Transcribo aquí el capítulo vigésimo, "El 14 de abril", del libro del General Berenguer escrito en 1935 y publicado al parecer en 1946. A lo menos no se echa de ver que mi edición de ese año no sea la primera. Tiene todas las páginas sin cortar; este ejemplar al menos no se lo ha leído nadie en los últimos noventa años. Se recordará que Berenguer sucedió como dictador a Miguel Primo de Rivera, siguiendo órdenes del Rey ante la renuncia de su predecesor. Emprendió una transición hacia la restauración de las elecciones, los derechos y libertades constitucionales y, en realidad, una restauración de la Restauración—pero el descontento y la degeneración de la derecha que apoyaba al Rey hicieron que los acontecimientos se precipitasen. Fue criticado también Berenguer, a pesar de sus manifiestas buenas intenciones hacia el sistema de partidos y a pesar de su voluntad por mantener el estado de derecho, por los juicios sumarísimos tras sofocar el pronunciamiento republicano de Jaca en 1930. En 1931 se desconvoca el calendario electoral que había previsto, aplazándose las elecciones generales hasta después de las municipales, y fue sustituido Berenguer como presidente del gobierno provisional por el Almirante Aznar. Berenguer pasó a ser Ministro de la Guerra, un caso insólito en las crisis de gobierno y que quizá da prueba de su buena fe y patriotismo, más que de su renuencia a dejar el poder que tan a disgusto había asumido en circunstancias bien desagradables.
Los acontecimientos se precipitaron tras la victoria muy relativa de los republicanos en las municipales, y en este capítulo cuenta Berenguer cómo fue a parar el poder del gobierno central, inesperadamente, al autodenominado comité republicano de los firmantes del Pacto de San Sebastián (quienes no se habían querido presentar a las elecciones a cortes, para así desautorizarlas).
En su narración no deja de leerse entre líneas, o más que entre líneas, la manipulación que efectuó dentro del propio gobierno el ministro de Estado, Conde de Romanones, un factótum a quien con tanto o más mérito que a Alcalá Zamora o demás republicanos puede atribuirse la caída de la Monarquía, a modo de puñalada trapera o palmada mortífera en la espalda—o fuerte golpe en el pecho. Eso ante la impotencia o inacción del propio Rey y del resto del Gobierno, incluido el paralizado o desbordado Berenguer. Al rey lo trata con más respeto Berenguer si bien se queja entre líneas de la manera en que desinformó al resto del gobierno sobre sus intenciones o temores. La derechita cobarde o traidora que rodeaba al Rey, y el propio Rey, eran peores que el PP—que Rajoy, Feijóo y Casado juntos, ya no digo nada de Aznar II. Pues una orden del Rey, o del almirante Aznar, al efecto de destituir o desautorizar a Romanones, y reconducir el orden público con mano izquierda, sin renunciar al Gobierno ni al orden vigente, quizá hubiera cambiado todo el curso de los acontecimientos. A saber con qué resultado.
Lean, lean, que es todo un capítulo de la historia de España.
Dámaso Berenguer
Conde de Xauén, ex presidente del Consejo de Ministros
DE LA DICTADURA A LA REPÚBLICA.
(Crisis del reinado de Alfonso XIII)
Madrid: Editorial Plus Ultra, 1946.
Capítulo vigésimo
El 14 de abril
Despacho por la mañana con Su Majestad el Rey. —El Presidente me llama por la tarde a Gobernación.—Último Consejo de Ministros de la Monarquía.
Las noticias de provincias, de que me dió cuenta el jefe de servicio en la mañana del martes, no acusaban novedad alguna, según los partes recibidos de los capitanes generales: a ellas no había trascendido aún la agitación que se notaba en Madrid con creciente intensidad.
Hacia las once avisaron de Palacio que acudiera a despacho con Su Majestad. El Rey deseaba cambiar impresiones con sus ministros, no en Consejo, sino en despacho extraordinario; así nos lo explicaron al transmitirnos la citación. Resolución tomada, seguramente, al darle cuenta el Presidente de los acuerdos e incidentes del Consejo de la noche anterior. Desde el día de las elecciones sólo habían despachado con el Rey, el lunes, en su turno habitual de despacho, el Presidente y los ministros de Estado y de Justicia, conde de Romanones y marqués de Alhucemas.
Poco después de las once me trasladé a Palacio. En el trayecto, calle de alcalá, Puerta del Sol y calle del Arenal, la población presentaba su aspecto normal; nada reflejaba lo agitada que había sido la noche anterior.
