Examinamos
la teoría lingüística cognitivista de Steven Pinker, enfatizando su
concepción de la naturaleza de las palabras y construcciones como
herramientas desarrolladas por el uso en contacto con la realidad y el
filtrado de la experiencia colectiva acumulada. Esta concepción de la
semántica y de la sintaxis entronca de modo congruente con una
concepción evolucionista de la experiencia humana y con la crítica de
Pinker al constructivismo radical y con su defensa del innatismo.
Texto completo:
English Abstract:
Tools for Thinking: The Stuff (and the Shape) of Thought
An overview of Steven Pinker's cognitivist linguistics, emphasizing his
conception of the nature of words and constructions as tools developed
through their use in contact with reality and the filter of accumulated
collective experience. This conception of semantics and of syntax is
congruent with an evolutionary conception of human experience and with
Pinker's critique of radical constructivism and his defense of innatism.
Note: Downloadable document is in Spanish.
Number of Pages in PDF File: 9

También aquí:
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materia (y la forma) del pensamiento." In Gacetilla personal & Olla Podrida: Blog de notas (Noviembre 2010) 4 Nov. 2010.*
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https://personal.unizar.es/garciala/publicaciones/herramientaspensar2.pdf
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_____. "Herramientas para pensar: La materia (y la
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https://blogdenotasvanityfea.blogspot.com/2025/05/herramientas-para-pensar-la-materia-y.html
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https://x.com/JoseAngelGLanda/status/1921127636195058032
2025
__________
La materia (y la forma) del pensamiento
Es muy recomendable para quien esté interesado en la lingüística cognitiva el libro The Stuff of Thought,
de Steven Pinker. Pues de eso trata precisamente—de cómo las
modalidades de la experiencia humana en el mundo dan lugar al lenguaje, y
al modo en que éste se articula; y viceversa, cómo el lenguaje contiene
ya en sí un instrumental de representación de la experiencia, una
aproximación a ella y a los modos de encararla y manipularla en nuestra
interacción cotidiana a través de las palabras.
Una de las ideas recurrentes de mi padre, que le obsesionaban estos
últimos años, era la de la riqueza del lenguaje. Cómo en el lenguaje
están contenidas, en forma de etimologías por ejemplo, las experiencias
acumuladas de muchas personas. Cómo una palabra que nombra algo, o una
construcción gramatical que permite expresar algo, es un trabajo
acumulado desarrollado por muchas personas, y nos introduce a una
especie de gramática de la experiencia, y no meramente a la
arbitrariedad de los términos. Le decía yo que iban bien orientadas sus
reflexiones, y que estaba en una línea muy heideggeriana (esa noción de
las palabras como una herramienta labrada por la experiencia, y diseñada
para la función requerida, como el martillo para la mano). Pero igual
le podía haber dicho que era pinkeriano,
pues este libro presenta la exposición más completa y clara de esta
perspectiva, en clara y nítida prosa anglosajona y sin las nieblas de la
Geworfenheit.
Me ha venido a la cabeza un ensayo de Scott Russell Sanders, "La
herencia de las herramientas", en el que habla de cómo cuando era niño
veía a su padre utilizar su caja de herramientas y éste le enseñaba su
manejo. Y cómo ahora cada vez que ve una herramienta bien hecha para su
función, se acuerda de cómo su padre le enseñaba, cuando quería hacer
alguna reparación, qué herramienta se adaptaría mejor a ese fin. Y que
ahora ha heredado él esas viejas herramientas, que muchas de ellas
venían ya de su abuelo.
"La
mayoría de las que tengo me las dio mi padre, que también me enseñó
cómo utilizarlas. Las herramientas de mi taller son una doble herencia:
cada martillo y nivel y serrucho está envuelto en una nube de
entendimiento.
Todas estas herramientas da
gusto verlas y sujetarlas. Los vendedores nunca les pondrían carteles de
NUEVO NUEVO NUEVO! en las tiendas. Sus diseños son viejos porque
funcionan, porque sirven bien a su función. Como las canciones populares
y los refranes y los coloquialismos recios, estas herramientas se han
reducido a lo esencial. Miro mi martillo de carpintero, destilado por
cien generaciones de carpinteros, y me parece que no desmerece al lado
de otros clásicos—las ánforas griegas, el canto gregoriano, Don Quijote,
los anzuelos de lengüeta, las velas, las cucharas. La ciencia de cómo
martillar se remonta a los primeros humanos agachados al lado del fuego,
tallando lascas. Los antropólogos tienen un nombre muy bonito para
estas rocas sin trabajar que sirvieron como los primeros martillos.
