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jueves, 20 de agosto de 2026

Un fuerte golpe en el pecho

 Transcribo aquí el capítulo vigésimo, "El 14 de abril", del libro del General Berenguer escrito en 1935 y publicado al parecer en 1946. A lo menos no se echa de ver que mi edición de ese año no sea la primera. Tiene todas las páginas sin cortar; este ejemplar al menos no se lo ha leído nadie en los últimos noventa años. Se recordará que Berenguer sucedió como dictador a Miguel Primo de Rivera, siguiendo órdenes del Rey ante la renuncia de su predecesor. Emprendió una transición hacia la restauración de las elecciones, los derechos y libertades constitucionales y, en realidad, una restauración de la Restauración—pero el descontento y la degeneración de la derecha que apoyaba al Rey hicieron que los acontecimientos se precipitasen. Fue criticado también Berenguer, a pesar de sus manifiestas buenas intenciones hacia el sistema de partidos y a pesar de su voluntad por mantener el estado de derecho, por los juicios sumarísimos tras sofocar el pronunciamiento republicano de Jaca en 1930. En 1931 se desconvoca el calendario electoral que había previsto, aplazándose las elecciones generales hasta después de las municipales, y fue sustituido Berenguer como presidente del gobierno provisional por el Almirante Aznar. Berenguer pasó a ser Ministro de la Guerra, un caso insólito en las crisis de gobierno y que quizá da prueba de su buena fe y patriotismo, más que de su renuencia a dejar el poder que tan a disgusto había asumido en circunstancias bien desagradables. 

Los acontecimientos se precipitaron tras la victoria muy relativa de los republicanos en las municipales, y en este capítulo cuenta Berenguer cómo fue a parar el poder del gobierno central, inesperadamente, al autodenominado comité republicano de los firmantes del Pacto de San Sebastián (quienes no se habían querido presentar a las elecciones a cortes, para así desautorizarlas). 

En su narración no deja de leerse entre líneas, o más que entre líneas, la manipulación que efectuó dentro del propio gobierno el ministro de Estado, Conde de Romanones, un factótum a quien con tanto o más mérito que a Alcalá Zamora o demás republicanos puede atribuirse la caída de la Monarquía, a modo de puñalada trapera o palmada mortífera en la espalda—o fuerte golpe en el pecho. Eso ante la impotencia o inacción del propio Rey y del resto del Gobierno, incluido el paralizado o desbordado Berenguer. Al rey lo trata con más respeto Berenguer si bien se queja entre líneas de la manera en que desinformó al resto del gobierno sobre sus intenciones o temores. La derechita cobarde o traidora que rodeaba al Rey, y el propio Rey, eran peores que el PP—que Rajoy, Feijóo y Casado juntos, ya no digo nada de Aznar II. Pues una orden del Rey, o del almirante Aznar, al efecto de destituir o desautorizar a Romanones, y reconducir el orden público con mano izquierda, sin renunciar al Gobierno ni al orden vigente, quizá hubiera cambiado todo el curso de los acontecimientos. A saber con qué resultado.

Lean, lean, que es todo un capítulo de la historia de España.

 

Dámaso Berenguer

Conde de Xauén, ex presidente del Consejo de Ministros 

DE LA DICTADURA A LA REPÚBLICA.

(Crisis del reinado de Alfonso XIII) 

Madrid: Editorial Plus Ultra, 1946. 

 

Capítulo vigésimo

El 14 de abril

 

Despacho por la mañana con Su Majestad el Rey. —El Presidente me llama por la tarde a Gobernación.—Último Consejo de Ministros de la Monarquía.

 

Las noticias de provincias, de que me dió cuenta el jefe de servicio en la mañana del martes, no acusaban novedad alguna, según los partes recibidos de los capitanes generales: a ellas no había trascendido aún la agitación que se notaba en Madrid con creciente intensidad.

Hacia las once avisaron de Palacio que acudiera a despacho con Su Majestad. El Rey deseaba cambiar impresiones con sus ministros, no en Consejo, sino en despacho extraordinario; así nos lo explicaron al transmitirnos la citación. Resolución tomada, seguramente, al darle cuenta el Presidente de los acuerdos e incidentes del Consejo de la noche anterior. Desde el día de las elecciones sólo habían despachado con el Rey, el lunes, en su turno habitual de despacho, el Presidente y los ministros de Estado y de Justicia, conde de Romanones y marqués de Alhucemas.

Poco después de las once me trasladé a Palacio. En el trayecto, calle de alcalá, Puerta del Sol y calle del Arenal, la población presentaba su aspecto normal; nada reflejaba lo agitada que había sido la noche anterior.

En la Cámara, sin más concurrencia que la del servicio ordinario y alguna persona de la intimidad palatina, se encontraban ya el ministro de Marina, almirante Ribera, y el de Trabajo, duque de Maura, que habían sido citados al mismo tiempo que yo. Con el Rey despachaban en aquel momento el conde de Romanones y el marqués de Alhucemas; antes lo habían hecho el marqués de Hoyos y el señor Ventosa.

Transcurrió poco más de media hora, y pasamos al despacho de Su Majestad el duque de Maura, el almirante Ribera y yo. El Rey, que había salido hasta la puerta de la Cámara para despedir a los dos ministros que acababan de despachar con él, como era su costumbre, al tenderme la mano con algo más de efusión que de ordinario, me dijo en voz baja: "¡Qué razón tenías, Dámaso..!"

Estaba sereno, como siempre. Sin alardes. Sin debilidades. En su rostro se notaban las torturas morales de aquellas horas de ansiedad; pero nada traicionaba en su expresión la entereza de su espíritu. Yo no le veía desde el jueves anterior, el día 9, en que le acompañé a una conferencia del curso de coroneles que por aquellos días tenía lugar en Madrid, a los que dirigió la palabra, siendo aclamado con entusiasmo. Se daba cuenta de la situación, del alcance de lo que había ocurrido, de los medios con que podía contar para hacerle frente, y actuaba y decidía sin vacilaciones, pesando el valor de todas las posibilidades, la trascendencia de todas las decisiones.

Ya tenía conocimiento de la nota del Consejo de Ministros de la noche anterior, y después de comentar la situación que esta declaración planteaba, nos dió cuenta de que aceptaba el consejo del Gobierno; y que para mayor garantía del país en la libertad de pronunciarse sobre el Régimen, se proponía ausentarse de España mientras tenían lugar las elecciones. Era la aceptación de la fórmula propuesta por los constitucionalistas en ocasión de la crisis de febrero último, que no llegó a tener realización entonces por las circunstancias que he relatado, fórmula a la que ahora se sumaban parte de los ministros en el Poder.

Encargó al duque de Maura que redactara un manifiesto al país, de cuyo contenido le dió las líneas generales. Habló ampliamente con el ministro de Marina de la continuación del Infante don Juan en la Escuela Naval durante su ausencia, a la que en todo momento se refirió como situación transitoria, y nos citó ya para el Consejo de Ministros que tendría lugar esa misma tarde, a las cinco, bajo su presidencia, en el que, después de las consultas que pensaba celebrar a primera hora, se acordaría la forma de llavar a cabo esos propósitos. 

Ni durante el despacho, ni al despedirnos, se refirió ni hizo mención alguna a haber encargado a nadie de la realización de determinadas gestiones de que nos enteramos después, a las que se puede atribuir la causa de que los sucesos se precipitaran desarrollándose en forma distinta de la prevista. 

 

Regresé al Ministerio cerca ya de la una. Allí, la misma soledad que el día anterior. Algunos amigos íntimos, pocos... Eran muy contados los que se acercaban para dar una impresión del ambiente exterior; la mayoría permanecía, como se dice vulgarmente, "tapados".

Como la crisis estaba planteada, y en aquellas circunstancias de tan grave trascendencia, dí orden de que se llamara, para comunicarles la situación, al presidente del Consejo Supremo, general Cavalcanti; al director general de Preparación y Campaña, general Barrera, y al director general de la Guardia Civil, general Sanjurjo, a ninguno de los cuales había visto desde las elecciones. De las jerarquías militares residentes en Madrid sólo había tenido contacto, aquellos días, con el capitán general.

