Dana, Deb. "Polyvagal Theory and Trauma." Video lecture. (A Day on Trauma). YouTube (The Weekend University) 28 Nov. 2020.*
2026
El título alude a una reseña de la Revista de Occidente que colgaré pasado mañana creo. Hoy no esperaba ver un ciber abierto; es fiesta, llueve (mala combinación) y me he pegado la tarde viendo Bailando con Lobos.
(Bueno, por fin consigo colgar la reseña, tras varios días de problemas con la red... Aquí va).
Es el número de este verano de la Revista de Occidente. Tanto
en los artículos sobre la guerra como en los otros se ventilan
cuestiones interesantes desde el punto de vista de la narratología
cultural.
Santos Juliá ("Bajo el imperio de la memoria") observa
que para las generaciones de posguerra, "la rebeldía contra el relato
recibido adquirió el contenido de una rebelión contra los padres" en el
caso de los vencedores. "En esa imposibilidad de crear una comunidad de
memoria que implicara a padres e hijos en la misma celebración de un
pasado de guerra radica, quizá, la razón de que al rechazar el gran
relato contado por la Iglesia como agencia de creación de sentido, los
hijos de vencedores y vencidos no lo sustituyeran por otro; no llenaran
el lugar antes ocupado por la memoria impuesta por otra memoria
colectiva, la de los vencidos; en realidad, carecían de una
representación del pasado con la que sustituir a la que se les había
impuesto" (13). Quienes escribieron sobre la guerra civil tras la caída
de Franco no pensaron en hacer una reivindicación y rehabilitación de
los derrotados. Había al parecer una cierta actitud aséptica que
podríamos interpretar, digo yo, como negación del trauma, como si fuese
el trauma cosa de otras generaciones (o quizá temor al pasado reciente, o
temor a la repetición). El caso es que ahora sí piden muchos la
recuperación de la memoria histórica como algo que sí les afecta
directamente, aunque señala Juliá que "la memoria jamás podrá ser única,
ni tendrá por qué existir un centro de elaboración, más que
recuperación, de la memoria: ya lo hemos sufrido, de parte de los
vencedores. Si nos obstinamos en llamar memoria a lo que es
representación construida del pasado, entonces habrá muchas memorias que
tendrán que coexistir y, si fuera posible, convivir; pero también
polemizar, como varias y enfrentadas son, y no pueden dejar de ser, las
representaciones de ese pasado de guerra" (19). En cuanto a
consecuencias jurídicas, "las guerras civiles sólo pueden terminar en
una amnistía general, una conclusión a la que llegaron muy pronto"
quienes hicieron la transición (19). Ello no quita, opino, para la
oportunidad de elaborar esas narraciones o ceremonias que lleven al
reconocimiento y superación del trauma, donde lo haya.
Francisco
José Martín ("Acontecimiento y categoría de la Guerra Civil") la ve como
una tragedia anunciada, aun negándose a verla como inevitable, ni a ver
en la República el preludio fatídico de una guerra inevitable. (También
observa que "los ensueños republicanos de hoy tienen muy poco que ver
con la realidad efectiva de los años 30" (23)). Como acontecimiento
trágico, la Guerra Civil es un foco de irradiación de sentido histórico,
"impone su sentido a uno y otro lado de sí" (24) "Y en esta forma
conferida todo queda reducido a conflicto. También el antes y el después
del hecho bélico. Nada que quede fuera, y lo que no encaje en esa
forma, o no se somete a su lógica, pierde peso y desparece de la escena,
queda oculto entre los márgenes del discurso, relegado a las sombras y
silencios de la historia" (25). Pero esto es para Martín, podríamos
decir, una falacia perspectivística;
el acontecimiento trágico nos ciega y no nos deja de ver el resto de la
realidad que ahí está también. "Era, pues. Y lo que era, no era otra
cosa que ’dos Españas’ en lucha fratricida. Esta era la evidencia. La
guerra sancionaba ontológicamente la escisión" (25). Se aplica así como
categoría interpretativa ubicua y total, pero eso falsifica la historia:
"la Guerra Civil da cuenta sólo parcialmente, y de manera insuficiente,
de la realidad histórica de la España reciente" (26)—por ello, opino,
quizá sea especialmente pernicioso para la percepción narrativa e
histórica el guerracivilismo obsesivo de algunos sectores especialmente
militantes de las dos Españas (o así autodefinidos, claro): "No fue todo
la guerra, no. Pero se impuso sobre la realidad y todo tomó la forma de
la guerra. O, al menos, así parece. Así aparece, en efecto, en la forma
histórica dominante, ese relato vencedor estructurado alrededor del
centro, o eje, de la Guerra Civil. También la historia, al cabo, una
contienda de relatos. No, no fue todo la guerra, pero acabó por
imponerse y cubrir con su manto la entera realidad española. Pero era
sólo una cobertura" (29). Enfatiza Martín la necesidad de evitar los
dualismos absolutos, y repensar el papel de los intelectuales que se
quedaron o volvieron tras la guerra (no necesariamente "nacionales") o
de los ciudadanos pillados por accidente en cualquier bando, o en la
España franquista—ya sea el "exilio interior" o la "tercera España". "En
los márgenes del discurso histórico se asoma y se insinúa la realidad
sepultada por sus categorías" (33). El análisis crítico del discurso y
la narratología cultural ayudan a pensar, me parece, esta distancia
entre realidad y sus representaciones ideológicamente inaceptables.