En la Cámara, sin más concurrencia que la del servicio ordinario y alguna persona de la intimidad palatina, se encontraban ya el ministro de Marina, almirante Ribera, y el de Trabajo, duque de Maura, que habían sido citados al mismo tiempo que yo. Con el Rey despachaban en aquel momento el conde de Romanones y el marqués de Alhucemas; antes lo habían hecho el marqués de Hoyos y el señor Ventosa.
Transcurrió poco más de media hora, y pasamos al despacho de Su Majestad el duque de Maura, el almirante Ribera y yo. El Rey, que había salido hasta la puerta de la Cámara para despedir a los dos ministros que acababan de despachar con él, como era su costumbre, al tenderme la mano con algo más de efusión que de ordinario, me dijo en voz baja: "¡Qué razón tenías, Dámaso..!"
Estaba sereno, como siempre. Sin alardes. Sin debilidades. En su rostro se notaban las torturas morales de aquellas horas de ansiedad; pero nada traicionaba en su expresión la entereza de su espíritu. Yo no le veía desde el jueves anterior, el día 9, en que le acompañé a una conferencia del curso de coroneles que por aquellos días tenía lugar en Madrid, a los que dirigió la palabra, siendo aclamado con entusiasmo. Se daba cuenta de la situación, del alcance de lo que había ocurrido, de los medios con que podía contar para hacerle frente, y actuaba y decidía sin vacilaciones, pesando el valor de todas las posibilidades, la trascendencia de todas las decisiones.
Ya tenía conocimiento de la nota del Consejo de Ministros de la noche anterior, y después de comentar la situación que esta declaración planteaba, nos dió cuenta de que aceptaba el consejo del Gobierno; y que para mayor garantía del país en la libertad de pronunciarse sobre el Régimen, se proponía ausentarse de España mientras tenían lugar las elecciones. Era la aceptación de la fórmula propuesta por los constitucionalistas en ocasión de la crisis de febrero último, que no llegó a tener realización entonces por las circunstancias que he relatado, fórmula a la que ahora se sumaban parte de los ministros en el Poder.
Encargó al duque de Maura que redactara un manifiesto al país, de cuyo contenido le dió las líneas generales. Habló ampliamente con el ministro de Marina de la continuación del Infante don Juan en la Escuela Naval durante su ausencia, a la que en todo momento se refirió como situación transitoria, y nos citó ya para el Consejo de Ministros que tendría lugar esa misma tarde, a las cinco, bajo su presidencia, en el que, después de las consultas que pensaba celebrar a primera hora, se acordaría la forma de llavar a cabo esos propósitos.
Ni durante el despacho, ni al despedirnos, se refirió ni hizo mención alguna a haber encargado a nadie de la realización de determinadas gestiones de que nos enteramos después, a las que se puede atribuir la causa de que los sucesos se precipitaran desarrollándose en forma distinta de la prevista.
Regresé al Ministerio cerca ya de la una. Allí, la misma soledad que el día anterior. Algunos amigos íntimos, pocos... Eran muy contados los que se acercaban para dar una impresión del ambiente exterior; la mayoría permanecía, como se dice vulgarmente, "tapados".
Como la crisis estaba planteada, y en aquellas circunstancias de tan grave trascendencia, dí orden de que se llamara, para comunicarles la situación, al presidente del Consejo Supremo, general Cavalcanti; al director general de Preparación y Campaña, general Barrera, y al director general de la Guardia Civil, general Sanjurjo, a ninguno de los cuales había visto desde las elecciones. De las jerarquías militares residentes en Madrid sólo había tenido contacto, aquellos días, con el capitán general.
Acudieron Sanjurjo y Cavalcanti; Barrera no había regresado aún de un permiso que disfrutaba. Les comuniqué la noticia de la crisis planteada por el Gobierno y los propósitos que estaban en tramitación para resolverla por la formación de un Gobierno en el que entrarían seguramente los constitucionalistas, y la posibilidad de que el Rey se ausentara mientras tenía lugar esa especie de plebiscito.
A la hora de audiencias no hubo nadie para ver al ministro. El aislamiento en que nos encontrábamos era absoluto.
* * *
Poco después de las tres me comunicó el jefe de servicio en el Ministerio que por la radio acababan de decir que en Barcelona se había proclamado la República.
Ordené se pidiera comunicación con el capitán general, aunque todo lo creí uno de tantos infundios alarmistas de los que se prodigaban por aquellos días, seguro de que de no ser así el capitán general me hubiera dado cuenta inmediatamente de lo que pasaba. La puesta en línea, de ordinario rápida, no se conseguía con la diligencia de otras veces; pasaron más de treinta minutos y aún no la habíamos logrado.
