posibilidad de sacar los pies del plato y de transitar por caminos diferentes, aunque no por fuerza opuestos, a los que les tienen asignados" (421). Con frecuencia es elocuente Sánchez Dragó a la hora de describir los caracteres típicos nacionales, sus pequeñeces y sus abominaciones grandes y pequeñas.

Pero, revenons à nos moutons, es interesante cómo "la verdad se inventa" según dice el autor citando a Machado (448); si eso es cierto de la verdad histórica, tanto más de la "verdad" más subjetiva que necesita el narrador. Así, Sánchez Dragó se enteró siendo hombre joven de que a su padre lo habían matado los falangistas, pero la verdad que necesitaba en su esquema emocional era otra (la que había recibido, de hecho....). Tanto más a medida que desandaba simpatías políticas para volver a una derecha bastante derechista, tras su sarampión comunista. Necesitaba que su padre fuera de los buenos, no de los rojos (y no era de izquierdas... así que tanto más corregible la historia). En una novela autobiográfica, Las fuentes del Nilo (1986) imagina la huida de su madre y propia del Madrid republicano "en una avioneta falangista que volaba a ras de suelo". Es, novelando la realidad, lo que le pedía el cuerpo. Analiza cómo su madre regresó a la España de su clase social, de su entorno, de su vida entera... pero no se aplica a sí mismo ese mismo razonamiento. O se indigna con los milicianos que habían destrozado el mobiliario de su casa en Alicante al ocuparla; tras denostarlos y preguntarse "¿qué habría sido del país si semejante gentuza se hubiese llevado el gato de la victoria militar al agua?" se excusa con este sorprendente razonamiento:


"Lo siento. Sé que en la otra bandería de la guerra se perpetraron atrocidades análogas, pero no con las casas y las cosas de los míos. ¿Acaso no es lógico salir por los fueros de mi gente? Es la voz de la sangre la que aquí habla por mi boca" (499)


—esto, en una narración centrada en el asesinato de su padre por los de la otra bandería... es, como poco, un lapsus sorprendente.

Otro episodio traumático significativo es el relativo a su hermanastro. Hijo del segundo matrimonio de su madre, matrimonio sin amor, se obsesionó y enloqueció con la idea de que en realidad era hijo del primer marido de su madre. "Diciéndolo de otra forma: quería ser hijo del amor, no del desamor, como en la triste realidad lo era, y bailando en ese alambre enloqueció" (533). Una triste historia, pero que a su manera viene a reforzar los ecos traumáticos que resuenan en las propias obsesiones del autor: este también quiere ser hijo de la derecha, y no de la España roja, y de ahí su obsesión con el paralelismo y analogía entre su padre y José Antonio Primo de Rivera, y el retorno casi compulsivo e histérico a la figura de este último. Aludiendo a su hermana mayor, que murió de cianosis tras el nacimiento, lo expresa así: "Y ese niño, que no nació azul, aunque tal fuera luego (y lo siga siendo, cada vez más) su color favorito, fue Dioni" (Dionisio es su alter ego ficcionalizado y corregido). Azul, pues, como el cuaderno de Aznar, o como la camisa de José Antonio, y por voluntad propia de darse forma a sí mismo volviendo una y otra vez al origen que era cierto poéticamente, si no literalmente.

Termina el libro entre escenas de excavaciones en las Fosas de la Memoria, con estudiosos identificando los cuerpos de fusilados anónimos en la guerra civil, y regresando a los traumas para curarlos ceremonialmente: "el familiar, para recuperarse del trauma de la desaparición del ser querido, necesita 'cerrar el duelo', y eso sólo se consigue recuperando los restos del familiar desaparecido y dándole una sepultura digna" (608). Pero el autor ya no está interesado en los restos literales de su padre; ha recogido y reelaborado a su manera sus scattered textual bones, y le da pagana sepultura en su libro, fundiéndolo de manera más satisfactoria no cabe con una recreación de su propia personalidad, la recreación a la que estaba "destinado" tras la original creación de su persona que habría de nacer póstumamente. En una imaginativa sesión de psicoanálisis mediúmico con su amigo Jodorowski, llega a la certidumbre de que si su padre no vivió la vida que parecía tener destinada, es porque la vivió reencarnado en su hijo (en versión corregida y aumentada, menos oficinista...). La identificación con el padre a través de la reencarnación es desde luego una buena solución para desenterrar y regresar al muerto, para quien se la pueda creer. Aún va más allá Sánchez Dragó, y llega a concluir lo siguiente, paradigma de la reconciliación consigo mismo y con los hechos y hasta con los actores de la muerte de su padre:

—¿Significa, lo que acabas de decirme, que yo debo la buena marcha de mi vida, su encarrilamiento, los éxitos alcanzados en ella, a la muerte de mi padre?
—Sí, sí, sí...
— En ese caso, maestro Jodorowsky, estaría obligado a admitir que el crimen cometido con mi padre, malo para él, fue bueno para mí y que , desde ese punto de vista, debería, incluso, estar agradecido a las personas que lo asesinaron.

