El concepto de consiliencia teorizado por William Whewell y más recientemente por E. O. Wilson tiene antecedentes en la epistemología materialista de Diderot. Invoca éste un principio muy próximo a la consiliencia—el principio de elegir la explicación más sencilla e integradora, y
que esta misma capacidad explicativa, junto con una la capacidad de integración, sea el criterio definitorio de
la verdad. El "efecto de verdad" se produce no por una adecuación entre
la cosa y la mente, sino por una congruencia entre las explicaciones de
los distintos fenómenos. Este criterio conduce a una teoría del evolucionismo cósmico en el que la complejidad y el orden espontáneo surgen de la selección natural a partir de causas simples.
Texto completo en Unizar:
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Aparece en Diderot, unido a su
razonamiento sobre la evolución,
no exactamente el concepto de consiliencia sino un principio muy
relacionado con
él—el principio de elegir la explicación más sencilla e integradora, y
que esta misma capacidad sea el criterio de definición de la verdad.
Expone esta idea en una argumentación contra Voltaire, en una carta que
escribe Diderot a
Damilaville. El principio más explicativo, y por tanto más verdadero,
al que se refiere aquí, es el materialismo frente al deísmo:
Si un philosophe avait fait une
supposition qui expliquât tous les phénomènes, ne seriez-vous pas tenté
de prendre cette supposition pour une vérité? Pourquoi donc ne
prenez-vous pas pour une fausseté une supposition que vous ne pouvez
appliquer à aucune question métaphysique, physique, politique et
morale, sans l'obscurcir? (1)
Voltaire, por su parte, resumía así las tesis de los materialistas:
J'ai cependant connu des mutins qui
disaient qu'il n'y a point d'intelligence formatrice et que le
mouvement seul a formé par lui-même tout ce que nous voyons et tout ce
que nous sommes [...]; donc il est possible que, dans l'éternité, le
seul mouvement de la matière ait produit l'univers entier tel qu'il
existe. Voilà le raisonnement de ces messieurs. (2)
Para los Ilustrados materialistas (Fréret, La Mettrie, Maupertuis,
Diderot, Helvétius, d'Holbach) no
sólo no hay inmortalidad del alma (como convenía Voltaire, aunque
prefería que el pueblo creyese lo contrario para sustentar la ética).
Tampoco hay Dios, ni diseño inteligente alguno en la creación del
Universo. Por tanto, a los principios del materialismo va unido
necesariamente el evolucionismo autoformante, o autoselectivo. Voltaire
argumentaba que el evolucionismo materialista no podría nunca explicar
el surgimiento de la inteligencia; también se atenía al argumento del
diseño inteligente. En cuanto a los materialistas, su tradición se
remontaba a Lucrecio, Leucipo y Demócrito, donde podemos buscar el
origen filosófico de la noción de la selección natural como
principio creador de orden y de complejidad a partir de lo simple.
Ahora, lo que me ha llamado más la atención en la cita de Diderot es el
criterio de la potencia explicativa, y de la capacidad de integración, como definitorio de
la verdad. El "efecto de verdad" se produce no por una adecuación entre
la cosa y la mente, sino por una congruencia entre las explicaciones de
los distintos fenómenos—es un principio de economía explicativa y de
comunicación, además de una redefinición de la naturaleza de los
objetos para la mente.
Es natural que un principio filosófico como el materialismo lleve por
una parte al evolucionismo, ante la necesidad de explicar el desarrollo
del orden, de las vida y del pensamiento a partir de la materia, y por
otra parte a la consiliencia—pues todas las ramas del conocimiento
habrán de fundamentarse en última instancia sobre los mismos principios
elementales de constitución de la realidad por autogeneración. De ahí
que evolucionismo, materialismo, y consiliencia se retroalimentan en
un bucle explicativo que es, en efecto, y antes de Darwin, una revolución
del pensamiento —para mostrar cómo se sustenta el cosmos sólo sobre sí
mismo, y cómo, en efecto, las cosas se crean por sí solas a partir de
la nada, por la fuerza de la costumbre...
El mundo surge así de la acción constante de las fuerzas elementales sobre sí mismas, complicada por la
retroalimentación que supone el que los mismos principios elementales actúen en un origen, y sigan actuando en un
momento posterior, y por tanto sobre un mundo ya diferenciado. Lo que también puede llamarse, sin más, el paso del tiempo.
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(1). Carta de Diderot a Damilaville, 12 sept. 1765, en Diderot, Correspondance, ed. G. Roth, vol.
5, p. 48. Cit. en la introducción de Jean Varloot a Le Rêve de d'Alembert de Diderot
(Paris, 1962), xviii.
(2). Voltaire, A.B.C. (1768),
cit. en Varloot, xx.
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