Acudieron Sanjurjo y Cavalcanti; Barrera no había regresado aún de un permiso que disfrutaba. Les comuniqué la noticia de la crisis planteada por el Gobierno y los propósitos que estaban en tramitación para resolverla por la formación de un Gobierno en el que entrarían seguramente los constitucionalistas, y la posibilidad de que el Rey se ausentara mientras tenía lugar esa especie de plebiscito. 

 A la hora de audiencias no hubo nadie para ver al ministro. El aislamiento en que nos encontrábamos era absoluto.

* * *

Poco después de las tres me comunicó el jefe de servicio en el Ministerio que por la radio acababan de decir que en Barcelona se había proclamado la República. 

Ordené se pidiera comunicación con el capitán general, aunque todo lo creí uno de tantos infundios alarmistas de los que se prodigaban por aquellos días, seguro de que de no ser así el capitán general me hubiera dado cuenta inmediatamente de lo que pasaba. La puesta en línea, de ordinario rápida, no se conseguía con la diligencia de otras veces; pasaron más de treinta minutos y aún no la habíamos logrado.

Hacia las cuatro me avisaron de que el Presidente deseaba hablar conmigo por la línea directa del teléfono de mi despacho. Acudí a la llamada, y me dijo el almirante Aznar que me esperaba con urgencia en el Ministerio de la Gobernación, donde ya se encontraba él, para darme conocimiento de algo extraordinario e importantísimo. Creí que se trataba de lo de Barcelona, y a ello me referí diciéndole que en ese momento estaba tratando de comunicar con el general Despujol. Me contestó que no era eso, que era mucho más grave, y que no podía comunicármelo por teléfono. "Voy en seguida—le contesté—, tardaré en salir solo el tiempo preciso para ponerme el uniforme." Me encontraba de paisano y suponía que desde Gobernación nos trasladaríamos a Palacio para asistir al Consejo citado para las cinco. Insistió entonces el Presidente en que la cosa era muy urgente y grave, y que acudiera como estaba.

Hice llamar a mi ayudante de servicio, que se encontraba en el Gabinete telegráfico tratando de conseguir la comunicación con Barcelona, para que me acompañara, y al entrar en el despacho me dijo que en aquel momento, desde los balcones de Secretaría, acababan de ver izar la bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones. Me asomé al balcón de mi despacho, y, efectivamente, pude ver la bandera tricolor ondeando sobre el edificio y a un numeroso grupo dando vivas a la República y aplaudiendo a algunos funcionarios de Correos y Telégrafos que, fraternizando en la algazara, ocupaban los balcones de la fachada principal.

Frente al Palacio de Comunicaciones había estacionado un retén de la Guardia Civil que presenciaba el espectáculo sin intervenir. 

Seguidamente salimos para el Ministerio de la Gobernación. En el trayecto, no puedo recordar ahora el que seguimos, guiados por la policía, la efervescencia era general. Se formaban numerosos y nutridos grupos, y el movimiento de flujo hacia la Puerta del Sol era constante. Las gentes veían pasar el coche oficial con curiosidad, pero sin mostrar hostilidad alguna.

Al llegar a Gobernación nos dijeron que se había formado una manifestación frente a Correos que se dirigía a la Puerta del Sol, dando vivas a la República. Poco después podíamos ver desde los balcones del despacho del ministro cómo desembocaban los manifestantes en la plaza in que la fuerza pública hiciera gran cosa por disolverlos.

* * *

 En el gran salón de retratos del Ministerio se encontraba el Presidente: Estaba solo.

Al verme se dirigió a mi encuentro, dando muestras de gran emoción.

En desordenadas palabras, que delataban su honda impresión, me dijo que Romanones había tenido aquella mañana una entrevista con el Comité revolucionario, en la que se había pactado la entrega del Poder para aquella tarde, a las seis. Que el conde había dado cuenta de todo al Rey y que éste saldría de Madrid esa misma noche.

Ante mi asombro de que se hubiera dado ese paso, del que no nos habían dicho nada ni eran los proyectos que el Rey mismo nos había comunicado aquella misma mañana al despachar con él, y a mi pregunta de por qué se había hecho eso y quién había autorizado esa entrevista con los revolucionarios, me contestó que él sólo sabía que la cosa estaba ya acordada y que a las seis de la tarde teníamos que entregar los Poderes, estando el Rey enterado y conforme con todo ello. Que justamente en esos momentos estaba el conde en el teléfono tratando de comunicar con el Comité, para conseguir un aplazamiento que diera tiempo a que se pudiera realizar con todos sus detalles el traspaso de Poderes acordado. Que me había llamado porque Romanones, de acuerdo con el Comité revolucionario, le habían pedido que se declarara el estado de guerra en Madrid para mantener el orden mientras se realizaba el traspaso.

A mi insistencia por saber la opinión del Rey y lo que hubiera podido inducirle a tomar aquella determinación, me contestó que él no sabía nada más que lo que me había dicho, y que en cuanto al Rey, que marcharía a Cartagena y desde allí, en un crucero que ya se había dado orden para que se preparara, embarcaría para Francia. Que de la seguridad del viaje respondía el Comité, y que Romanones, estimándolo de garantía, se hacía solidario de ella. Por su parte, el Rey estaba conforme con ese plan.

El Presidente seguía emocionadísimo, sin dejar de moverse de un lado para otro del salón, retorciéndose las manos. En algunos momentos, con gesto de desesperación, no podía reprimir las lágrimas. Sobre todo al asomarse a los cristales del balcón y ver el bullicio y oír los gritos en la Puerta del Sol, cada vez más rebosante de gente. 

Yo no podía explicarme aquél súbito cambio de propósitos desde por la mañana, y el Presidente, en su emoción, no estaba en condiciones de explicar nada, si él mismo lo sabía, que no lo creo.

A poco entró el conde. La cara contraída en un gesto nervioso peculiar en él cuando está preocupado. 

Me dirigí a su encuentro, interrogándole sobre lo que me acababa de decir el Presidente y aquel cambio de proyectos desde la mañana.

—¿Por qué todo esto?—me contestó—. Pues ya lo ve usted. Nos desbordan y hay que actuar con rapidez. Mire usted—me dijo, con gesto aireado conduciéndome a uno de los balcones—. Vea usted ese entusiasmo, ese delirio... ¡y por nosotros, nada! Hay que decidirse; si no, yo no sé lo que pasaría... Los he visto. Quieren que se entregue el Poder esta misma tarde, a las seis. Dicen que las masas están ya enteradas de la marcha del Rey, y cada vez más enardecidas, y que de no poder ellos encauzarlas con urgencia tampoco podrían responder de lo que ocurriera. Yo les digo que no hay tiempo material para ello. Que el Rey saldrá de todos modos esta misma noche. Pero no hacen caso.

—¿Y quién garantiza todo eso?—le pregunté.

—Yo mismo—me contestó, dándose un fuerte golpe en el pecho—. Quieren que se declare el estado de guerra en Madrid—continuó—para mantener el orden público y evitar que los maleantes se aprovechen de estos momentos de confusión y desorden y cometan atropellos.

Le expuse la dificultad de que el estado de guerra pudiera surtir efecto en tan breve plazo. El mismo bando para su declaración en aquellas circunstancias anormales requería dar instrucciones especiales para ello. Se decidió pedir a Capitanía General que enviaran un oficial de Estado Mayor para dárselas.

Me dijo entonces que urgía, pues acababa de recibir un nuevo aviso del Comité apremiando la entrega para contener las masas que decían desbordadas y que él, que no conseguía comunicación con el presidente del Comité, como acababa de intentar,  les había enviado a Lladó, que vivía inmediato a donde estaban, para que tratara de convencerlos de que las cosas no podían marchar con tanta rapidez y que esperaba de un momento a otro el resultado de la gestión de este emisario.

Llamé al ayudante que me había acompañado para que pidiera a Capitanía General me enviaran un oficial de Estado Mayor para darle instrucciones urgentes. Pero conseguir la comunicación no era cosa fácil, como acabábamos de ver por lo que nos pasaba con Barcelona, y sobre todo, lo más difícil era entenderse en ella. Al fin se pudo transmitir el recado y a poco vino el oficial pedido.