'Piedras del alba', se llaman. Su único requisito para su función,
aparte de la dureza, es que se adaptan a la mano. Nuestros antepasados
las usaron para moler el grano, golpear cinceles, aplastar huesos. Desde
las piedras del alba a este martillo de carpintero hay un gran salto en
el tiempo, pero no hay gran distancia en diseño o en imaginación." (The Best American Essays, ed. Robert Atwan).
Como las herramientas viejas, bien trabajadas, así van pasando las
palabras de generación en generación, con un diseño probado, asentado y
erosionado por el tiempo, y que sin embargo no deja de cambiar y de
adaptarse continuamente a su función. Y la mayoría de las que tenemos
las heredamos de nuestros padres, y ellos de los suyos.
La conexión entre lenguaje y herramientas va, por cierto, más allá de una mera analogía. Con anterioridad ya hemos comentado sobre la conexión evolutiva entre el desarrollo lingüístico y la capacidad de diseño y manejo de herramientas. Y aquí hay más noticias recientes al respecto.
Traduzcamos el blurb del libro de Pinker:
En
este festín de libro [realmente es hábil e ingenioso y divertido, para
libro de lingüística más no se puede pedir ciertamente] Steven Pinker
explica el funcionamiento de la mente de una manera totalmente
nueva—examinando la manera en que usamos las palabras. Cada vez que
soltamos un juramento, revelamos algo sobre las emociones humanas.
Cuando usamos un sobreentendido para comunicar un soborno, una amenaza, o
un avance sexual (en lugar de simplemente soltarlo a lo bruto),
revelamos algo sobre las relaciones humanas. Nuestro uso de las
preposiciones y de los tiempos verbales se basa en conceptos muy
particularmente humanos del espacio y del tiempo, y nuestros nombres y
verbos se basan en modelos mentales relativos a la materia y a la
causalidad. Incluso los nombres de los bebés, y la manera en que cambian
de década en década, tienen cosas importantes que decir sobre nuestra
relación con los niños y con la sociedad. Examinando de cerca nuestra
habla cotidiana—nuestras conversaciones, nuestros chistes, nuestras
disputas legales—Pinker pinta un retrato vívido de los pensamientos y
emociones que pueblan nuestras vidas mentales.
Sostiene que los pensamientos
humanos—desde las posiciones políticas y las creencias religiosas hasta
los trucos publicitarios y las tiras de cómics—están construidos
alrededor de ciertas ideas nucleares como el espacio, la fuerza, la
dominación, el parentesco, y la contaminación. Echa un vistazo alrededor
y te darás cuenta de que las metáforas que usamos cada día se remiten a
estos conceptos primigenios. Pinker pregunta cómo desarrollamos estas
categorías cuando somos niños, cómo las aplicamos al mundo que nos
rodea, y qué pasa cuando las aplicamos de modo inadecuado.
Pinker trata de cuestiones
científicas, como por ejemplo la manera en que el lenguaje afecta al
pensamiento, y cuáles de nuestros conceptos son innatos—y también
cuestiones procedentes de los titulares y de la vida cotidiana. ¿Por qué
le preocupan tanto al gobierno las palabras malsonantes? ¿Cómo sobornan
los lobbies a los políticos? ¿Cómo le sacan tanto partido las comedias
románticas a las ambigüedades que hay a la hora de salir juntos? ¿Por
qué tantos dramas sobre juicios giran crucialmente en torno a la
cuestión de quién causó realmente la muerte de una persona? ¿Por qué los
dos últimos presidentes norteamericanos [Clinton y Bush Jr.] se
metieron en problemas a causa de las sutilezas semánticas de sus
palabras? ¿Y por qué se llama spam al correo electrónico en masa?
The Stuff of Thought marida las temáticas de los bestsellers anteriores de Pinker: el lenguaje (The Language Instinct, Words and Rules) y la naturaleza humana (How the Mind Works, The Blank Slate).
Presenta material completamente nuevo, escrito en el estilo que hizo
famosos a esos libros: usando explicaciones lúcidas de ideas profundas,
presentadas de con ingenio irreverente, estilo elegante y un habilísimo
uso de ejemplos procedentes de la cultura popular y la vida cotidiana.
1. Words and Worlds. Comienza el libro with a bang, con el ataque a las Torres Gemelas: y la cuestión es, ¿fue un atentado terrorista, o dos?