Hacia las cuatro me avisaron de que el Presidente deseaba hablar conmigo por la línea directa del teléfono de mi despacho. Acudí a la llamada, y me dijo el almirante Aznar que me esperaba con urgencia en el Ministerio de la Gobernación, donde ya se encontraba él, para darme conocimiento de algo extraordinario e importantísimo. Creí que se trataba de lo de Barcelona, y a ello me referí diciéndole que en ese momento estaba tratando de comunicar con el general Despujol. Me contestó que no era eso, que era mucho más grave, y que no podía comunicármelo por teléfono. "Voy en seguida—le contesté—, tardaré en salir solo el tiempo preciso para ponerme el uniforme." Me encontraba de paisano y suponía que desde Gobernación nos trasladaríamos a Palacio para asistir al Consejo citado para las cinco. Insistió entonces el Presidente en que la cosa era muy urgente y grave, y que acudiera como estaba.
Hice llamar a mi ayudante de servicio, que se encontraba en el Gabinete telegráfico tratando de conseguir la comunicación con Barcelona, para que me acompañara, y al entrar en el despacho me dijo que en aquel momento, desde los balcones de Secretaría, acababan de ver izar la bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones. Me asomé al balcón de mi despacho, y, efectivamente, pude ver la bandera tricolor ondeando sobre el edificio y a un numeroso grupo dando vivas a la República y aplaudiendo a algunos funcionarios de Correos y Telégrafos que, fraternizando en la algazara, ocupaban los balcones de la fachada principal.
Frente al Palacio de Comunicaciones había estacionado un retén de la Guardia Civil que presenciaba el espectáculo sin intervenir.
Seguidamente salimos para el Ministerio de la Gobernación. En el trayecto, no puedo recordar ahora el que seguimos, guiados por la policía, la efervescencia era general. Se formaban numerosos y nutridos grupos, y el movimiento de flujo hacia la Puerta del Sol era constante. Las gentes veían pasar el coche oficial con curiosidad, pero sin mostrar hostilidad alguna.
Al llegar a Gobernación nos dijeron que se había formado una manifestación frente a Correos que se dirigía a la Puerta del Sol, dando vivas a la República. Poco después podíamos ver desde los balcones del despacho del ministro cómo desembocaban los manifestantes en la plaza in que la fuerza pública hiciera gran cosa por disolverlos.
* * *
En el gran salón de retratos del Ministerio se encontraba el Presidente: Estaba solo.
Al verme se dirigió a mi encuentro, dando muestras de gran emoción.
En desordenadas palabras, que delataban su honda impresión, me dijo que Romanones había tenido aquella mañana una entrevista con el Comité revolucionario, en la que se había pactado la entrega del Poder para aquella tarde, a las seis. Que el conde había dado cuenta de todo al Rey y que éste saldría de Madrid esa misma noche.
Ante mi asombro de que se hubiera dado ese paso, del que no nos habían dicho nada ni eran los proyectos que el Rey mismo nos había comunicado aquella misma mañana al despachar con él, y a mi pregunta de por qué se había hecho eso y quién había autorizado esa entrevista con los revolucionarios, me contestó que él sólo sabía que la cosa estaba ya acordada y que a las seis de la tarde teníamos que entregar los Poderes, estando el Rey enterado y conforme con todo ello. Que justamente en esos momentos estaba el conde en el teléfono tratando de comunicar con el Comité, para conseguir un aplazamiento que diera tiempo a que se pudiera realizar con todos sus detalles el traspaso de Poderes acordado. Que me había llamado porque Romanones, de acuerdo con el Comité revolucionario, le habían pedido que se declarara el estado de guerra en Madrid para mantener el orden mientras se realizaba el traspaso.
A mi insistencia por saber la opinión del Rey y lo que hubiera podido inducirle a tomar aquella determinación, me contestó que él no sabía nada más que lo que me había dicho, y que en cuanto al Rey, que marcharía a Cartagena y desde allí, en un crucero que ya se había dado orden para que se preparara, embarcaría para Francia. Que de la seguridad del viaje respondía el Comité, y que Romanones, estimándolo de garantía, se hacía solidario de ella. Por su parte, el Rey estaba conforme con ese plan.
El Presidente seguía emocionadísimo, sin dejar de moverse de un lado para otro del salón, retorciéndose las manos. En algunos momentos, con gesto de desesperación, no podía reprimir las lágrimas. Sobre todo al asomarse a los cristales del balcón y ver el bullicio y oír los gritos en la Puerta del Sol, cada vez más rebosante de gente.
Yo no podía explicarme aquél súbito cambio de propósitos desde por la mañana, y el Presidente, en su emoción, no estaba en condiciones de explicar nada, si él mismo lo sabía, que no lo creo.