Como la declaración del estado de guerra tenía en aquella ocasión finalidad tan distinta de la habitual en esos casos, no se podía utilizar el formulario corriente que suelen tener ya en borrador las Capitanías Generales, por lo que, en un volante, que en su mayor parte dictó el mismo conde, se pusieron la breves instrucciones que debía de abarcar, entregándoselas al oficial.

También se encontraba en Gobernación el ministro titular de esa cartera, quien, aunque entró varias veces en el salón donde nos encontrábamos, casi todo el tiempo que yo estuve allí lo pasó en el teléfono.

 

Entre tanto, la Puerta del Sol, cada vez más rebosante de gente, era un hervidero humano. La multitud lo había invadido todo: las aceras, el centro de la plaza..., de las farolas colgaban racimos humanos, como también habían asaltado la techumbre de las salidas del Metro.  El griterío era ensordecedor. Los vivas, los aplausos a oradores improvisados atronaban el espacio... El tráfico estaba casi paralizado; sólo circulaban algunos vehículos por la parte de la plaza opuesta a la acera del Ministerio; algún coche o tranvía que quedó atascado en el centro de ella fué convertido a poco en elevada atalaya desde donde hacinados grupos de espectadores vigilaban con ansiedad los balcones de Gobernación, esperando sin duda ver aparecer ne ellos algo que confirmara su triunfo. Parte del as fuerzas de Orden Público, como la Guardia Civil, se habían retirado al interior del edificio, del que cerraron las puertas, impotentes para contener aquella avalancha desbordante de alegría y entusiasmo que se lanzaba sobre su presa, no agresiva, sino como quien toma posesión de lo que ya cree le pertenece.

 

Pasaba el tiempo. Se acercaba la hora de ir a Palacio y el emisario del conde no venía. Éste estaba extremadamente nervioso con la tardanza. No paraba un momento. Se movía de aquí allá. De cuando en cuando se acercaba al balcón tras cuyos cristales observábamos el gentío en la Puerta del Sol. Hubo un momento en que pareció iban a asaltar el edificio. Los pocos guardias que habían quedado al exterior trataban de contener a la multitud con gestos y ademanes tranquilizadores, diciéndoles algo, ignoro qué, que los calmaba. Sus palabras era acogidas con salvas de aplausos y griterío ensordecedor. Algunos eran subidos en hombros por los manifestantes.

El conde, con emocionada expresión de envidia en el rostro, nos decía, al observar aquella hirviente masa humana: "¡Qué entusiasmo!... ¡Qué lástima!..." Su alma de político se conmovía al pensamiento de lo que representaba aquella fuerza de opinión... ¡que ahora estaba en poder de nuestros enemigos...!

No era posible esperar más. Ya estábamos en retraso para la hora del Consejo, y el trayecto podía representar dificultades que retrasaran nuestra marcha. Tuvimos que marchar a Palacio sin esperar a Lladó.

Salimos por la puerta lateral que da a la calle de Correos, el Presidente y yo en mi coche, siguiéndonos los ayudantes en el del Presidente. Y, dando un rodeo, sin dificultad alguna llegamos a la plaza de Oriente. Las gentes nos miraban con curiosidad al ver los coches oficiales. Su actitud no tenía nada de agresiva.

En la intimidad del trayecto, solos como íbamos el Presidente y yo en el auto, el noble y caballeroso almirante se quejaba amargamente de lo ocurrido, que comentábamos sin poder concretar en sus detalles.

 

¿Qué había ocurrido después de nuestro despacho con el Rey, aquella misma mañana del 14 de abril, que determinó aquel cambio en los propósitos de Su Majestad? Hasta un par de meses después, ya instalada la República, no lo supimos.

En el mes de junio de ese año 1931, en los días 3, 4, y 5, publicaba el diario El Sol unos artículos del conde de Romanones bajo el título: Notas para la historia. Recuerdos de las últimas horas de un reinado. En los días 4 y 5, artículos segundo y tercero, decía el conde:

A la mañana siguiente—martes 14—recibí la vista de mi amigo el conde de Gimeno, quien me comunicó que la noche anterior había estado en casa del vizconde de Casa Aguilar, cuando éste regresaba de Palacio, con la impresión de que el Rey, estimando grave la situación, creía que aún cabría intentar otras soluciones. Me impresionó la referencia, hasta el punto de rogar a mi amigo fuera a casa del vizconde y lo trajera a la mía.

La  devoción del vizconde de Aguilar por el Rey es fervorosa; por eso le produjo hondísima emoción oírme decir "que si no se procedía con rapidez la vida del monarca podía estar en peligro".

—Vaya usted a Palacio—le dije—y comuníquele que entiendo que no hay otra solución que su inmediata salida de España. No le hable—le advertí—del peligro que puede correr, y en el cual creo, porque esto, dado su carácter y su valor, sería contraproducente. Dígale tan sólo que el amor que siempre profesó a su Patria le exige salir de España.

Aguilar me rogó le dictase lo que acababa de escuchar. Así lo hice, y rápidamente marchó a Palacio.

Transcurrida una hora, hallándome en el Ministerio de Estado, se me avisó de que el Rey me estaba esperando.

Cuando llegué a Palacio la decoración había cambiado. Ya las caras de los altos dignatarios y de la servidumbre eran distintas de las del día anterior. En todas se revelaba una vivísima inquietud.

El Rey me esperaba impaciente. Entramos en el despacho. Poniendo toda la posible sordina a mis palabras, le ratifiqué las advertencias que le había transmitido Aguilar. Muy luego entró el ministro de Gracia y Justicia, marqués de Alhucemas, cuyas opiniones no distaban de las mías, aunque sin duda para que el trago fuera menos amargo, todavía razonaba la posibilidad de acudir en consulta a los constitucionalistas, idea que aceptó el Rey, llamando a los señores Sánchez Guerra, Melquiades Alvarez y Villanueva. Lo malo de estas consultas era que con ellas se perdía un tiempo precioso. 

En el curso de la conversación el Rey me dijo que sería conveniente celebrase yo con urgencia una entrevista con Alcalá Zamora, para conocer sus propósitos y tener cabal idea de la verdadera situación. Sin duda al hacerme tal encargo recordaba que hacía veinticinco años el hoy Presidente del Gobierno provisional de la República, en calidad de secretario particular mío, formaba parte del acompañamiento regio en el viaje que hicimos a las Islas Canarias.

El encargo era para mí penoso, pues siempre lo es el presentarse con bandera blanca en petición de armisticio y reconocer el vencimiento.

Para que la entrevista fuera más rápida y en terreno neutral, acudí a los buenos oficios de mi entrañable amigo el doctor Marañón. Pocos minutos fueron precisos para que a casa del renombrado doctor acudiéramos Alcalá y yo. A la conversación, por petición mía, asistió el doctor Marañón. El tono de ella no pudo ser más cordial. Alcalá Zamora comenzó diciéndome: 

—Usted me conoce bien desde hace veinticinco años, y por eso sabe que no soy hombre capaz de disimular la verdad. Esta se impone. La batalla la han perdido ustedes. No queda otro camino que el de que el Rey salga de España, y que salga inmediatamente. La proclamación de la República se hará antes de que el sol se ponga. El Rey debe resignar sus Poderes ante el Consejo de Ministros. No sería prudente su salida por Irún, porque allí, como en San Sebastián, existe una gran excitación contra él. Sería mejor que saliera por la frontera portuguesa.

Escuchando esto, comprendí que era inútil toda discusión, y me limité a decirle que pondría cuanto había escuchado en conocimiento del Rey y del Consejo de Ministros.

En la calle, a la puerta del domicilio del doctor, había un numeroso grupo de gente joven y bien portada que no ocultaba su alborozo. 