Así el libro invierte su proyecto, y pasa a celebrar y justificar la muerte del padre, incluso a recrearse en ella de modo autocrítico. 

Pero entre esta frase y las loas a José Antonio y la Falange hay una relación traumática que el texto, aun en sus piruetas más grotescas, evita ver. Demasiado pronto "mató al padre" Sánchez Dragó (630)—fue una muerte en falso, no conocía a su padre y así mal pudo matarlo, y por tanto sigue, matándolo imaginativamente sin lograr salir de su adolescencia ni aun en la vejez, y siempre lo mata en falso, mientras el padre fantasmático, muerto pero eternamente joven, José Antonio Primo de Rivera, lo contempla impasible desde su retrato.



sábado, 15 de agosto de 2026

A Day on Trauma

 

Dana, Deb. "Polyvagal Theory and Trauma." Video lecture. (A Day on Trauma). YouTube (The Weekend University) 28 Nov. 2020.*

https://youtu.be/M-SVdQ-CHkA

         2026

martes, 27 de enero de 2026

Retropost, 2006: Caché

 

Caché  (Reseña de la película de Michael Haneke)

Esta película va de un esquizofrénico paranoico peligroso que se dedica a escenificar con su personalidad B toda una historia de persecución y angustia para inquietar a su personalidad A y a la vez regresar a sus traumas y dar satisfacción a sus represiones con un asesinato brutal. 

El neuras éste (Georges/Auteuil) es un presentador de televisión de éxito, y le parece tan normal a sus colegas y familia (bueno, a su mujer la va alterando un poco, pero si ella supiera...). A cuenta de la guerra de Bush contra el terror, se le despiertan unos traumillas familiares que tenía reprimidos desde la época de la guerra de Argelia (casi ná) y se dedica a orquestar un elaborado montaje. Se envía a sí mismo cintas vagamente amenazadoras con dibujos que aluden a su viejo trauma, y aterroriza a su mujer con la idea de que hay un chiflado que los persigue, que quiere vengarse de ellos. 

En realidad quien se venga es él: localiza al objeto en el que se han centrado sus obsesiones (era un niño árabe al cual estuvieron a punto de adoptar sus padres); primero lo desprecia e intimida, con ayuda de la policía por cierto; luego lo asesina fríamente cortándole el cuello de un navajazo. Previamente se había colado en su piso para (con su tecnología superior) hacer grabaciones que aparentemente comprometían a ese árabe, Majid (ahora cincuentón). 

El hijo de Majid se enfrenta pasmado a la evidencia de que no logrará enfrentar a Auteuil-Jekyll con su Hyde. Quizá se conozcan este joven árabe y el asesino Auteuil, es posible el hijo de Majid sea el monitor de natación del hijo de Georges/Auteuil, pero a Auteuil le da igual, y a mí también, "todos los árabes me parecen iguales". Total que Georges/Auteuil no es descubierto por nadie, ni por la policía, ni por su esposa, ni por el espectador (excepto por mí). Es un blanco demasiado retorcido y bien agazapado en un ambiente favorable. 

Hay sin embargo esperanza para la nueva generación, pues el hijo de Majid sabe separar a su colegui y pupilo de natación de las neuras y crímenes de su padre, ni lo secuestra ni nada en las escaleras del instituto cuando se encuentran. Claro que estos árabes son tan retorcidos que nunca se sabe, igual ha plantado él la cámara que los está enfocando al final...

Bueno, ésta podría ser una lectura tentativa, que utiliza dos premisas problemáticas para algunos: 1) El espectador occidental está implicado en la película, con su mala conciencia a cuestas; 2) No todo lo que vemos en la pantalla se corresponde con una realidad objetiva (de hecho, nada lo hace). Esto nos deja en realidad sin base para hacer una película coherente al modo Hollywood, con un culpable auténtico y una solución; de modo que habría que poner entre paréntesis todo el párrafo anterior, naturalmente. 