Cuestión de semántica. Pero el mundo está hecho de semántica, y grandes
sumas de dinero en seguros, etc., dependían de la manera en que se
conceptualizase el fenómeno. El lenguaje es la herramienta que
utilizamos para conceptualizar el mundo. Pero, a la vez, el lenguaje,
incluso en sus elaboraciones más abstractas, hunde sus raíces en la
experiencia humana corporal, física, concreta: "Un rasgo de la mente que
encontraremos repetidamente en estas páginas es que incluso nuestros
conceptos más abstractos se entienden en términos de situaciones
concretas" (3). Y otro énfasis al que nos lleva el libro lo encontramos
en su definición de semántica (que es the stuff of this book)—la semántica no sólo va sobre "cosas" o "significados" sino también sobre crear comunidad, establecer compromisos y arbitrar entendimiento mutuo entre las personas:
"La semántica versa sobre la relación de las palabras con la realidad—la
manera en que los hablantes se comprometen a una manera compartida de
entender la verdad, y sobre la manera en que sus pensamientos se anclan a
las cosas y a las situaciones del mundo. Trata sobre la relación de las
palabras con una comunidad—cómo una nueva palabra, que surge con el
acto de creación de un solo hablante, llega a evocar la misma idea en el
resto de una población, de modo que la gente se puedan entender cuando
la emplean. Trata sobre la relación de las palabras con las emociones:
cómo las palabras no sólo señalan a las cosas sino que están saturadas
de sentimientos, que pueden dotar a las palabras con sentidos de magia,
de tabú o de pecado. Y trata sobre las palabras y las relaciones
sociales: cómo la gente usa el lenguaje no sólo para transferir ideas de
una cabeza a otra sino también para negociar el tipo de relación que
desean tener con su interlocutor" (3, traduzco yo).
El hecho mismo de que el lenguaje sea un instrumento del pensamiento
quiere decir que no coincide con él de una manera determinista simple.
El pensamiento es flexible, y permite concebir una situación de maneras
distintas, describirla de modos diferentes... Así, la mente puede
concebir a la materia como un conjunto de objetos discretos ("salchichas") o como un agregado indeterminado ("carne"); en el tiempo, puede también recortarlo en actividades discontinuas e individuales ("cruzar la calle") o indefinidamente continuas ("pasear").
El lenguaje está saturado de metáforas subyacentes que permiten
conceptualizar situaciones de modo creativo, articularlas, manipularlas
mentalmente—metáforas como "los acontecimientos son (como) objetos" o "el tiempo es (como) el espacio". Y naturalmente pone Pinker mucho énfasis en la metáfora como el elemento de flexibilidad o no coincidencia
entre lenguaje y pensamiento, el que permite al pensamiento, y al
lenguaje con él, ser creativo y producir constantemente nuevas
representaciones de la realidad. Es una perspectiva cognitiva sobre la
que ya hemos hablado aquí alguna vez, a cuenta de la teoría de la fusión
conceptual desarrollada por Fauconnier y Turner —ver por ejemplo The Blending Website o este artículo de Turner que recomendábamos hace poco, "The Scope of Human Thought".
Otro ejemplo polémico y político usa Pinker para comentar sobre las
relaciones entre palabras y realidad: la justificación de George Bush
para la iniciar la guerra en Irak, alegando que el gobierno británico
había sabido (learned) que Saddam había buscado conseguir (sought)
uranio de Africa. Cosa que resultó ser falsa—pero la semántica de la
oración presuponía que para Bush se trataba de hechos probados. "La
gente son 'realistas' en el sentido de los filósofos. Están
comprometidos tácitamente, en su uso cotidiano del lenguaje, con la
veracidad o falsedad de ciertas proposiciones, independientemente de que
la persona de quien se esté hablando crea
que son verdaderas o falsas" (8). De modo que no hay una diferenciación
fácil entre el lenguaje y el mundo al que se refiere, pues el lenguaje
está imbricado en el mundo, y de hecho contribuye a hacer el mundo humano al que se refiere:
"Las palabras están atadas a la realidad cuando sus significados
dependen, como en los verbos de hechos, de los compromisos que toma un
hablante en lo referente a la verdad. Pero hay otra manera en que las
palabras están aún más directamente ligadas a la realidad. No van
únicamente sobre hechos del mundo almacenados en la cabeza de una
persona, sino que están imbricadas en la trama causal misma del mundo"
(9).