Retorné a Palacio. En la antecámara, tres o cuatro grandes de España, pues éstos comenzaban a acudir al conocer la gravedad de la situación. La conversación que con el Rey mantuve no la olvidaré mientras viva. Era el derrumbamiento de toda una vida, y se mantuvo dentro de una calma escalofriante. El Rey, sereno cual no lo he visto nunca, escuchó cuanto le dije. Me dijo que estaba dispuesto a redactar en seguida un mensaje a la nación, y me hizo indicaciones sobre su contenido. Yo insistí en la trascendencia de que declarase su firme voluntad de no resistir la que la nación expresaba categóricamente. En aquella conversación algo dijo el Rey sobre las posibilidades y conveniencia de la abdicación, bajo una regencia del Infante don Carlos. Esta solución era ya tardía, como me manifestó el propio Alcalá Zamora, que admitía que quizá esa fórmula hubiera sido posible un año antes.

El Rey quedó esperando la inmediata visita de los señores Sánchez Guerra, Melquiades Alvarez y Villanueva. Estas consultas me hacían el efecto de las que algunas veces se celebran para tranquilidad sólo de la familia, cuando hay un enfermo y ya está el sacerdote avisado para administrar la extremaunción. En los alrededores de Palacio, a aquella hora (dos y media de la tarde), no había grupos. La normalidad era completa. 

 

*** 

En la plaza de Oriente, a más de los servicios ordinarios, se encontraban varias parejas de la Guardia Civil a caballo y un escuadrón de Húsares de la guarnición, que en cumplimiento de las instrucciones dadas para que se prestara a las autoridades civiles el apoyo que solicitaran, se había ordenado se estableciera allí para mantenerla despejada.

En los alrededores de Palacio había tranquilidad. Tampoco era numerosa la aglomeración de curiosos e informadores en la Puerta del Príncipe, de ordinario tan concurrida cuando de acontecimientos políticos se trataba. Aún no se había difundido entre los habituales de aquellos lugares la noticia de lo que ocurría, aunque sí sabían algunos que el Consejo estaba citado para aquella tarde.

Al descender del coche ordené a mi ayudante que se trasladara en él a la Capitanía General, para ampliar noticias de lo que ocurría a la primera autoridad de la región y activar la declaración del estado de guerra. Allí se encontraba ya el capitán general reunido con su Estado Mayor.

En la Cámara, a donde llegábamos con retraso, se encontraban ya los demás ministros. El Rey no había salido aún a su despacho. 

Momentos después de nuestra llegada me avisaron que tenía la comunicación pedida dos horas antes con Barcelona y que el capitán general, que estaba al aparato, tenía urgencia en hablarme. Acudí al teléfono situado en la habitación inmediata a la Cámara, llamada el "tranvía."

El general Despujols, tras muchas dificultades para entendernos por los cruces y ruidos que perturbaban la comunicación, me dió cuenta de los sucesos que se habían desarrollado en aquella capital, sin que la autoridad civil reclamara auxilio ni las fuerzas de la Guardia Civil y de Orden Público intervinieran para evitarlos. La población entera vibraba en entusiasmo republicano. Por lo que me decía, el espectáculo de avalancha humana era por el estilo del que yo acababa de presenciar en la Puerta del Sol. Le dije que en aquel momento iba a reunirse el Consejo con el Rey para tomar acuerdos definitivos. Hice referencia a lo que pasaba en Madrid, donde se había declarado el estado de guerra para mantener el orden, añadiéndole que en cuanto terminara el Consejo le llamaría para darle cuenta de lo que se acordara. 

Cuando regresé a la Cámara ya habían entrado los ministros en la sala de Consejos hacía un rato.

Nada más tristemente solemne que aquella reunión que tenía ya lugar bajo la impresión abrumadora de los acontecimientos y la coacción de aquellos tratos entablados con el adversario, tratos que, en concurrencia con otras gestiones de espontánea y discutible oportunidad y acierto, tanto habían contribuido a decidir al desconfiado y vacilante Comité revolucionario a reclamar el premio de aquel triunfo que se le reconocía antes de que él mismo se hubiera dado cuenta de él, y a desbordar los entusiasmos del pueblo lanzándolo a la calle en la bulliciosa alegría de aquella victoria que le decían era suya. La multiplicidad de iniciativas, derrotistas todas ellas, realizadas sin el conocimiento de los que en todo caso habían de encauzar sus consecuencias, nos llevaron a aquella caótica situación en que la impaciente desconfianza de los que ya consideraban reclamar un derecho, el cumplimiento de un pacto, amenazaba con su desenfrenado desbordamiento.

El Consejo hacía ya rato que estaba reunido; no asistí, pues, a los comienzos de aquella trascendental sesión. nada oí sobre las consultas que nos anunció el Rey ni sobre las opiniones expresadas en ellas. Nada tampoco sobre las razones que aconsejaron o impusieron aquellas gestiones que se habían realizado sin conocimiento del Jefe del Gobierno, que así lo había manifestado en nuestra conversación durante el trayecto a Palacio, ni del de la mayoría de los ministros que, como yo, las ignoraban; quién las había autorizado y cuál fué la determinante de aquel cambio en los propósitos que se nos habían comunicado aquella misma mañana.

¿Qué había pasado desde entonces...? En el transcurso de aquellas pocas horas, el cambio fué tan completo que de aquel manifiesto que el Rey había encargado redactar a mi presencia, trazando sus línas generales, desaparecieron, según pude enterarme después, pues yo no había llegado aún a la sala del Consejo cuando se leyera o se discutiera, las frases en que en el párrafo cuarto, el Rey, al anunciar a los españoles su propósito de ausentarse de España mientras hablaba la nación por medio del sufragio, les decía: "Para conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, encargo a un Gobierno que la consulte, convocando Cortes Constituyentes..."; para suspender ahora el ejercicio del Poder Real sin garantía ni control alguno.


 Renuncia de Alfonso XIII

 

Poco duró el Consejo... El punto capital de él, la formación por iniciativa regia de aquel Gobierno que había de consultar al país, estaba ya resuelto por la incauta y poco meditada gestión llevada a cabo al mediodía, por los compromisos adquiridos en ella, por las órdenes dadas en su consecuencia. No obstante, aún dió ocasión a que se pusiera una vez más de manifiesto, y ahora a presencia del mismo Rey, hasta qué punto aquel directorio de personas ilustres, doctores en la ciencia de la gobernación, las primeras figuras políticas de la Monarquía, capacitadas, conocedoras de los asuntos y resortes de gobierno, de indiscutible buena fe e interés por su Patria, pero dominados por tan distinto concepto del momento político por que España atravesaba, en tan completo desacuerdo sobre los medios y las resoluciones necesarias para encauzarlo, había perdido toda cohesión y control de sus actos como entidad gobernante. Las competencias y antagonismos habituales; las extemporáneas iniciativas de unos aun en asuntos que afectaban a la política general del Gabinete, testimonio de su incongruencia; la reservada y cautelosa actitud de otros, consecuencia de la recíproca desconfianza, y la inhibición de los más, neutralizaron aquel esfuerzo para restablecer la normalidad constitucional después del golpe de Estado, y ahora terminaba abandonando a la Corona—en el momento culminante de sus dificultades—al exclusivo empleo de aquellos recurso pretorianos de que tanto abominaron, enfrentándola con el pueblo cuando en su prematura alarma le habían dado testimonio de reconocer y acatar su triunfo..., confirmando la incapacidad de aquel ya desconcertado conjunto para remediar la situación a que, con sus propias iniciativas, habían dado lugar.

Hacía sólo un momento que había entrado yo en el Consejo cuando se presentó en la sala el ayudante de servicio de Su Majestad para transmitir un recado urgente al conde de Romanones.

Al punto dijo el conde de qué se trataba. Le reiteraban de parte del Comité revolucionario que no podía aplazarse el traspaso de Poderes, porque el pueblo, enterado ya de la marcha del Rey, desbordaba en la calle, y sólo podría contenerse si el Comité tomaba el mando; que, en caso contrario, no podría éste responder de lo que pasara.

Algunos de los ministros quedaron sorprendidos ante lo que parecía ser un apremio espontáneo de la revolución, y más aún de que hubiera podido llegar hasta el sagrado recinto del Consejo reunido con el Rey.