Eduardo
González Calleja estudia en "La otra ’batalla de la cultura’" los
esfuerzos de propaganda de los dos bandos en América latina. "La
movilización de la opinión pública fue la gran baza de influencia del
régimen republicano frente a la actitud de una mayoría de gobiernos
latinoamericanos indiferentes o veladamente hostiles" (50). Por su
parte, el franquismo hacía diplomacia personalizada, con entrevistas
personales y discretas con personajes influyentes. Entre caballeros,
vamos. De todas maneras, González Calleja observa que en las campañas
desarrolladas por un Estado en el extranjero, "la propaganda tiene un
limitado potencial de cambio en la opinión pública y que, en general,
sólo contribuye a reforzar las opiniones de los ya convencidos" (59).
François
Godicheau examina "La política de orden después de mayo de 1937 y la
reconstrucción del Estado" en el bando republicano (que siempre fue una
jaula monos a pesar de esa "reconstrucción"). Los anarquistas fueron
puestos firmes y llamados al orden, y los más radicales son detenidos,
con la dirección de la CNT colaborando para evitar una sublevación
general. El orden republicano se volvió más y más autoritario, con duras
actuaciones judiciales basadas en leyes laxas, que condenaban a fuertes
penas o a muerte a quienquiera expresase opiniones desfavorables al
gobierno. "La censura prohibía toda crítica al gobierno, a su
presidente, al presidente de la república" y a los aliados especialmente
Rusia y Méjico. Para ser supuestamente el bando "democrático", "lo que
resalta es la desaparición de toda discusión política y la búsqueda de
la unanimidad, la reducción a la nada del espacio público" (75). O sea,
otro estado totalitario, exactamente igual a su adversario de enfrente;
así que no es extraño que la disensión, en cuanto la había, se expresase
directamente a tiros entre distintas facciones republicanas.
Norberto
Mínguez, en "Historia y memoria en el documental español contemporáneo"
sobre la guerra civil nos dice que "España posee un pasado traumático
que se acerca bastante a la definición que Hayden White elabora del
acontecimiento moderno, aquel que, como en los traumas infantiles de
ciertas neurosis, no puede ser olvidado, pero tampoco adecuadamente
recordado" ("The Modernist Event") (81). "La transición española no
sólo supuso la amnistía para los responsables de la dictadura, sino que
evitó el reconocimiento y la reparación de sus víctimas. Este acuerdo
injusto pero necesario favoreció una suerte de amnesia generalizada"
(82). En las sociedades modernas, en principio, "la memoria ha sido
conquistada e incluso erradicada por la historia" (33) pero ambas son
selectivas, mediadas por signos, "Ambas realizan un trabajo de
indagación sobre el pasado que permite acceder a un conocimiento más
profundo de la propia identidad y, lo que es más importante, decidir lo
que queremos ser en el futuro" (34). Examina Los niños de Rusia (Jaime Camino, 2001), Las fosas del silencio (Montse Armengou y Ricard Belis, 2005), Rejas en la memoria (Manuel Palacios, 2004), El tren de la memoria (Marta Arribas y Ana Pérez, 2005), Extranjeros de sí mismos (José Luis López Linares y Javier Rioyo, 2000), Entre el dictador y yo (Juan Barrero et al., 2005), La doble vida del faquir
(Elisabet Cabeza y Esteve Riambau, 2005). Películas que merecen ser
más conocidas. Valoran el testimonio y la experiencia subjetiva del
pasado, la emoción; rechazan el olvido o amnesia de la transición, y dan
al recuerdo una función terapéutica, además de proponer valores
democráticos. "Estas películas consiguen rebatir a quienes creen que es
mejor no mirar atrás" (99). Son textos necesarios los "que hablen del
pasado y de su representación con rigor y honestidad: textos que
reconozcan la dificultad de articular memoria e historia, que entiendan
el pasado no como un campo de batalla donde se dirimen los intereses del
presente, sino como un espacio de reflexión y representación que nos
ofrece la oportunidad de hacer del futuro un lugar más habitable" (99).