Así pues no concibe Pinker el lenguaje como una red autocontenida de
símbolos (lejos de algunas nociones de pseudo-estructuralismo mal
entendido). Las palabras no nos remiten sin fin unas a otras como en esta
definición de diccionario:
endless loop, n. See loop, endless.
loop, endless, n. See endless loop.
—pues están conectadas a personas y cosas reales, no sólo a
"información" sobre personas y cosas. Y esto hace que el lenguaje se use
de maneras particulares, no sólo como información semántica
transmisible, sino también en relación a sus usuarios, anticipándonos a
lo que esperan, o a lo que saben o creemos que saben, con
presuposiciones, sobreentendidos... que llevan a una compleja
recursividad en la descripción de lo que pasa cuando usamos el lenguaje:
"Si un hablante y un oyente desentrañasen las proposiciones tácitas que
subyacen a su conversación, la profundidad de sus estados mentales
recursivamente insertos uno en otro sería mareante: el conductor ofrece
un soborno [al agente para que no lo multe, en Fargo];
el agente sabe que el conductor le está ofreciendo un soborno; el
conductor sabe que el agente lo sabe; el agente sabe que el conductor
sabe que el agente lo sabe, y así sucesivamente. Así pues, ¿por qué no
lo sueltan sin más? ¿Por qué hablante y oyente participan
voluntariamente en una fina comedia de modales? (23)
A esto se dedica el capítulo 8—a la indirección en el lenguaje, requerida por la manera en que la gente debe salvar su rostro, preservar la respetabilidad de su identidad social, à la Goffman,
planteando su postura a la vez que mantienen una vía abierta a la
ambigüedad para no comprometerse en exceso si la cosa sale mal. Diplomáticos todos,
manteniendo los protocolos que permiten que las relaciones humanas se
mantengan. El lenguaje aparece así como un instrumento para expresar
pensamientos y sentimientos, pero no debe confundirse con los
pensamientos y sentimientos en sí. Pinker diferencia así las estructuras
del lenguaje del uso social que se hace de ellas, y también diferencia
el mundo representado por el lenguaje del mundo en sí. En particular,
llama la atención sobre cómo nuestras maneras de hablar sobre el mundo
se atienen a un imaginario cultural, compartido por otra parte
ampliamente en diversas culturas, pero que es diferente del conocimiento
científico sobre el mundo. Mediante las metáforas establecemos
analogías entre aspectos de la experiencia y así nos orientamos en ella,
pero a veces el camino que seguimos es erróneo:
"Nuestras palabras y construcciones revelan conceptos de la realidad
física y de la vida social humana que son similares en todas las
culturas pero diferentes de los productos de la ciencia y de las
disciplinas del saber. Están enraizadas en nuestro desarrollo como
individuos, pero también en la histoira de nuestra comunidad
lingüística, y en la evolución de nuestra especie. Nuestra capacidad de
combinarlas en grupos mayores y de extenderlas a nuevos dominios por
medio de saltos metafóricos contribuye mucho a explicar qué es lo que
nos hace inteligentes. Pero también pueden las palabras chocar de frente
con la naturaleza de las cosas, y cuando esto sucede el resultado puede
ser paradójico, necio, e incluso trágico" (24)—hay mucho en juego en el
uso e interpretación de las palabras.
El libro se sitúa pues en la línea de la polémica de Pinker contra el
constructivismo—mostrando cómo las palabras no sólo hacen mundo, sino
que son mundo y surgen de la naturaleza humana, una naturaleza humana
que se halla enraizada en el cuerpo, en el tiempo, en las necesidades de
la vida social y de la interacción, en suma en lo que somos. La evolución ha hecho al ser humano lo que es,
y el ser humano y el lenguaje se han hecho uno a imagen y semejanza del
otro: es el lenguaje no sólo parte de la realidad humana heredada, sino
también un instrumento esencial en el uso y transformación de esa
realidad humana, a la vez confinada a una naturaleza (que es lo que es) y
emergente a partir de ella.
_________
Hasta aquí mis notas sobre el planteamiento del libro en el capítulo 1. Alguna nota adicional sobre el capítulo 2:
2. Down the Rabbit Hole.
Un importante aspecto cognitivo de la mente humana es su capacidad de
representar o interpretar una situación concreta de maneras diferentes.
Cada representación, observa Pinker, se construye alrededore de unas
pocas ideas como "acontecimiento", "causa", "cambio", "intención"... Y
luego, "Estas ideas pueden extenderse metafóricamente a otros ámbitos,
como cuando contabilizamos acontecimientos como si fuesen objetos, o
cuando usamos el espacio como una metáfora del tiempo" (26). Cada idea
tiene peculiaridades humanas que la pueden hacer útil para algunas cosas
pero que también puede producir falacias o confusiones al extenderla a
otros ámbitos.