Pero no había tal espontaneidad. Era la contestación del Comité a las gestiones  que estaba realizando el conde de Romanones desde Gobernación, a que me he referido, y que por hacerse tarde y ser ya la hora del Consejo no había podido recoger allí.*

*Lladó vino a Palacio, según pude comprobar después, en cumplimiento del recado que le dejó el conde de Romanones en Gobernación. Se entrevistó con el duque de Miranda, mayordomo mayor del Rey, en la escalera interior que conducía a su despacho, y allí le dijo, para que se lo transmitiera a Romanones, que el Comité no accedía a ampliar el plazo acordado, y que si no se le entregaban los Poderes a la hora y en la forma convenida, no podía responder de lo pactado, porque el pueblo estaba en la calle y había que encauzarlo inmediatamente.

Un silencio embarazoso dominó el Consejo, que desconocía aquellos anteriores tratos. Entonces, uno de los ministros, el señor Cierva, protestó de lo que ocurría y de que se hubiese llegado a ese extremo. 

El conde de Romanones, a quien se dirigían todas las miradas interrogantes y un tanto acusadoras, que no hay como encontrar un posible editor responsable en los momentos de desconcierto y de fracaso, vaciló en su determinada actitud de antes y, curándose a su vez de lo que se le venía encima, deseando descargar sobre otras espaldas algo del peso que sobre las suyas gravitaba, dijo, dirigiéndose al marqués de Hoyos y a mí:

—Sólo el Ejército y la Guardia Civil pueden contestar a esto... ¿Qué dicen los ministros...?

La pregunta me llenó de estupor. 

El Ejército estaba en su puesto, sin que en ningún momento se hubiera alegado por el ministro de la Guerra dificultad alguna a su empleo, ni expresado la menor desconfianza en su lealtad. ¿Qué se insinuaba ahora...? El Gobierno estaba en crisis irrevocable desde la noche anterior en que varios de los ministros habían manifestado ante el Consejo que de ningún modo seguirían en sus carteras... ¿Acaso endosar a un general, al mismo que habían desplazado considerándose más eficaces, la responsibilidad de la situación a la que se había llegado? ¿Enfrentar al Rey y al Ejército con el pueblo, cuando ya habían dado a éste la impresión de reconocer su triunfo, acatándolo ante sus representantes...?

El Ejército estaba en su puesto. Ese había sido mi esfuerzo de todo momento desde que me encargué del Gobierno. Separarlo de la contienda en que estuvo mezclado, y no con unanimidad de criterio. El Ejército estaba a las órdenes del Mando, como el Mando estaba a las órdenes del Gobierno constituído, prestando los servicios que de él se pedían, cuando se los pidieron; manteniendo el orden y las garantías de los ciudadanos, y con ello defendiendo el Régimen. Ajeno a la política, ignorante de aquellas gestiones que habían tenido lugar como lo estaba su jefe inmediato, el ministro de la Guerra,  que no fué consultado ni advertido de nada. Sin que siquiera se le hubiera prevenido con tiempo a fin de adoptar las medidas indispensables para hacer frente a las consecuencias de aquellos imprudentes tratos. ¿Y ahora, cuando se tocaban las consecuencias de haber pactado con la insolvencia y adquirido compromisos sin reciprocidad, en cuanto se acordaban de él...?

Sin poder reprimir mi exaltación expresé vivamente, ante el Consejo, mi asombro por que después de todo lo que se había hecho hasta llegar a aquella situación absurda se acordaran ahora de que el Ejército existía, y dirigiéndome al Rey, dije:

—Por mi parte, Señor, estoy dispuesto a hacer cuanto acuerden el Rey y su Gobierno; aunque, ahora, haya que imponerse por la fuerza.

En este punto, el Rey, que seguía con la mayor atención mis palabras, dijo con energía:

—Eso de ninguna manera. Ya he tomado y expresado mi decisión y en ella me mantengo... No hay, pues, que hablar más de este asunto.

Seguidamente se levantó.

Los ministros se levantaron, todos en el mayor silencio, sin que ninguno de los presentes rebatiera lo que yo había dicho ni instara al Rey a utilizar mi ofrecimiento.

Así terminó la escena, y con ella, el Consejo...

¿Creía Romanones eficaz y factible lo que ahora insinuaba...? Acababa de pedirme, hacía poco más de una hora, de acuerdo con el Comité revolucionario, según me dijo ante el Presidente, que se declara el estado de guerra para garantizar el traspaso de Poderes con ellos tratado, y la orden se dió a su presencia, con las instrucciones que él mismo dictó. Por ese medio quedó notificada la autoridad militar y su  Estado Mayor de la determinación tomada por el Rey.

 

 

 

 

 


  

 

(Continuará...) 

 

 

 



sábado, 15 de agosto de 2026

Retropost, 2006: Guerra Civil: El vaivén de la memoria

 

Guerra Civil: El vaivén de la memoria

El título alude a una reseña de la Revista de Occidente que colgaré pasado mañana creo. Hoy no esperaba ver un ciber abierto; es fiesta, llueve (mala combinación) y me he pegado la tarde viendo Bailando con Lobos.

(Bueno, por fin consigo colgar la reseña, tras varios días de problemas con la red... Aquí va).

Guerra civil: el vaivén de la memoria

Es el número de este verano de la Revista de Occidente. Tanto en los artículos sobre la guerra como en los otros se ventilan cuestiones interesantes desde el punto de vista de la narratología cultural.

Santos Juliá ("Bajo el imperio de la memoria") observa que para las generaciones de posguerra, "la rebeldía contra el relato recibido adquirió el contenido de una rebelión contra los padres" en el caso de los vencedores. "En esa imposibilidad de crear una comunidad de memoria que implicara a padres e hijos en la misma celebración de un pasado de guerra radica, quizá, la razón de que al rechazar el gran relato contado por la Iglesia como agencia de creación de sentido, los hijos de vencedores y vencidos no lo sustituyeran por otro; no llenaran el lugar antes ocupado por la memoria impuesta por otra memoria colectiva, la de los vencidos; en realidad, carecían de una representación del pasado con la que sustituir a la que se les había impuesto" (13). Quienes escribieron sobre la guerra civil tras la caída de Franco no pensaron en hacer una reivindicación y rehabilitación de los derrotados. Había al parecer una cierta actitud aséptica que podríamos interpretar, digo yo, como negación del trauma, como si fuese el trauma cosa de otras generaciones (o quizá temor al pasado reciente, o temor a la repetición). El caso es que ahora sí piden muchos la recuperación de la memoria histórica como algo que sí les afecta directamente, aunque señala Juliá que "la memoria jamás podrá ser única, ni tendrá por qué existir un centro de elaboración, más que recuperación, de la memoria: ya lo hemos sufrido, de parte de los vencedores. Si nos obstinamos en llamar memoria a lo que es representación construida del pasado, entonces habrá muchas memorias que tendrán que coexistir y, si fuera posible, convivir; pero también polemizar, como varias y enfrentadas son, y no pueden dejar de ser, las representaciones de ese pasado de guerra" (19). En cuanto a consecuencias jurídicas, "las guerras civiles sólo pueden terminar en una amnistía general, una conclusión a la que llegaron muy pronto" quienes hicieron la transición (19). Ello no quita, opino, para la oportunidad de elaborar esas narraciones o ceremonias que lleven al reconocimiento y superación del trauma, donde lo haya.

