Reseña de la película de Steven Spielberg.
Termina Munich con
una imagen de Avner, ex-agente del Mossad volviendo a su casa de
Brooklyn, tras un contacto (¿oficial?) con su antiguo jefe del servicio
secreto. El East River, panorámica de rascacielos, entre ellos las
Torres Gemelas— estamos a mediados de los 70. El mensaje del director
está muy claro: aquí tenéis, aquí tenemos, vuestro (nuestro) Septiembre
Negro. No cometáis los mismos errores.
Porque Munich se
presenta como la historia de un error, de cómo la respuesta al
terrorismo con el terrorismo no es solución, sino que engendra una
espiral de violencia. No es solución, en todo caso, que adopten los
poderes públicos, porque éstos siempre se desentienden oficialmente
de lo que les prohíben las leyes. Y así se acaba encontrando este
mercenario (¿o patriota?) en tierra de nadie, sin saber al final si ha
hecho mal o bien, si ha trabajado por lo que daba sentido a su vida o lo
ha destruido él mismo, porque lejos de exorcizar al terrorismo lo ha
colocado en el centro de su vida y de sus temores. Al final, su relación
con los poderes que le han encomendado la misión es ambigua, y ha visto
el rostro más indeseable de su nación, donde el poder legítimo pierde
su honesto nombre y se codea con el crimen. En este sentido, y en muchos
otros, la película se parece muchísimo a Lobo, la película de 2004 sobre un infiltrado en la ETA.
Se
ha hablado mucho de la valentía de Spielberg y de las críticas que se
ha atraído del ala dura sionista. Pero no puede decirse que no
represente al discurso sionista en sus propios términos en la película,
en boca de la madre del protagonista, por ejemplo, o de Golda Meir. Y el
hecho mismo de escoger como protagonista al agente secreto éste es por
supuesto una elección de bando: se nos presenta a Avner como una figura
trágica, que siguiendo el destino que elige no sólo destruye el mal que
quería destruir, sino que descubre la parte de bien que había en ese
mal, contribuye a engendrar más mal, y envenena su propia vida. Eso es
trágico, y si bien no llegamos a simpatizar totalmente con la siniestra
banda de Mortadelos y Filemones del Mossad, sí es cierto que se nos
invita a verlos como seres humanos normales haciendo su trabajo. Eso es
una elección. Lo mismo se hace durante breves segundos con los
terroristas palestinos, pero los segundos de pantalla, como bien sabe
Berlusconi, suponen una gran diferencia. Así pues Spielberg no condena
las actividades terroristas del estado israelí; más bien muestra sus
causas, contexto y consecuencias, dudosas y envenenadas como dudosa y
envenenada es toda opción que se tome en un ambiente envenenado.
Tan
importante como lo que se muestra es lo que no se muestra: se nos habla
de ataques aéreos contra los palestinos, de 50 o 200 muertos a cambio
de los once muertos de Munich, de la escalada de venganza, pero poco de
eso vemos, sólo lo que afecta directamente al protagonista. A Avner le
parece caro matar palestinos, pero para la aviación israelí no es tan
caro, seguramente. Avner, futuro padre de familia se convierte en un
terrorista por invitación de la primera ministra sin pensárselo
demasiado, y las preguntas obvias ("¿por qué no los juzgamos, etc?") se
le ocurren sólo con varios años de retraso... vaya, hasta entonces
estaba demasiado ocupado haciendo su trabajo, y algunos trabajillos
extras, una vez cogida la marcha. Ahora, que la pasta la cobra
puntualmente. Y esto se nos muestra también, pero no se enfatiza, haría
desagradable al protagonista. Como si fuese un tío que no duda en poner
en peligro a su familia, en comprometer la honorabilidad de su país y en
entrar en tratos sucios con criminales de todo tipo, sólo por un
beneficio tangible: la pasta, la pasta, que el banco suizo es muy
fiable. "No trabajo para usted; trabajo para una cuenta bancaria", le
dice a su (¿ex?)jefe, y es cierto, muy cierto.
En una película más
responsable, menos implicada emocionalmente (y ésta lo está, aunque lo
disimule con la frialdad ambiental), la relación del hombre sensible con
la pasta aparecería retratada de muy otra manera. Claro que también hay
en la personalidad del héroe un cierto trauma edípico, de competencia
con el padre, héroe nacional. Los flashbacks que nos remiten una y otra
vez al Septiembre de Munich hacen vivir como una crisis personal del
héroe aquellos días de septiembre, hasta un punto un tanto forzado, se
ve la necesidad del protagonista, y del director, de justificarse por su
elección ante el giro dudoso que están tomando los acontecimientos. Así
pues, demasiado Munich, y por ahí se le ve el plumero...
Dicho
esto, la película es muy buena, no hay que perdérsela. Es magistral
presentando la dinámica del día a día del (contra)terrorista, y la
ambigüedad y variedad de motivaciones y actitudes de una enorme gama de
personas más o menos implicadas en la lucha terrorista y
contraterrorista, y cómo el dinero del contribuyente acaba yendo
inexorablemente a manos de criminales que sacan tajada a cuenta de los
servicios secretos. Mantiene Spielberg la ecuanimidad hasta extremos
poco frecuentes en estos casos, presentando al Otro como uno mismo (así
en la conversación del protagonista con el terrorista palestino con el
que comparte piso franco: si los judíos esperaron dos mil años para
tener su nación, lo mismo harán los palestinos). Supongo que son estas
cosas las que no le perdonan a Spielberg los fundamentalistas.
Pero
si lo piensan, no está tan mal, lo de presentar como un héroe trágico a
un asesino a sueldo de la caja negra de Suiza, un personaje con las
prioridades muy mal puestas. Esa es la única certidumbre a la que se
atiene el protagonista a fin de cuentas: la cuenta. No es lo que dice, claro, ni él ni la película — pero es lo que hace él, y lo que hace la película.
Munich. Dir. Steven Spielberg. Guión de Tony Kushner y Eric Roth, basado en Vengeance: The True Story of an Israeli Counter-Terrorist Team, de
George Jonas. Actores: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu
Kassovitz, Hanns Zischler, Ayelet Zorer, Geoffrey Rush, Gila Almagor,
Michael Lonsdale, Mathieu Amalric, Moritz Bleibtreu, Valeria Bruni
Tedeschi, Meret Becker. 2005.