A poco entró el conde. La cara contraída en un gesto nervioso peculiar en él cuando está preocupado.
Me dirigí a su encuentro, interrogándole sobre lo que me acababa de decir el Presidente y aquel cambio de proyectos desde la mañana.
—¿Por qué todo esto?—me contestó—. Pues ya lo ve usted. Nos desbordan y hay que actuar con rapidez. Mire usted—me dijo, con gesto aireado conduciéndome a uno de los balcones—. Vea usted ese entusiasmo, ese delirio... ¡y por nosotros, nada! Hay que decidirse; si no, yo no sé lo que pasaría... Los he visto. Quieren que se entregue el Poder esta misma tarde, a las seis. Dicen que las masas están ya enteradas de la marcha del Rey, y cada vez más enardecidas, y que de no poder ellos encauzarlas con urgencia tampoco podrían responder de lo que ocurriera. Yo les digo que no hay tiempo material para ello. Que el Rey saldrá de todos modos esta misma noche. Pero no hacen caso.
—¿Y quién garantiza todo eso?—le pregunté.
—Yo mismo—me contestó, dándose un fuerte golpe en el pecho—. Quieren que se declare el estado de guerra en Madrid—continuó—para mantener el orden público y evitar que los maleantes se aprovechen de estos momentos de confusión y desorden y cometan atropellos.
Le expuse la dificultad de que el estado de guerra pudiera surtir efecto en tan breve plazo. El mismo bando para su declaración en aquellas circunstancias anormales requería dar instrucciones especiales para ello. Se decidió pedir a Capitanía General que enviaran un oficial de Estado Mayor para dárselas.
Me dijo entonces que urgía, pues acababa de recibir un nuevo aviso del Comité apremiando la entrega para contener las masas que decían desbordadas y que él, que no conseguía comunicación con el presidente del Comité, como acababa de intentar, les había enviado a Lladó, que vivía inmediato a donde estaban, para que tratara de convencerlos de que las cosas no podían marchar con tanta rapidez y que esperaba de un momento a otro el resultado de la gestión de este emisario.
Llamé al ayudante que me había acompañado para que pidiera a Capitanía General me enviaran un oficial de Estado Mayor para darle instrucciones urgentes. Pero conseguir la comunicación no era cosa fácil, como acabábamos de ver por lo que nos pasaba con Barcelona, y sobre todo, lo más difícil era entenderse en ella. Al fin se pudo transmitir el recado y a poco vino el oficial pedido.
Como la declaración del estado de guerra tenía en aquella ocasión finalidad tan distinta de la habitual en esos casos, no se podía utilizar el formulario corriente que suelen tener ya en borrador las Capitanías Generales, por lo que, en un volante, que en su mayor parte dictó el mismo conde, se pusieron la breves instrucciones que debía de abarcar, entregándoselas al oficial.
También se encontraba en Gobernación el ministro titular de esa cartera, quien, aunque entró varias veces en el salón donde nos encontrábamos, casi todo el tiempo que yo estuve allí lo pasó en el teléfono.
Entre tanto, la Puerta del Sol, cada vez más rebosante de gente, era un hervidero humano. La multitud lo había invadido todo: las aceras, el centro de la plaza..., de las farolas colgaban racimos humanos, como también habían asaltado la techumbre de las salidas del Metro. El griterío era ensordecedor. Los vivas, los aplausos a oradores improvisados atronaban el espacio... El tráfico estaba casi paralizado; sólo circulaban algunos vehículos por la parte de la plaza opuesta a la acera del Ministerio; algún coche o tranvía que quedó atascado en el centro de ella fué convertido a poco en elevada atalaya desde donde hacinados grupos de espectadores vigilaban con ansiedad los balcones de Gobernación, esperando sin duda ver aparecer ne ellos algo que confirmara su triunfo. Parte del as fuerzas de Orden Público, como la Guardia Civil, se habían retirado al interior del edificio, del que cerraron las puertas, impotentes para contener aquella avalancha desbordante de alegría y entusiasmo que se lanzaba sobre su presa, no agresiva, sino como quien toma posesión de lo que ya cree le pertenece.
Pasaba el tiempo. Se acercaba la hora de ir a Palacio y el emisario del conde no venía. Éste estaba extremadamente nervioso con la tardanza. No paraba un momento. Se movía de aquí allá. De cuando en cuando se acercaba al balcón tras cuyos cristales observábamos el gentío en la Puerta del Sol. Hubo un momento en que pareció iban a asaltar el edificio. Los pocos guardias que habían quedado al exterior trataban de contener a la multitud con gestos y ademanes tranquilizadores, diciéndoles algo, ignoro qué, que los calmaba. Sus palabras era acogidas con salvas de aplausos y griterío ensordecedor. Algunos eran subidos en hombros por los manifestantes.