Francisco José Martín ("Acontecimiento y categoría de la Guerra Civil") la ve como una tragedia anunciada, aun negándose a verla como inevitable, ni a ver en la República el preludio fatídico de una guerra inevitable. (También observa que "los ensueños republicanos de hoy tienen muy poco que ver con la realidad efectiva de los años 30" (23)). Como acontecimiento trágico, la Guerra Civil es un foco de irradiación de sentido histórico, "impone su sentido a uno y otro lado de sí" (24) "Y en esta forma conferida todo queda reducido a conflicto. También el antes y el después del hecho bélico. Nada que quede fuera, y lo que no encaje en esa forma, o no se somete a su lógica, pierde peso y desparece de la escena, queda oculto entre los márgenes del discurso, relegado a las sombras y silencios de la historia" (25). Pero esto es para Martín, podríamos decir, una falacia perspectivística; el acontecimiento trágico nos ciega y no nos deja de ver el resto de la realidad que ahí está también. "Era, pues. Y lo que era, no era otra cosa que ’dos Españas’ en lucha fratricida. Esta era la evidencia. La guerra sancionaba ontológicamente la escisión" (25). Se aplica así como categoría interpretativa ubicua y total, pero eso falsifica la historia: "la Guerra Civil da cuenta sólo parcialmente, y de manera insuficiente, de la realidad histórica de la España reciente" (26)—por ello, opino, quizá sea especialmente pernicioso para la percepción narrativa e histórica el guerracivilismo obsesivo de algunos sectores especialmente militantes de las dos Españas (o así autodefinidos, claro): "No fue todo la guerra, no. Pero se impuso sobre la realidad y todo tomó la forma de la guerra. O, al menos, así parece. Así aparece, en efecto, en la forma histórica dominante, ese relato vencedor estructurado alrededor del centro, o eje, de la Guerra Civil. También la historia, al cabo, una contienda de relatos. No, no fue todo la guerra, pero acabó por imponerse y cubrir con su manto la entera realidad española. Pero era sólo una cobertura" (29). Enfatiza Martín la necesidad de evitar los dualismos absolutos, y repensar el papel de los intelectuales que se quedaron o volvieron tras la guerra (no necesariamente "nacionales") o de los ciudadanos pillados por accidente en cualquier bando, o en la España franquista—ya sea el "exilio interior" o la "tercera España". "En los márgenes del discurso histórico se asoma y se insinúa la realidad sepultada por sus categorías" (33). El análisis crítico del discurso y la narratología cultural ayudan a pensar, me parece, esta distancia entre realidad y sus representaciones ideológicamente inaceptables.

Eduardo González Calleja estudia en "La otra ’batalla de la cultura’" los esfuerzos de propaganda de los dos bandos en América latina. "La movilización de la opinión pública fue la gran baza de influencia del régimen republicano frente a la actitud de una mayoría de gobiernos latinoamericanos indiferentes o veladamente hostiles" (50). Por su parte, el franquismo hacía diplomacia personalizada, con entrevistas personales y discretas con personajes influyentes. Entre caballeros, vamos. De todas maneras, González Calleja observa que en las campañas desarrolladas por un Estado en el extranjero, "la propaganda tiene un limitado potencial de cambio en la opinión pública y que, en general, sólo contribuye a reforzar las opiniones de los ya convencidos" (59).

François Godicheau examina "La política de orden después de mayo de 1937 y la reconstrucción del Estado" en el bando republicano (que siempre fue una jaula monos a pesar de esa "reconstrucción"). Los anarquistas fueron puestos firmes y llamados al orden, y los más radicales son detenidos, con la dirección de la CNT colaborando para evitar una sublevación general. El orden republicano se volvió más y más autoritario, con duras actuaciones judiciales basadas en leyes laxas, que condenaban a fuertes penas o a muerte a quienquiera expresase opiniones desfavorables al gobierno. "La censura prohibía toda crítica al gobierno, a su presidente, al presidente de la república" y a los aliados especialmente Rusia y Méjico. Para ser supuestamente el bando "democrático", "lo que resalta es la desaparición de toda discusión política y la búsqueda de la unanimidad, la reducción a la nada del espacio público" (75). O sea, otro estado totalitario, exactamente igual a su adversario de enfrente; así que no es extraño que la disensión, en cuanto la había, se expresase directamente a tiros entre distintas facciones republicanas.

Norberto Mínguez, en "Historia y memoria en el documental español contemporáneo" sobre la guerra civil nos dice que "España posee un pasado traumático que se acerca bastante a la definición que Hayden White elabora del acontecimiento moderno, aquel que, como en los traumas infantiles de ciertas neurosis, no puede ser olvidado, pero tampoco adecuadamente recordado" ("The Modernist Event") (81). "La transición española no sólo supuso la amnistía para los responsables de la dictadura, sino que evitó el reconocimiento y la reparación de sus víctimas. Este acuerdo injusto pero necesario favoreció una suerte de amnesia generalizada" (82). En las sociedades modernas, en principio, "la memoria ha sido conquistada e incluso erradicada por la historia" (33) pero ambas son selectivas, mediadas por signos, "Ambas realizan un trabajo de indagación sobre el pasado que permite acceder a un conocimiento más profundo de la propia identidad y, lo que es más importante, decidir lo que queremos ser en el futuro" (34). Examina Los niños de Rusia (Jaime Camino, 2001), Las fosas del silencio (Montse Armengou y Ricard Belis, 2005), Rejas en la memoria (Manuel Palacios, 2004), El tren de la memoria (Marta Arribas y Ana Pérez, 2005), Extranjeros de sí mismos (José Luis López Linares y Javier Rioyo, 2000), Entre el dictador y yo (Juan Barrero et al., 2005), La doble vida del faquir (Elisabet Cabeza y Esteve Riambau, 2005). Películas que merecen ser más conocidas. Valoran el testimonio y la experiencia subjetiva del pasado, la emoción; rechazan el olvido o amnesia de la transición, y dan al recuerdo una función terapéutica, además de proponer valores democráticos. "Estas películas consiguen rebatir a quienes creen que es mejor no mirar atrás" (99). Son textos necesarios los "que hablen del pasado y de su representación con rigor y honestidad: textos que reconozcan la dificultad de articular memoria e historia, que entiendan el pasado no como un campo de batalla donde se dirimen los intereses del presente, sino como un espacio de reflexión y representación que nos ofrece la oportunidad de hacer del futuro un lugar más habitable" (99).

(Sobre el trauma o la amnesia, me interesa por implicación propia en traumas o amnesias. Mi abuelo murió durante la guerra civil, pero poco sabemos en la familia de esa historia. Quién lo mató, por ejemplo. Quizá haya que investigarlo. Durante toda mi infancia no vi una sola fotografía de mi abuelo, sólo hacia los años noventa salió una a la luz y está ahora junto a la de mi abuela, que tuvo que sacar adelante sola y en ambiente hostil a sus tres hijos pequeños. De mi abuelo mucho tiempo se habló sólo en voz baja—aunque luego le dedicaron una calle en Escuer, el pueblo que ayudó a construir. Y, claro, por supuesto ha habido trauma de guerra civil en mi familia, que ha estado marcada por ambas ramas, en una por el asesinato cobarde de mi abuelo y en otra por el exilio hasta la vejez o hasta la muerte de mis otros abuelos y mi tío. Si con eso no hay elementos para traumas en la familia... Y también desmemoria: aunque parezca mentira, las cuestiones más evidentes pueden pasar a la desmemoria. Por voluntad de salir adelante, supongo, y necesidad de adaptarse y hacerse una vida bajo el nuevo orden, o bajo otra bandera tricolor. Sánchez Dragó ha publicado recientemente una novela autobiográfica donde narra su propia amnesia y recuperación de la memoria tras una experiencia parecida. Ya he hablado algo de ella. Pero la manera en que Sánchez Dragó manifiesta involuntariamente su trauma, a la vez que intenta analizarlo, merece un post aparte).


Sigue en la Revista de Occidente una entrevista con Anthony Beevor, autor de una historia de la guerra civil recientemente reelaborada (Crítica, 2005). Beevor sostiene que la verdad fue la primera víctima de la guerra; que la República estaba destinada a ser derrocada de una manera u otra desde que el PSOE eligió la vía de la Revolución por encima de la democracia. "Un aspecto que no ha sido tomado en cuanta al analizar las causas de la Guerra Civil es la sombra de la Revolución rusa" (105) (—hombre, que no haya sido tenido en cuenta... será que no se ha recalcado por lo evidente, en todo caso). Para Beevor, la propaganda exterior de la República fue desastrosa, mientras que los nacionales lograron el apoyo de inluyentes sectores conservadores empresariales. Y subraya también los prejuicios que a los españoles impiden el ver con claridad los hechos objetivos de la República y la guerra que sí son visibles para una mentalidad extranjera que no los vea como armas arrojadizas para su política.