(Sobre el trauma o la amnesia, me interesa por implicación propia en traumas o amnesias. Mi abuelo murió durante la guerra civil,
pero poco sabemos en la familia de esa historia. Quién lo mató, por
ejemplo. Quizá haya que investigarlo. Durante toda mi infancia no vi una
sola fotografía de mi abuelo, sólo hacia los años noventa salió una a
la luz y está ahora junto a la de mi abuela, que tuvo que sacar adelante
sola y en ambiente hostil a sus tres hijos pequeños. De mi abuelo mucho
tiempo se habló sólo en voz baja—aunque luego le dedicaron una calle en
Escuer, el pueblo que ayudó a construir. Y, claro, por supuesto ha
habido trauma de guerra civil en mi familia, que ha estado marcada por
ambas ramas, en una por el asesinato cobarde de mi abuelo y en otra por
el exilio hasta la vejez o hasta la muerte de mis otros abuelos y mi
tío. Si con eso no hay elementos para traumas en la familia... Y también
desmemoria: aunque parezca mentira, las cuestiones más evidentes pueden
pasar a la desmemoria. Por voluntad de salir adelante, supongo, y
necesidad de adaptarse y hacerse una vida bajo el nuevo orden, o bajo otra bandera tricolor.
Sánchez Dragó ha publicado recientemente una novela autobiográfica
donde narra su propia amnesia y recuperación de la memoria tras una
experiencia parecida. Ya he hablado algo de ella. Pero la manera en que Sánchez Dragó manifiesta involuntariamente su trauma, a la vez que intenta analizarlo, merece un post aparte).
Sigue en la Revista de Occidente una entrevista con Anthony Beevor, autor de una historia de la guerra civil
recientemente reelaborada (Crítica, 2005). Beevor sostiene que la
verdad fue la primera víctima de la guerra; que la República estaba
destinada a ser derrocada de una manera u otra desde que el PSOE eligió
la vía de la Revolución por encima de la democracia. "Un aspecto que no
ha sido tomado en cuanta al analizar las causas de la Guerra Civil es la
sombra de la Revolución rusa" (105) (—hombre, que no haya sido tenido en cuenta... será que no se ha recalcado por lo evidente,
en todo caso). Para Beevor, la propaganda exterior de la República fue
desastrosa, mientras que los nacionales lograron el apoyo de inluyentes
sectores conservadores empresariales. Y subraya también los prejuicios
que a los españoles impiden el ver con claridad los hechos objetivos de
la República y la guerra que sí son visibles para una mentalidad
extranjera que no los vea como armas arrojadizas para su política.
Hay
otros artículos en este número de la revista pero ya no versan sobre la
guerra civil. Sí lo hacen las reseñas: una sobre los discursos de
Miguel Hernández, donde el reseñista queda decepcionado por el
enceguecimiento partidista y la violencia agresiva del poeta,
comprensibles por el contexto de los discursos pero que no los hace más
atractivos. Mejor olvidarse de este lado de Miguel Hernández, parece
sugerir, aunque lo mismo podríamos decir lo contrario (es más
educativo). Otra reseña comparando las obras de Stephen Koch y de
Ignacio Martínez de Pisón sobre el asesinato de José Robles y la ruptura
entre Hemingway y Dos Passos. Aunque Koch tiene una prioridad
histórica, para el reseñista es bastante ignorante sobre las
circunstancias del conflicto español, y se desinteresa de su tema
central, José Robles. Martínez de Pisón escribe en cambio una obra
sensible, emocionante, atenta a los matices y con valor literario. Sí se
trasluce en la reseña también una antipatía del reseñista hacia Koch, o
una cierta voluntad de enfatizar sus aspectos negativos. El que sí sale
mal parado, de acuerdo con todo el mundo a una, es Hemingway, ególatra,
oportunista, insensible e indiferente a las atrocidades cometidas por
sus compañeros de viaje. Y hay otra reseña, sobre Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español
de Ferran Gallego, "donde el autor redime al personaje de los tópicos
bajo los que yacía sepultado para devolverle toda su frescura" (218). No
sé si para Ferran Gallego tiene el personaje y su obra el atractivo que
sin duda tiene para el reseñista, a quien no sólo no se le oye un asomo
de condena al fascismo en la reseña, sino que (peor) no se le
presupone. Para mí, la frescura de los fascistas tiene otros aspectos
también dignos de reseña.