El conde, con emocionada expresión de envidia en el rostro, nos decía, al observar aquella hirviente masa humana: "¡Qué entusiasmo!... ¡Qué lástima!..." Su alma de político se conmovía al pensamiento de lo que representaba aquella fuerza de opinión... ¡que ahora estaba en poder de nuestros enemigos...!
No era posible esperar más. Ya estábamos en retraso para la hora del Consejo, y el trayecto podía representar dificultades que retrasaran nuestra marcha. Tuvimos que marchar a Palacio sin esperar a Lladó.
Salimos por la puerta lateral que da a la calle de Correos, el Presidente y yo en mi coche, siguiéndonos los ayudantes en el del Presidente. Y, dando un rodeo, sin dificultad alguna llegamos a la plaza de Oriente. Las gentes nos miraban con curiosidad al ver los coches oficiales. Su actitud no tenía nada de agresiva.
En la intimidad del trayecto, solos como íbamos el Presidente y yo en el auto, el noble y caballeroso almirante se quejaba amargamente de lo ocurrido, que comentábamos sin poder concretar en sus detalles.
¿Qué había ocurrido después de nuestro despacho con el Rey, aquella misma mañana del 14 de abril, que determinó aquel cambio en los propósitos de Su Majestad? Hasta un par de meses después, ya instalada la República, no lo supimos.
En el mes de junio de ese año 1931, en los días 3, 4, y 5, publicaba el diario El Sol unos artículos del conde de Romanones bajo el título: Notas para la historia. Recuerdos de las últimas horas de un reinado. En los días 4 y 5, artículos segundo y tercero, decía el conde:
A la mañana siguiente—martes 14—recibí la vista de mi amigo el conde de Gimeno, quien me comunicó que la noche anterior había estado en casa del vizconde de Casa Aguilar, cuando éste regresaba de Palacio, con la impresión de que el Rey, estimando grave la situación, creía que aún cabría intentar otras soluciones. Me impresionó la referencia, hasta el punto de rogar a mi amigo fuera a casa del vizconde y lo trajera a la mía.La devoción del vizconde de Aguilar por el Rey es fervorosa; por eso le produjo hondísima emoción oírme decir "que si no se procedía con rapidez la vida del monarca podía estar en peligro".
—Vaya usted a Palacio—le dije—y comuníquele que entiendo que no hay otra solución que su inmediata salida de España. No le hable—le advertí—del peligro que puede correr, y en el cual creo, porque esto, dado su carácter y su valor, sería contraproducente. Dígale tan sólo que el amor que siempre profesó a su Patria le exige salir de España.
Aguilar me rogó le dictase lo que acababa de escuchar. Así lo hice, y rápidamente marchó a Palacio.
Transcurrida una hora, hallándome en el Ministerio de Estado, se me avisó de que el Rey me estaba esperando.
Cuando llegué a Palacio la decoración había cambiado. Ya las caras de los altos dignatarios y de la servidumbre eran distintas de las del día anterior. En todas se revelaba una vivísima inquietud.
El Rey me esperaba impaciente. Entramos en el despacho. Poniendo toda la posible sordina a mis palabras, le ratifiqué las advertencias que le había transmitido Aguilar. Muy luego entró el ministro de Gracia y Justicia, marqués de Alhucemas, cuyas opiniones no distaban de las mías, aunque sin duda para que el trago fuera menos amargo, todavía razonaba la posibilidad de acudir en consulta a los constitucionalistas, idea que aceptó el Rey, llamando a los señores Sánchez Guerra, Melquiades Alvarez y Villanueva. Lo malo de estas consultas era que con ellas se perdía un tiempo precioso.
En el curso de la conversación el Rey me dijo que sería conveniente celebrase yo con urgencia una entrevista con Alcalá Zamora, para conocer sus propósitos y tener cabal idea de la verdadera situación. Sin duda al hacerme tal encargo recordaba que hacía veinticinco años el hoy Presidente del Gobierno provisional de la República, en calidad de secretario particular mío, formaba parte del acompañamiento regio en el viaje que hicimos a las Islas Canarias.
El encargo era para mí penoso, pues siempre lo es el presentarse con bandera blanca en petición de armisticio y reconocer el vencimiento.