Se centra Pinker en el aprendizaje infantil de los verbos. Un verbo es
el núcleo alrededor del cual se organiza la sintaxis de las oraciones --
no sólo la expresión de una acción o un estado: "Es una armazón con
receptáculos para atornillar a ellos las otras partes—el sujeto, el
objeto directo, y diversos objetos indirectos y oraciones subordinadas"
(31). El verbo encapsula información que organiza el núcleo de la frase y
determina en gran medida su significado: eligiendo determinado verbo u
otro, ya repartimos roles de agentividad o pasividad entre los
individuos implicados. Aprender verbos significa aprender también las
construcciones típicas en que aparecen. Observando cómo aprenden los
verbos los niños, vemos que regularizan irregularidades, generalizan, etc.
El problema es la manera en que parecen aprender las excepciones aun
cuando no se les corrige cada error. Pinker ve esto muy significativo, y
le llevó a superar su chomskianismo, cuando comprendió que las reglas
que seguimos para aprender y construir el lenguaje son reglas cognitivas
y no sintácticas: es decir, las reglas de transformación no transforman
la disposición de las frases en una construcción, sino algo mucho más
abstracto—los esquemas cognitivos, o sea, el marco de representación de
los acontecimientos que subyace al significado de las frases. Pinker
examina unos ejemplos de construcciones locativas. "Cargar heno en el
carro" vs. "Cargar el carro con heno". No son sinónimos, la segunda
sugiere que llenamos el carro—hay un cambio de marco de representación, y
entra en acción el efecto holístico, o de compleción. Que entra en muchas otras construcciones, y no es una propiedad del objeto directo, sino del concepto
que se expresa como objeto directo. En sustancia: que la mente puede
representar hasta el acontecimiento más simple desde perspectivas
cognitivas diferentes. Una transformación de la naturaleza de algo puede
concebirse, por ejemplo, como si fuese un desplazamiento espacial. Esto
llevará a la cuestión del conflicto de las representaciones que hacen
diversas personas del mismo acontecimiento.
Luego examina la semántica de verbos relativos al manejo de sustancias.
En inglés se dividen en distintas subclases, según el tipo de movimiento
o de contacto entre las sustancias—y estas clases tienen propiedades
sintácticas distintas. Por ejemplo, verbos relativos a llenar un recipiente hasta los límites, o verbos de envolver un objeto alrededor de otro...
"Lo que nos dicen estas microclases es que ciertos aspectos de la
geometría y de la física son lo suficientemente perceptibles para las
mentes de los hablantes de inglés y determinan así cómo éstos
interpretan y representan los acontecimientos" (55). Por ejemplo, los
verbos de "embutir" suponen una fuerza aplicada a ambos cuerpos, y se
pueden construir tanto con un objeto como otro en el sitio del objeto
directo. Pero en los de "echar líquido", la gravedad interviene: el
agente no actúa directamente sobre el recipiente, y no podemos decir pour the jug with milk. Así
pues, examinando las representaciones que subyacen a estos verbos con
sentido espacial vemos que "hay una capa más de conceptos que utiliza la
mente para organizar la experiencia en el mundo: conceptos sobre
sustancia, espacio, tiempo, y fuerza. Estos conceptos estimulan a la
mente a unir acontecimientos que no tienen nada en común en su aspecto,
olor, o tacto, y al parecer son muy importantes para la mente" (56).
Otro ejemplo es la aspectualidad interna de los acontecimientos. Unos
hechos o acciones se conciben como instantáneos, otros como durativos. Y
otro más se encuentra en los verba dicendi o verbos de comunicación o de lenguaje—los verbos centrados en el mensaje permiten la doble construcción de objeto: ask a question to John o ask John a question, pero el inglés se resiste a aplicarla a verbos que especifican la manera de hablar (babble, blurt, murmur... ). Es como si la mente aplicase aquí al lenguaje la perspectiva de distintos tipos de ruido, en lugar de la perspectiva de enviar un objeto a alguien
que es la metáfora subyacente a los otros verbos de comunicación. Esto
se llaman "metáforas gramaticales". Otro ejemplos serían "estar bien es
poseer algo" o "ayudar a alguien es entregarle algo", que dan lugar a
numerosas construcciones emparentadas a estas bases metafóricas.