La primera secuencia, magistral, ya nos instala de entrada en una realidad problemática, y a fuerza de intensidad y simplicidad problematiza todo lo que veremos a continuación, infectándolo con diversos grados de hipótesis o probabilidad. (Je, aún recuerdo las críticas que se le hacían a Hitchcock por "tramposo" por haber presentado una mentira en imágenes disfrazándola de hecho objetivo... A algunos les irritará Caché de la misma manera).

Dicho esto, habría que avisar contra la alegorización fácil en esta línea: "Georges/Auteuil = la carga de crímenes del hombre blanco", "Majid/Bénichou = El Tercer Mundo, el Mundo Árabe". Un pequeño problema es que la película necesita también esta alegorización fácil para funcionar. De hecho es lo que es, un problemático constructo que se tiene en el aire sostenido por distintos traumas históricos y presuposiciones que no deberían hacerse pero se hacen. Si hay algo simplista en este mensaje político, descansa precisamente sobre el simplismo de la política internacional y de las actitudes xenófobas de andar por casa. 

Caché es una muy buena película sobre traumas (históricos, personales, aquí en relación problemática) y la manera en que alteran la percepción de la realidad. Poco a poco el espectador se contagia de apofenia y paranoia. No sabemos de qué elementos del trasfondo, o del primer plano siquiera, nos podemos fiar, y cuáles encierran una amenaza o una clave para descifrar siniestras intenciones que tal vez estamos inventando. Podríamos colocarla entre las películas donde la realidad flojea. Tanto más flojea cuanto que en esta ocasión no sabemos si la realidad, o el guión, flojea o no, ni por dónde.

Lo que desde luego no flojea es ni la dirección ni el trabajo de los actores. Que salgan tres veces a saludar, por favor.

 

 

(Caché. Escrita y dirigida por Michael Haneke. Reparto: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou, Annie Girardot, Nathalie Richard, Lester Makedonsky. 2005. Aparte de las principales reseñas de la Internet Movie Database he leído una discusión entre diversas interpretaciones en Leftbehinds ).

 

viernes, 28 de noviembre de 2025

Retropost, 2005: William Gibson, 'Pattern Recognition'

 

William Gibson, Pattern Recognition

Publicada en 2003, Pattern Recognition es la última novela por ahora de William Gibson, el autor de Neuromante. Ya está escribiendo otra, según su blog -- que es el mejor sitio para meterse en discusiones sobre esta novela. Pero alguna impresión sí que voy a dejar. Va de una heroína, Cayce, alusiva al Case homónimo de Neuromante; aunque esta Cayce está en nuestro principio de siglo post-11-S. Es una detectora de modas emergentes y asesora para compañías de marketing. Es frágil a pesar de algunas durezas, está sin pareja, jetlagueada, descentrada, inquieta. En su tiempo libre, chatea por Internet con un tal Parkaboy y otros que no conoce sobre una misteriosa película que va apareciendo fragmentariamente en distintos puntos de la Red (una "narración distribuida" que diría Jill Walker). El argumento va de cómo "se vende" a un inquietante tiburoncillo del márketing Bigend, que la contrata para convertir su hobby en un trabajo y localizarle a él a la persona que está haciendo esta misteriosa obra de arte. Así que Cayce va de Londres a Tokyo a Moscú desentrañando el misterio, y sorteando las intrigas de su rival, la trepa intrigante Dorotea, que quiere llegar antes que ella. Cayce no sólo consigue a la vez cubrir su objetivo, triunfar sobre Dorotea y hasta mantener una cierta honestidad personal entre tanto márketing, sino que además conoce a Parkaboy ITF, in the flesh, y la novela que comenzaba con la heroína alienada y con jet lag termina con ella plácidamente dormida compartiendo lecho con quien quería, y con su alma en su sitio (por ahora...).

Cayce tiene varios traumas que también cura durante sus aventuras: una alergia a las marcas promocionadas (y eso que es a lo que se dedica...). Reconciliación, pues, con el capitalismo logotípico, perspectivas de convivencia más armoniosa con el márketing. A través de la red, quizá. Otro trauma de Cayce es relativo a su padre, desaparecido en el 11-S. Casualmente, Cayce logra apaciguar su espectro, que hasta se le aparece en un momento difícil para infundirle fuerzas, y decirle adiós. Cayce es un poco la América post-11/S, o algunos aspectos de la misma; va repitiendo como un mantra una frase sobre un pato que se estrella en la cara de alguien, desplazamiento simbólico del ataque a las torres gemelas... pero la curación viene a través de la red. Paradójicamente, la curación del trauma está ligada a esta película que a su vez tiene un trauma inscrito - reproduce en su estructura la forma de un fragmento de metralla que la explosión de la bomba de un terrorista dejó alojada en el centro de la cabeza de la misteriosa directora de la película (305)... A su vez, esta directora es rusa, una inocente jovencita asociada por familia a oscuras mafias post-soviéticas; hay una especie de hermanamiento entre Rusia y América a través de la herida del terrorismo, y de la promesa del márketing internacional en red. Y a mí que no me produce tanta tranquilidad esta resolución... y hasta el happy end es deliberadamente artificial y buscado, casi con mala conciencia, América encontrándose a sí misma a través de la red, veo la idea, pero... hay bastante wishful thinking. Al final de la novela, Gibson/Parkaboy y su anima Cayce se encuentran al fin juntos. Y hemos vivido una casi casi de James Bond, con Parkaboy localizando a Cayce en la estepa rusa desde un helicóptero, en la mejor tradición de la caballería al rescate. Es un sueño de unidad consigo mismo que sólo se da, claro, desplazándose uno a alteregos ficcionalizados.