Para que la entrevista fuera más rápida y en terreno neutral, acudí a los buenos oficios de mi entrañable amigo el doctor Marañón. Pocos minutos fueron precisos para que a casa del renombrado doctor acudiéramos Alcalá y yo. A la conversación, por petición mía, asistió el doctor Marañón. El tono de ella no pudo ser más cordial. Alcalá Zamora comenzó diciéndome:
—Usted me conoce bien desde hace veinticinco años, y por eso sabe que no soy hombre capaz de disimular la verdad. Esta se impone. La batalla la han perdido ustedes. No queda otro camino que el de que el Rey salga de España, y que salga inmediatamente. La proclamación de la República se hará antes de que el sol se ponga. El Rey debe resignar sus Poderes ante el Consejo de Ministros. No sería prudente su salida por Irún, porque allí, como en San Sebastián, existe una gran excitación contra él. Sería mejor que saliera por la frontera portuguesa.
Escuchando esto, comprendí que era inútil toda discusión, y me limité a decirle que pondría cuanto había escuchado en conocimiento del Rey y del Consejo de Ministros.
En la calle, a la puerta del domicilio del doctor, había un numeroso grupo de gente joven y bien portada que no ocultaba su alborozo.
Retorné a Palacio. En la antecámara, tres o cuatro grandes de España, pues éstos comenzaban a acudir al conocer la gravedad de la situación. La conversación que con el Rey mantuve no la olvidaré mientras viva. Era el derrumbamiento de toda una vida, y se mantuvo dentro de una calma escalofriante. El Rey, sereno cual no lo he visto nunca, escuchó cuanto le dije. Me dijo que estaba dispuesto a redactar en seguida un mensaje a la nación, y me hizo indicaciones sobre su contenido. Yo insistí en la trascendencia de que declarase su firme voluntad de no resistir la que la nación expresaba categóricamente. En aquella conversación algo dijo el Rey sobre las posibilidades y conveniencia de la abdicación, bajo una regencia del Infante don Carlos. Esta solución era ya tardía, como me manifestó el propio Alcalá Zamora, que admitía que quizá esa fórmula hubiera sido posible un año antes.
El Rey quedó esperando la inmediata visita de los señores Sánchez Guerra, Melquiades Alvarez y Villanueva. Estas consultas me hacían el efecto de las que algunas veces se celebran para tranquilidad sólo de la familia, cuando hay un enfermo y ya está el sacerdote avisado para administrar la extremaunción. En los alrededores de Palacio, a aquella hora (dos y media de la tarde), no había grupos. La normalidad era completa.
***
En la plaza de Oriente, a más de los servicios ordinarios, se encontraban varias parejas de la Guardia Civil a caballo y un escuadrón de Húsares de la guarnición, que en cumplimiento de las instrucciones dadas para que se prestara a las autoridades civiles el apoyo que solicitaran, se había ordenado se estableciera allí para mantenerla despejada.
En los alrededores de Palacio había tranquilidad. Tampoco era numerosa la aglomeración de curiosos e informadores en la Puerta del Príncipe, de ordinario tan concurrida cuando de acontecimientos políticos se trataba. Aún no se había difundido entre los habituales de aquellos lugares la noticia de lo que ocurría, aunque sí sabían algunos que el Consejo estaba citado para aquella tarde.
Al descender del coche ordené a mi ayudante que se trasladara en él a la Capitanía General, para ampliar noticias de lo que ocurría a la primera autoridad de la región y activar la declaración del estado de guerra. Allí se encontraba ya el capitán general reunido con su Estado Mayor.
En la Cámara, a donde llegábamos con retraso, se encontraban ya los demás ministros. El Rey no había salido aún a su despacho.
Momentos después de nuestra llegada me avisaron que tenía la comunicación pedida dos horas antes con Barcelona y que el capitán general, que estaba al aparato, tenía urgencia en hablarme. Acudí al teléfono situado en la habitación inmediata a la Cámara, llamada el "tranvía."
El general Despujols, tras muchas dificultades para entendernos por los cruces y ruidos que perturbaban la comunicación, me dió cuenta de los sucesos que se habían desarrollado en aquella capital, sin que la autoridad civil reclamara auxilio ni las fuerzas de la Guardia Civil y de Orden Público intervinieran para evitarlos. La población entera vibraba en entusiasmo republicano. Por lo que me decía, el espectáculo de avalancha humana era por el estilo del que yo acababa de presenciar en la Puerta del Sol. Le dije que en aquel momento iba a reunirse el Consejo con el Rey para tomar acuerdos definitivos. Hice referencia a lo que pasaba en Madrid, donde se había declarado el estado de guerra para mantener el orden, añadiéndole que en cuanto terminara el Consejo le llamaría para darle cuenta de lo que se acordara.
Cuando regresé a la Cámara ya habían entrado los ministros en la sala de Consejos hacía un rato.