Hay otros artículos en este número de la revista pero ya no versan sobre la guerra civil. Sí lo hacen las reseñas: una sobre los discursos de Miguel Hernández, donde el reseñista queda decepcionado por el enceguecimiento partidista y la violencia agresiva del poeta, comprensibles por el contexto de los discursos pero que no los hace más atractivos. Mejor olvidarse de este lado de Miguel Hernández, parece sugerir, aunque lo mismo podríamos decir lo contrario (es más educativo). Otra reseña comparando las obras de Stephen Koch y de Ignacio Martínez de Pisón sobre el asesinato de José Robles y la ruptura entre Hemingway y Dos Passos. Aunque Koch tiene una prioridad histórica, para el reseñista es bastante ignorante sobre las circunstancias del conflicto español, y se desinteresa de su tema central, José Robles. Martínez de Pisón escribe en cambio una obra sensible, emocionante, atenta a los matices y con valor literario. Sí se trasluce en la reseña también una antipatía del reseñista hacia Koch, o una cierta voluntad de enfatizar sus aspectos negativos. El que sí sale mal parado, de acuerdo con todo el mundo a una, es Hemingway, ególatra, oportunista, insensible e indiferente a las atrocidades cometidas por sus compañeros de viaje. Y hay otra reseña, sobre Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español de Ferran Gallego, "donde el autor redime al personaje de los tópicos bajo los que yacía sepultado para devolverle toda su frescura" (218). No sé si para Ferran Gallego tiene el personaje y su obra el atractivo que sin duda tiene para el reseñista, a quien no sólo no se le oye un asomo de condena al fascismo en la reseña, sino que (peor) no se le presupone. Para mí, la frescura de los fascistas tiene otros aspectos también dignos de reseña.

lunes, 3 de agosto de 2026

Ancient Anomalies

Anderson, Jay. Ancient Technologies, Episode III: The Secrets of Saqqara. Video documentary. With Geoffrey Drumm. X (Jay Anderson) 2 Aug. 2026.*

         https://x.com/TheProjectUnity/status/2083893705434411175

 

sábado, 18 de julio de 2026

Asamblea de obispos y curas pide perdón a los verdugos de la Iglesia

 

La masonería en Cataluña

 

   

 

No podía faltar en YouTube la notita de la Wikipedia, diciéndonos que la Masonería es una asociación filantrópica y benevolente, etc....: está claro que los masones son sagrados para la masonería de la corrección política globalista....

 


Cómo no, el aviso de los Desinformadores

Retropost, 2006: El país, setenta años después

 

El país, setenta años después

Y no setenta y dos, como siguen diciendo en la COPE, siguiendo las tesis de Pío Moa etc. Y no les corrige en la tertulia Pedro J. Ramírez, aunque dice que quiere "mostrar el cuadro completo".  Hay una notable diferencia entre desórdenes, atentados y asaltos a la legalidad, y una guerra civil. Pero El Mundo prefiere enfatizar que "el 30 % de los españoles cree que estuvo justificado el 18 de julio". Jó-er. Yo titularía en todo caso que "El 70% cree que no estuvo justificado", pero reconozco que sí me parece noticia. Y tergiversadora, por cierto.

En Kiosko se ven las portadas de algunos de los principales diarios españoles (se dejan los digitales, y se dejan los gratuitos -  supongo que porque no están en el kiosco). En algunos aparece en portada alguna noticia relativa al infausto aniversario de la "Revolución española", como se la llamaba por entonces.

El Periódico: Reportaje sobre la Barcelona del 36. (A este respecto se puede ver también La Sombra del Viento).
Avui: "El govern del PSOE prentén convertir el Valle de los Caídos en un memorial". Vaya, yo pensaba que ya lo era. ¿La idea será demoler la cruz? Espero que sólo sea cambiar el Consejo de Administración.

La Razón, El Norte de Castilla, La Voz de Galicia, Faro de Vigo, Heraldo de Aragón, Deia, La Nueva España, Levante, Canarias 7...
no llega la noticia a la portada, algo generalizado en los diarios regionales, por tanto. Significativo. Tampoco llega a ABC, el que fuera del Dragon Rapide. En muchos de estos está en portada, sin embargo, el guerracivilismo soterrado de los diálogos con ETA y las condenas del PP.

El País: Sondeo de Opina para El País.  El 64% de los ciudadanos desea rehabilitar a las víctimas de la guerra civil.
Artículo de Santos Juliá, donde puntualiza que la rebelión militar comenzó el día 17 y en Marruecos. Y que fue la estrategia suicida del PSOE la que debilitó al gobierno republicano y llevó al enfrentamiento polarizado entre fascismo o revolución. Paul Preston matiza el papel de Franco, que hubiese preferido estar del lado del gobierno como aplastador de la revolución izquierdista, pero que al final tuvo que optar y decidió unirse al golpe que iba a tener lugar de todos modos sin él. Repaso a la prensa de la época: curiosa la división del ABC entre Madrid y Sevilla (uno rojo, otro azul, hace poco se reeditó en bicolor). Después de haber sido su propietario quien contrató el Dragon Rapide hubo depuración en la redacción de Madrid. "La sobriedad en los titulares tardaría en volver", dice Jorge M. Reverte. "La Iglesia, con los golpistas", dice Julián Casanova, y recuerda que el golpe no se presentó en principio como "cruzada", pero en seguida surgió la alizanza de intereses. Ahora bien, en la redacción de Casanova, se habla de "la violencia anticlerical y revolucionaria que se extendió por la zona republicana" sólo como si fuese una argumentación falaz e interesada de la Iglesia "para justificar el derecho a la rebelión y a la guerra de exterminio". Olvidarse de que esa violencia asesina contra la Iglesia fue un hecho, además de un argumento, parece un tanto desmemoriado. Carrillo también desmemoriado, en lo que le toca, "en Paracuellos o donde fuera" eran otros, él no estuvo ni sabe nada. Será un alzheimer selectivo. Aunque sí se acuerda muy bien de los miles de fusilados del otro bando, los que no recuerda la Cope. País...

Hay muchos partidarios de abrir fosas comunes —se pregunta uno para qué. Y más datos interesantes: "El 54,6% cree que sigue habiendo, 70 años después, dos Españas enfrentadas, mientras el 36,3% piensa que no es así. El 58,3% de los votantes del PP sostiene que existen, mientras entre los socialistas hay un empate total — el 47% piensa que sí y otro tanto lo desmiente—. Además, hasta un 17,5% teme que haya peligro de que repita un golpe de Estado como el de 1936, mientras el 74% lo ve imposible." Menos mal. No será por los méritos que hacen en favor de la concordia nuestros partidos principales, y sobre todo, por más responsable en estos momentos, o más irresponsable, el Gobierno del PSOE.

Yo me he comprado varias cosas sobre la guerra civil, para documentarme: historias de Paul Preston, Juan Eslava Galán, Anthony Beevor, Santos Juliá. Novelas históricas de Carlos Ruiz Zafón, Pío Baroja, de Dulce Chacón, y de Sánchez Dragó. Etc. A ver si me entero de algo. Porque está claro que hay que mirar todo el kiosco, y la calle de alrededor. Y, sobre todo, desconfiar de los marchantes de anteojeras.


lunes, 13 de julio de 2026

La traición del 98

 

Esparza, José Javier, et al. "Te contamos la verdad sobre el Desastre del 98." Interview with Enrique Rovira. YouTube (El Toro TV) 20 July 2026.* (Luis Pando Sánchez, Ramón Blanco Llerenas, admiral Montojo, Maximiliano Garcés, Sagasta, Cánovas, José Martí, Masons, Admiral Cervera, Treason).

         https://youtu.be/tv6zqXY_L0Q

         2026

domingo, 5 de julio de 2026

La construcción de un rey sin vergüenza

 

   

 

Camacho, Diego, et al. "La construcción de un rey." Interview with Jesús Palacios. YouTube (Informa Radio) 4 July 2026.*

         https://www.youtube.com/live/-pO66Tnfeto

         2026

 

viernes, 3 de julio de 2026

Retropost, 2006: Con vergüenza, con molestia, y gratitud la justa

 

Con vergüenza, con molestia, y gratitud la justa

Vía Arcadi Espada, un memorable artículo de Julio Camba sobre la República.