La historia acecha por debajo de la frenética modernidad: barrios japoneses quemados, Stukas desenterrados del barro de la estepa rusa... Todos temas bien hilados en la odisea de Cayce siguiendo la pista del misterioso pattern inscrito en el código de la red. Algunos de ellos tienen interés cibernético para info-yonquis ("the highest level of play, for techno-obsessives, is always and purely about information itself" - 169). Así, otro de los sub-argumentos lleva a Cayce a la Segunda Guerra Mundial, a los campos de concentración donde se diseñaron algunas de las primeras calculadoras, otro a ligues fantásticos por chat con objetos eróticos que se materializan... como le sucede de hecho a Cayce también, menos espectacularmente, con su mawg (middle-aged white guy) Parkaboy. En este sentido, quizá podría criticarse que Internet aparece no tanto como un nuevo contenido o experiencia, sino como un medio difusor y que permite contactos inesperados. La obra de arte dispersa, por ejemplo, es cinematográfica, no es una obra propiamente ciber-Nética, aunque sea diseñada por ordenador y se distribuya por la red. En este sentido la novela hace "menos" con la red que Neuromante. Y, claro, es una novela, y no una obra en red. Aunque intenta, sin duda, a través del website de Gibson, volverse en un fenómeno de comportamiento de grupo, el culto de Gibson, "a group behavior pattern around a particular class of object" (86).

- And then?
- I point a commodifier at it. (86).

Gibson también está "scouting cool for the commodifiers" (195), en cierto modo. "Any creation that attracts the attention of the world, on an ongoing basis, becomes valuable, if only in terms of potential" (307).

Un tema importante en la novela es la diferenciación entre reconocer una regularidad emergente (pattern recognition) e imaginarla (apophenia). Así, el argumento juega a despistarnos insinuando posibles estructuras, tentando al lector, siguiendo las sospechas de Cayce, a volverse paranoico y ver conspiraciones inexistentes (como la obsesiva imagen del cantante Billy Prion que sigue a Cayce por doquier). Así la novela se sitúa en la tradición de la ficción paranoica: "Paranoia, he said, was fundamentally egocentric, and every conspiracy theory served in some way to aggrandize the believer" (124). Siempre debe haber lugar para la coincidencia, para el azar, para regularidades gratuitas e insignificantes. "When there’s not, you’re probably well into apophenia, each thing then perceived as part of an overarching pattern of conspiracy" (294). Así pues, también intenta el argumento darnos una lección de humildad, no esperar demasiado de los argumentos y de la capacidad de la vida para darnos resoluciones limpias. A la vez nos da un argumento bastante completito, las dos cosas se pueden hacer a la vez.

El mayor logro de Gibson, más allá de lo cuestionable del argumento básico, está en el lenguaje, la construcción de la percepción de la protagonista mediante las imágenes recicladas de la experiencia postmoderna. Así, por ejemplo, Cayce ve en directo, desde la ventana de un rascacielos de Nueva York, el ataque a las torres gemelas, pero en realidad no mira a la ventana, mira a la televisión que en ese cuarto está emitiendo la misma imagen. "An experience outside of culture" (137), dice el narrador sobre sus sentimientos. El libro en cierto modo busca palabras para esta experiencia, y otros traumas de la experiencia postmoderna. Una experiencia de white noise, que decía DeLillo. Y comenta Gibson / Parkaboy: "As to how blankness can yield image, I do not pretend to know, though I suppose that is the question, ultimately, that underlies the entire history of art" (170).

El sentido principal que cree descubrir Cayce, y Gibson, organizándose a su alrededor, es "a new paradigm of history" (340), la globalización en red, dirigida y explotada por gente como Bigend y esos tiburones rusos; y que nos lleva al apocalipsis de la postmodernidad, aquí sólo entrevisto:

"a world where there are no mirrors to find yourself on the other side of, all experience having been reduced, by the spectral hand of marketing, to price-point variations on the same thing. But as she’s thinking this, Marchwinska-Wyrwal taps his glass with the edge of a spoon" (341)

Me temo que volveremos a saber de esta asociación de ideas aquí interrumpida – lo sabremos ITF.

viernes, 13 de junio de 2025

Mountain Windsong

Me citan en este artículo sobre las tribulaciones de los Cherokees y la novela Mountain Windsong:

Sharma, Shyam Prasad. (Dpt. of English, Dhawalagiri Multiple Campus, Tribhuvan U, syambaglung38@gmail.com). "Voices of the Trail: Trauma, Memory, Identity, and Resilience in Robert J. Conley's Mountain Windsong." Dhaulagiri Journal of Contemporary Issues 3.1 (June 2025).*  (Cherokees displaced from North Carolina to Oklahoma, 1835-38; Subaltern studies)

         https://doi.org/10.3126/djci.v3i1.78657

         Online at ResearchGate.*

         https://www.researchgate.net/publication/392463130

         2025


domingo, 11 de mayo de 2025

Retropost, 2005: Unlocking Million Dollar Baby

 

Unlocking Million Dollar Baby

Pues veamos, Million Dollar Baby, de Clint Eastwood. La película va de traumas, y por tanto de cosas que no se pueden mencionar directamente; se tratarán por tanto con símbolos, indirecciones y alusiones. Y eso que a los dos personajes principales, interpretados por Clint Eastwood y Morgan Freeman, les gusta decirse la burrada más gorda y la cosa más dolorosa u ofensiva como viejos colegas que son (esto se llama en inglés banter, en español no sé). Al fin dan la bienvenida a este club de banteadores, masculino por definición, al joven hallazgo de Clint (que tiene por norma no trabajar con chicas). Bueno, pues este Clint resulta que era un abusador, y violaba a su hija de pequeña. La niña ha crecido, y no quiere tratarse con él, como traumada que está, y la conciencia de su pecado tiene traumado a Clint, que se pega los días en la iglesia intentando bantearse al cura, pero el cura lo lleva peor que Morgan. Si la religión del cura no sirve, porque es mecánica y no adaptada al caso, la negra religión de Morgan Freeman, que estudia el caso individual, te da el perdón y el camino que la otra niega. Al final Clint logra superar su trauma desplazando la solución a una hija imaginaria, con la cual deshace el mal que hizo, primero, respetando sexualmente a la persona de esa hija adoptiva, con la que no tiene lazos de sangre (aunque la primera pregunta que le hace, por si acaso, es "¿conozco a tu madre?"). Una vez la chica es ya un colegui y a la vez la hija de Clint, y a la vez él mismo (los dos con su frustrada carrera a cuestas), ya está madura como símbolo para la consumación penitencial. Al fin Clint recupera la infancia perdida, en su Innisfree particular, ("in is free"), comiendo tarta de limón en un cenador que la chica frecuentaba con su padre, y que debía llevar esperándole a él desde los años de la Depresión. Largo tiempo, pero valía la pena porque allí se funden en una su propia niñez, la de su hija y la de la adoptada; es más, se han superado hasta cierto punto las traumantes barreras que separan lo masculino de lo femenino. Es una película donde todo pasa un poco al revés, como nos aclara un autocomentario simbólico: para demostrar el aprecio a los amigos, se les dice algo ofensivo o despectivo; para demostrar a una persona que la quieres, es preciso a veces actuar con ella de modo sancionable por las leyes; para liberarte de un trauma, tienes que hacer algo verdaderamente traumante, para recuperar la inocencia tienes que ir a las profundidades de la experiencia y del desengaño.

Aparte de eso, va toda de boxeadores, y de lo mismo que la de Amenábar (Mar Adentro).

Por cierto, me faltaba la lectura en clave política (gentileza de a nameless person): "hay que protegerse", dice Clint: pero por mucho que intentes protegerte, USA, estás a merced de los hados. Al otro Fitzgerald, Kennedy "el amado", la verde esperanza de América, también se le torció la carrera, y sólo podemos lamer las heridas nacionales tras el gran desengaño. Podemos planificar la repetición de la jugada, volver a dar la batalla (igual esta vez hasta colgamos a Saddam) pero el fiasco se producirá, inevitablemente, por otro lado, incalculable. Por lo menos la tarta de limón sí está rica.

 

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