Nada más tristemente solemne que aquella reunión que tenía ya lugar bajo la impresión abrumadora de los acontecimientos y la coacción de aquellos tratos entablados con el adversario, tratos que, en concurrencia con otras gestiones de espontánea y discutible oportunidad y acierto, tanto habían contribuido a decidir al desconfiado y vacilante Comité revolucionario a reclamar el premio de aquel triunfo que se le reconocía antes de que él mismo se hubiera dado cuenta de él, y a desbordar los entusiasmos del pueblo lanzándolo a la calle en la bulliciosa alegría de aquella victoria que le decían era suya. La multiplicidad de iniciativas, derrotistas todas ellas, realizadas sin el conocimiento de los que en todo caso habían de encauzar sus consecuencias, nos llevaron a aquella caótica situación en que la impaciente desconfianza de los que ya consideraban reclamar un derecho, el cumplimiento de un pacto, amenazaba con su desenfrenado desbordamiento.
El Consejo hacía ya rato que estaba reunido; no asistí, pues, a los comienzos de aquella trascendental sesión. nada oí sobre las consultas que nos anunció el Rey ni sobre las opiniones expresadas en ellas. Nada tampoco sobre las razones que aconsejaron o impusieron aquellas gestiones que se habían realizado sin conocimiento del Jefe del Gobierno, que así lo había manifestado en nuestra conversación durante el trayecto a Palacio, ni del de la mayoría de los ministros que, como yo, las ignoraban; quién las había autorizado y cuál fué la determinante de aquel cambio en los propósitos que se nos habían comunicado aquella misma mañana.
¿Qué había pasado desde entonces...? En el transcurso de aquellas pocas horas, el cambio fué tan completo que de aquel manifiesto que el Rey había encargado redactar a mi presencia, trazando sus línas generales, desaparecieron, según pude enterarme después, pues yo no había llegado aún a la sala del Consejo cuando se leyera o se discutiera, las frases en que en el párrafo cuarto, el Rey, al anunciar a los españoles su propósito de ausentarse de España mientras hablaba la nación por medio del sufragio, les decía: "Para conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, encargo a un Gobierno que la consulte, convocando Cortes Constituyentes..."; para suspender ahora el ejercicio del Poder Real sin garantía ni control alguno.
Poco duró el Consejo... El punto capital de él, la formación por iniciativa regia de aquel Gobierno que había de consultar al país, estaba ya resuelto por la incauta y poco meditada gestión llevada a cabo al mediodía, por los compromisos adquiridos en ella, por las órdenes dadas en su consecuencia. No obstante, aún dió ocasión a que se pusiera una vez más de manifiesto, y ahora a presencia del mismo Rey, hasta qué punto aquel directorio de personas ilustres, doctores en la ciencia de la gobernación, las primeras figuras políticas de la Monarquía, capacitadas, conocedoras de los asuntos y resortes de gobierno, de indiscutible buena fe e interés por su Patria, pero dominados por tan distinto concepto del momento político por que España atravesaba, en tan completo desacuerdo sobre los medios y las resoluciones necesarias para encauzarlo, había perdido toda cohesión y control de sus actos como entidad gobernante. Las competencias y antagonismos habituales; las extemporáneas iniciativas de unos aun en asuntos que afectaban a la política general del Gabinete, testimonio de su incongruencia; la reservada y cautelosa actitud de otros, consecuencia de la recíproca desconfianza, y la inhibición de los más, neutralizaron aquel esfuerzo para restablecer la normalidad constitucional después del golpe de Estado, y ahora terminaba abandonando a la Corona—en el momento culminante de sus dificultades—al exclusivo empleo de aquellos recurso pretorianos de que tanto abominaron, enfrentándola con el pueblo cuando en su prematura alarma le habían dado testimonio de reconocer y acatar su triunfo..., confirmando la incapacidad de aquel ya desconcertado conjunto para remediar la situación a que, con sus propias iniciativas, habían dado lugar.
Hacía sólo un momento que había entrado yo en el Consejo cuando se presentó en la sala el ayudante de servicio de Su Majestad para transmitir un recado urgente al conde de Romanones.
Al punto dijo el conde de qué se trataba. Le reiteraban de parte del Comité revolucionario que no podía aplazarse el traspaso de Poderes, porque el pueblo, enterado ya de la marcha del Rey, desbordaba en la calle, y sólo podría contenerse si el Comité tomaba el mando; que, en caso contrario, no podría éste responder de lo que pasara.
Algunos de los ministros quedaron sorprendidos ante lo que parecía ser un apremio espontáneo de la revolución, y más aún de que hubiera podido llegar hasta el sagrado recinto del Consejo reunido con el Rey.