Se lo recomienda Arcadi al Adolescente. Buena medicina para contrarrestar el famoso manifiesto "memoria del futuro" y desmemoria del pasado, ese que han firmado muchos intelectuales y artistas en favor del recuerdo de la República: Con orgullo, con modestia y con gratitud. No negaré que dice algunas cosas ciertas, ese manifiesto, y aún más cosas que desearíamos fuesen ciertas. Pero dice también algunas muy falsas, por ejemplo que "El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad, y los españoles la aprovecharon". Esto no es así. Los españoles, by and large, la despilfarraron y desaprovecharon, y es la primera lección que debería recordar cualquiera que se ponga a recordar la República – la República y su alter ego siniestro, la guerra civil. Setenta y cinco años de la República, setenta de la guerra. Dos cifras a cual más redonda, para no olvidar ninguna de las dos. Por eso no firmé el manifiesto, a pesar de que llame a la nostalgia de lo que "pudo haber sido". No entonces, desde luego, como bien se vio.

Otro desengañado a quien convendría leer para evitar entusiasmos adolescentes es el anciano Pío Baroja, en su recién publicada novela Miserias de la guerra.

Allí dice sobre el manifiesto y el Adolescente, o sus equivalentes de los años treinta:

"Hay que ser muy torpe de cabeza para pensar que se puede hacer una modificación profunda de la sociedad, y convertir en poco espacio de tiempo la vida de todo el mundo en un paraíso. Es la misma utopía de los religionarios antiguos, el mismo anhelo y la misma fe en las palabras" (47).

En fin, que si muchas verdades dice el Manifiesto sobre la República, también calla muchas otras. Es una verdad a medias, o sea, una mentirijilla. Unas verdades que, en contexto, y con memoria (no desmemoria) histórica, se convierten en mentiras. Es más, en mentiras partidistas como las que el manifiesto se niega a recordar que envenenaron los años de la República. Por eso no lo he firmado, por muy buena que sea la República, sobre todo la que nunca existió ni existirá. En esa yo también soy republicano. Pero por favor, que no me la quieran confundir con la otra.

A truth that’s told with bad intent

Beats all the lies you can invent.

 

Disimulando el franquismo

lunes, 29 de junio de 2026

Los Godos

   

 

Balbín, José Luis, et al. "La Clave 392: Los godos." Video (TVE 30 Aug. 1985). YouTube (La Clave – José Luis Balbín) 25 June 2026.* (Roger Collins, Luis García Moreno, Luis Racionero, Lellia Ruggini, José Orlandis, Joerg Jarnut)

https://youtu.be/vDvFp7rpdo0

         2026

 

martes, 2 de junio de 2026

Retropost, 2006: Apostillas emergentes a los posts de ayer

 

Apostillas emergentes a los posts de ayer

Estoy leyendo The Philosophy of the Present (1932) de George Herbert Mead, un impresionante estudio sobre el tiempo, la historia, la conciencia y la experiencia; sobre la filosofía de la ciencia, la relatividad y la realidad como fenómeno interaccional. Uno de sus conceptos centrales es el de emergencia, el surgimiento de la realidad (incluso la realidad del pasado) en el seno del presente. Las realidades que transcienden el presente han de manifestarse en el presente, y eso tiene profundas implicaciones para su conceptualización adecuada: "que hay y siempre habrá una relación necesaria entre el pasado y el presente, pero que el presente en el que aparece lo emergente acepta lo que es nuevo como una parte esencial del universo, y desde ese punto de vista reescribe su pasado" (43, traduzco). "En resumen, el pasado (o la estructura significativa del pasado) es tan hipotético como el futuro" (44).

Es una filosofía que no deja de tener sus puntos en común con la idea de Oscar Wilde, cuando decía que nuestra única responsabilidad ante la Historia es reeescribirla (The Critic as Artist). (Algunos, miopemente, o tristemente, o interesadamente, confunden esto de reescribir la historia con inventarla a su antojo o escardarla — which is quite another thing). La "filosofía del presente" de Mead es utilísima para conceptualizar los fenómenos de retrospección y retroactividad que tanto me interesan, y a los que vuelvo una y otra vez. Lo emergente es lo que hace posible la nueva perspectiva sobre el pasado, y lo transforma o construye retroactivamente.

Pues leyendo leyendo, van emergiendo ideas, y se ligan de maneras imprevistas a cosas dichas, escritas u oídas ayer.

- Por ejemplo, sobre la filosofía de la ciencia de mi padre. Decíamos ayer:

La ciencia dice: Vamos a resolver problemas, a encontrar leyes cada vez más generales. La manzana se cae. ¿Por qué? Porque las cosas se caen hacia abajo. Vale, pero entonces por qué no se cae la luna? Y seguir. Y nos lleva así a la conclusión de que las cosas son ciertas... según y cómo y según y dónde. En una determinada frecuencia o longitud de onda.

Y dice Mead, sobre la emergencia de la teoría de la relatividad a partir de la mecánica clásica, que se basaba en la aceleración y deceleración como propiedades emergentes en un campo de movimientos de masas en un espacio absoluto:

Faltaba el paso que dio la relatividad, al plantear el movimiento mismo como una entidad que surge en ciertas condiciones —las de los marcos de referencia— a partir de condiciones lógicamente antecedentes de acontecimientos situados a intervalos respectivos en el espacio-tiempo. Peo esas condiciones ya no están en el ámbito de la experiencia posible. Sigue siendo cierto, sin embargo, que lo que es movimiento desde un punto de vista es reposo desde otro. La relatividad del movimiento se había reconocido desde hacía tiempo. Con la renuncia al espacio absoluto y el desarrollo con éxito de la relatividad general de Einstein, la emergencia del movimiento y el reposo a partir de la situación más abstracta que expresa lo que es común a ambos marcos de referencia o perspectivas y aparece en uno como movimiento y en el otro como reposo, parece ser un requisito lógico. (76)

- Otro ejemplo: el desarrollo cultural en el que nuevas experiencias culturales son emergentes a partir de experiencias anteriores. (Este tipo de pensamiento emergente en el ámbito de la cultura está en la tradición de Giambattista Vico, por cierto). Decíamos ayer, sobre la identidad sexual biológica y la identidad sexual legal:

los nuevos "sexos" de los sistemas legales occidentales que han dado este paso se contemplan internacionalmente en el marco de los viejos sexos de siempre; no parece que un país que no reconozca los cambios de identidad sexual vaya a reconocerlos (al margen de la existencia de convenios especiales) porque en España haya cambiado la ley al respecto. Sea como sea, en la realidad de la vida cotidiana o en el código legal, las posibles modificaciones de trato social o de ley que se difundan o se instituyan no tienen lugar en vacío, sino en un contexto a la vez geográfico e histórico regido por el binarismo sexual. Llevamos la historia a cuestas (unas veces más que otras) y así sería ilusorio creer que el régimen sexual se puede cambiar por decreto-ley, aunque sí haya algunos aspectos del tratamiento legal de la sexualidad que se pueden cambiar por ese procedimiento.

(Por cierto, hoy al parecer es cuando se aprueba en el Congreso el proyecto de ley de identidad sexual, en el que se desvincula la identidad sexual masculina o femenina de la conformación corporal de las personas y se asocia a su representación de un papel masculino o femenino en el teatro de la vida).

Bien, pues a lo emergente vamos. Dice Mead:

The point is that a body belonging to a system, and having its nature determined by its relations to members of that system, when it passes into a new systematic order will carry over into its process of readjustment in the new system something of the nature of all members of the old. So in the history of a community, the members carry over from an old order their characters as determined by social relations into the readjustments of social change. The old system is found in each member and in a revolution becomes the structure upon which the new order is established. (77)

Esto va más allá del concepto marxista de lo dominante, residual y emergente, porque para Mead (o Vico) lo residual no desaparece, sino que permanece como la base interaccional sobre la que descansan los fenómenos emergentes. Es por esto que la historia sólo se puede reescribir en los límites que ella misma nos marca. Al igual que no nos libramos de la gravedad newtoniana, aunque podemos reconceptualizarla, no nos libramos del peso de la historia, que es de lo que estamos hechos — aunque seamos sólo presente.

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Kuhn y el calzador metodológico

Yira, yira (6)

  Yira, yira (6): pic.twitter.com/1M9u9uCBLE — JoséAngelGarcíaLanda (@JoseAngelGLanda) August 28, 2026