En algunos sitios el tiempo sólo pasa para dar vueltas de remolino o girar en círculos viciosos. Esto escribía Sánchez Ferlosio, en 2002, sobre el conflicto árabe-israelí en 1982. Donde dice Reagan o Bush, léase Trump; donde dice Sharon, léase Netanyahu. Y no digo más:
Lo que faltaba
No se yo si el criterio por el que tan a menudo se rigen los congresos, conferencias, "cumbres", etcétera, de que "es mejor un mal acuerdo que ningún acuerdo" no habrá desarrollado un exceso de pudor o de amor propio de los convocantes, temerosos del demérito de fracasar, que a veces se llega a acuerdos tan aguachinados por las concesiones que sería preferible el desacuerdo, pues al menos no deja sobreseída la querella. El miedo a un desacuerdo con Estados Unidos que muestran las constantes claudicaciones de los europeos, ¿responde verdaderamente a un grado tal de dependencia económico-política que cualquier distanciamiento de cierta relevancia supondría un grave quebranto para ellos? ¿O es que las cosas se han puesto tan feas para los europeos que les resultaría peligroso incluso dejar de disimular con respecto a esta creciente sospecha?
El último acuerdo cocinado en la ONU y aguachinado por la constante amenaza de veto de Estados Unidos, que consiente que los propios israelíes tomen parte en las averiguaciones sobre lo ocurrido en el campo de refugiados de Jenín, viene a ser, a mi juicio, algo así como si tras la cacería los amos de la rehala consiguiesen que los perros mismos participasen en una comisión destinada a investigar si se han ensañado demasiado con el zorro. Estados Unidos ha accedido solamente a un texto que daba garantías de que no se pondría en cuestión la legitimidad de la estrategia de Ariel Sharon o, en una palabra, que aseguraba a priori su inmunidad, por no decir su impunidad. Y esto remite ahora, tal vez no tan indirectamente como podría parecer, al soprendente veredicto que la ratificación del Tribunal Penal Internacional por sesenta y seis países, el 11 de abril del año en curso [2002], mereció por parte de un influyente grupo de parlamentarios americanos republicanos y demócratas: "Un deplorable revés contra la promoción de la paz y la seguridad internacional", veredicto tras el cual se dirigieron acto seguido al presidente instándole a que exigiese de la ONU plenas garantías de inmunidad para los soldados americanos, so pena de que, en caso contrario, se opondrían a cualquier intervención militar americana para el mantenimiento de la paz. Comoquiera que el 18 de abril el propio presidente [Bush] declaraba que Ariel Sharon es "un hombre de paz", nada tendría de extraño que pensara en éste como "homologado" con los soldados americanos en cuento beneficiario—siempre en nombre de la paz—de la misma inmunidad.
Pero, por lo que se refiere a esta especie de contrarretrato de Dorian Gray en el que Sharon se ve hoy representado con las limpias facciones de "un hombre de paz", me parece conveniente repasar para atrás las páginas de su "hoja de servicios" hasta 1982, año de la invasión del Líbano, emprendida bajo su mando, aunque ya no recuerdo si como ministro de la Guerra o en calidad de general en jefe del Ejército israelí. Como en aquella ocasión parece que hubo algún disgusto con el entonces presidente Reagan, Ariel Sharon, preguntado al respecto en una entrevista que le hizo nada menos que Oriana Fallaci, contestaba lo siguiente: "Yo no dramatizaría la irritación de los americanos. Nuestra alianza con ellos se basa en intereses recíprocos, y los americanos lo saben: Israel ha hecho tanto por la seguridad de Estados Unidos como éste ha hecho por la seguridad de Israel; así que no tiene importancia que surja alguna riña." Esta respuesta de primeros de septiembre de 1982 me la ha recordado instantáneamente una declaración del propio Sharon del 8 de abril de 2002, o sea diecinueve años y cinco meses después, que dice así: "A veces surgen desacuerdos, pero aquí no son más que desacuerdos entre amigos."
No pasa el tiempo: también entonces hubo un "plan para los palestinos" y un "mediador" enviado por el presidente, un tal Habib —tal como en esta ocasión lo ha sido Zinni—, que apenas fue algo más que un diplomático israelí, pues consiguió que los palestinos armados se retirasen de Beirut y sólo los salvó de que los israelíes se quedasen, tal como pretendían, con la lista completa de sus nombres. La indignación de los americanos contra Ariel Sharon había sido sobre todo por las matanzas de los refugiados en los campamentos de Sabra y de Chatila, en las que, por lo demás, él no actuó de ejecutor—quiero decir sus tropas—, pues fue por mano de los cristianos libaneses, parciales de Israel, y Sharon sólo fue consentidor o tal vez inductor. Por otra parte, la matanza de Sabra y Chatila ha hecho olvidar que el ataque por tierra, mar y aire del Ejército israelí hizo en la sola Beirut 6.775 víctimas entre militares y civiles. Los ciudadanos de Israel, por disfrutar de libertades democráticas, se manifestaron por las calles contra Ariel Sharon y la invasión del Líbano, pero parece ser que su protesta no fue primordialmente por las 6.775 víctimas libanesas de Beirut sino por las trescientas bajas de soldados israelíes que se habían producido en los dos primeros meses campaña.