Pero no había tal espontaneidad. Era la contestación del Comité a las gestiones que estaba realizando el conde de Romanones desde Gobernación, a que me he referido, y que por hacerse tarde y ser ya la hora del Consejo no había podido recoger allí.*
*Lladó vino a Palacio, según pude comprobar después, en cumplimiento del recado que le dejó el conde de Romanones en Gobernación. Se entrevistó con el duque de Miranda, mayordomo mayor del Rey, en la escalera interior que conducía a su despacho, y allí le dijo, para que se lo transmitiera a Romanones, que el Comité no accedía a ampliar el plazo acordado, y que si no se le entregaban los Poderes a la hora y en la forma convenida, no podía responder de lo pactado, porque el pueblo estaba en la calle y había que encauzarlo inmediatamente.
Un silencio embarazoso dominó el Consejo, que desconocía aquellos anteriores tratos. Entonces, uno de los ministros, el señor Cierva, protestó de lo que ocurría y de que se hubiese llegado a ese extremo.
El conde de Romanones, a quien se dirigían todas las miradas interrogantes y un tanto acusadoras, que no hay como encontrar un posible editor responsable en los momentos de desconcierto y de fracaso, vaciló en su determinada actitud de antes y, curándose a su vez de lo que se le venía encima, deseando descargar sobre otras espaldas algo del peso que sobre las suyas gravitaba, dijo, dirigiéndose al marqués de Hoyos y a mí:
—Sólo el Ejército y la Guardia Civil pueden contestar a esto... ¿Qué dicen los ministros...?
La pregunta me llenó de estupor.
El Ejército estaba en su puesto, sin que en ningún momento se hubiera alegado por el ministro de la Guerra dificultad alguna a su empleo, ni expresado la menor desconfianza en su lealtad. ¿Qué se insinuaba ahora...? El Gobierno estaba en crisis irrevocable desde la noche anterior en que varios de los ministros habían manifestado ante el Consejo que de ningún modo seguirían en sus carteras... ¿Acaso endosar a un general, al mismo que habían desplazado considerándose más eficaces, la responsibilidad de la situación a la que se había llegado? ¿Enfrentar al Rey y al Ejército con el pueblo, cuando ya habían dado a éste la impresión de reconocer su triunfo, acatándolo ante sus representantes...?
El Ejército estaba en su puesto. Ese había sido mi esfuerzo de todo momento desde que me encargué del Gobierno. Separarlo de la contienda en que estuvo mezclado, y no con unanimidad de criterio. El Ejército estaba a las órdenes del Mando, como el Mando estaba a las órdenes del Gobierno constituído, prestando los servicios que de él se pedían, cuando se los pidieron; manteniendo el orden y las garantías de los ciudadanos, y con ello defendiendo el Régimen. Ajeno a la política, ignorante de aquellas gestiones que habían tenido lugar como lo estaba su jefe inmediato, el ministro de la Guerra, que no fué consultado ni advertido de nada. Sin que siquiera se le hubiera prevenido con tiempo a fin de adoptar las medidas indispensables para hacer frente a las consecuencias de aquellos imprudentes tratos. ¿Y ahora, cuando se tocaban las consecuencias de haber pactado con la insolvencia y adquirido compromisos sin reciprocidad, en cuanto se acordaban de él...?
Sin poder reprimir mi exaltación expresé vivamente, ante el Consejo, mi asombro por que después de todo lo que se había hecho hasta llegar a aquella situación absurda se acordaran ahora de que el Ejército existía, y dirigiéndome al Rey, dije:
—Por mi parte, Señor, estoy dispuesto a hacer cuanto acuerden el Rey y su Gobierno; aunque, ahora, haya que imponerse por la fuerza.
En este punto, el Rey, que seguía con la mayor atención mis palabras, dijo con energía:
—Eso de ninguna manera. Ya he tomado y expresado mi decisión y en ella me mantengo... No hay, pues, que hablar más de este asunto.
Seguidamente se levantó.
Los ministros se levantaron, todos en el mayor silencio, sin que ninguno de los presentes rebatiera lo que yo había dicho ni instara al Rey a utilizar mi ofrecimiento.
Así terminó la escena, y con ella, el Consejo...
¿Creía Romanones eficaz y factible lo que ahora insinuaba...? Acababa de pedirme, hacía poco más de una hora, de acuerdo con el Comité revolucionario, según me dijo ante el Presidente, que se declara el estado de guerra para garantizar el traspaso de Poderes con ellos tratado, y la orden se dió a su presencia, con las instrucciones que él mismo dictó. Por ese medio quedó notificada la autoridad militar y su Estado Mayor de la determinación tomada por el Rey.
(Continuará...)