En aquel tiempo, en 1982, Sharon designaba la Cisjordania por los antiguos nombres de la administración del Imperio romano: Samaria y Galilea; no sé si sigue haciéndolo hoy en día en día. El que sí lo hace, aunque con la variante de hablar de Judea y Samaria —probablemente porque Galilea, con la ciudad de Nazaret, no está incluida en la reserva asignada a la Autoridad Palestina, y sí, en cambio, una parte de Judea—, es el general retirado Effi Eitam, jefe del Partido Nacional Religioso, últimamente incorporado como ministro sin cartera al Gobierno de Sharon. Como a todo hay quien gane, Eitam va más allá del presidente del Gobierno: su designio es que entre el mar y el Jordán no haya jamás otra soberanía que la israelí; que los palestinos se vayan a Jordania y que ésta sea su Estado, y que los que quieran quedarse a este lado del Jordán podrán hacerlo a condición de renunciar a cualquier soberanía, a los derechos de ciudadanía y al de poder tener armas. De momento, pide matar o encarcelar a Arafat y destruir todo resto de gestión palestina. El derecho exclusivo del pueblo judío a la Tierra de Israel lo funda en su creencia en un Señor del Mundo; "cristianos y musulmanes —dice— comparten esa fe, pero no forman un pueblo. Nosotros sí; nuestra singularidad está en lo que somos los únicos del mundo que hablamos con Dios en cuanto pueblo". Aquí se remonta incluso a la Berit del judaísmo primitivo, a la Alianza con Yavé de la confederación guerrera para la conquista de Canaán, la Tierra Prometida. Para acabar, declara lo siguiente: "Nosotros tenemos que ser la luz para nosotros mismos, y de este modo nos haremos la luz de todas las naciones".
"El mundo está aquejado de corrupción moral: las gentes, en lugar de ser libres, se ven esclavas de sus instintos, del sexo, de la violencia. Israel, por su estatura moral, les enseñará el camino" (las citas están tomadas de una entrevista de Sylvain Cypel aparecida en Le Monde del 8 de abril de 2002). Este hombre, laborista y laico en su juventud, se convirtió a la fe en 1973, a raíz de la guerra del Yom Kippur; de manera que los palestinos, con su empeño de echar a los judíos al mar o, tras el aumento de su debilidad a la par del enorme incremento del poder militar israelí, con la locura de sus atentados suicidas, no sólo han conseguido cebar y dar pretexto a las sañas vengativas de un Sharon, sino también resucitar delirios religiosos de pueblo elegido como los de un Effi Eitam.
Entretanto, en el panorama internacional está resurgiendo otro viejo demonio, aunque ni mucho menos tan antiguo como el del Sabahoz: en la XXXVIII Conferencia sobre Política de Seguridad celebrada en Múnich a principios de febrero, todos han coincidido en señalar el creciente aumento de la diferencia del poder en armamento entre Estados Unidos y las naciones europeas. Paul Wolfowitz, el segundo de a bordo del Pentágono, ha deplorado la "falta de atención" de los europeos en asunto de armamento, ya que sólo se gastan 323 euros por habitante —como media de los cinco mayores productores—, frente a los 1.029 de cada ciudadano americano; George Robertson, secretario general de la OTAN, que está de acuerdo en aumentar los gastos militares de los europeos, ha replicado a su vez que los americanos deberían ser menos celosos de proteger los intereses de sus propias industrias de armamento y más abiertos en cuanto a transferir nuevas tecnologías armamentistas. Por fin, el ex secretario de Defensa americano William Cohen ha lanzado la premonición de que "el peso" político de cada nación volverá a depender cada vez más del peso de sus armamentos. Esto sería, literalmente, volver a lo que antaño se llamaba "política de potencias".
(Rafael Sánchez Ferlosio, "Lo que faltaba", ABC, en Babel contra Babel, p. 354).
Quizá no sobre aquí mi última versión de Man of Peace, de Bob Dylan.
O la que... canta Bob Dylan en el cassette:
