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sábado, 3 de octubre de 2026

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domingo, 30 de agosto de 2026

Retropost, 2006: Irène Némirovsky, SUITE FRANÇAISE

 

Irène Némirovsky, SUITE FRANÇAISE

Muy recomendado viene este libro desde que le dieron el Prix Renaudot en 2004; tiene su historia excepcional, pues se escribió en 1942, poco antes de que deportasen a su autora, judía rusa exiliada en Francia, a la cámara de gas. Su marido corrió la misma suerte; sus hijas se salvaron con la asistenta, y guardaron el manuscrito durante años hasta su reciente edición. Tiene delito que quienes la arrestasen para su deportación fuesen los gendarmes franceses, que también buscaron a sus hijas sin éxito. Y casi aún más delito tiene que la madre de Irène, personaje frívolo y egoísta hasta decir vale, se negase a recibir a sus nietas en su pisazo de Niza; murió en 1989 a los 102 años de edad. Había hostilidad entre madre e hija, y parte del sarcasmo frío de la Suite française y de otras obras de Némirovsky va dirigido contra personajes de la clase y actitudes de su madre. Incluso se han intentado buscar elementos antisemitas en su obra... por ejemplo lo intentó su marido, con la vana esperanza de defenderla ante los nazis como una conversa cristiana (que lo era, técnicamente) enemiga de los judíos (que evidentemente no lo era).

La Suite Française está inacabada; consta de dos partes de las cinco que iba a tener, si bien las notas de Némirovsky dejan claro que el argumento de conjunto apenas estaba esbozado, y que iba improvisando conforme escribía. Tenemos lo que le dio tiempo a hacer antes de su deportación: una primera parte llamada Tempête en juin, que narra la huiída de París de grandes y pequeños burgueses ante el temor de la llegada de los alemanes en 1940; y una segunda parte llamada Dolce, sólo levemente conectada con la primera, centrada en la estancia de las tropas alemanas en un pueblo de la Francia ocupada, y en las reacciones de los vecinos a lo largo de los tres meses que dura su convivencia. En las dos partes, la voz narrativa no se explaya por cuenta propia en reflexiones ni interpretaciones, sino que más bien se atiene a reflejar los pensamientos e impresiones de diversas clases de personajes: en sus notas muestra Némirovsky una voluntad de estilo muy modernista de mostraren lugar de decir. Lo más que se permite es poner en evidencia irónica la mezquindad, egoísmo e hipocresía de los ricachones que intentan ante todo conservar sus bienes y privilegios, mejor que ayudar a sus vecinos en apuros. Aunque de todo hay: la primera parte es una panorámica de diversos personajes y escenas, y también hay comentaristas fiables (al menos moralmente rectos) de la situación., como el matrimonio de bancarios que no consiguen huir de París y son despedidos por el típico patrón avaro Corbin (posbilemente una caricatura judaica de las que se solían achacar a Némirovsky). La mayoría de los personajes de esta primera parte pertenecen a una familia adinerada que es contemplada con bastante ironía fría, aunque varios de sus miembros mueren durante la invasión alemana. La segunda parte se centra en Lucile angellier, una joven dama en un sofocante ambiente de provincias, esposa de un prisionero de guerra al que no ama, y que vive con su suegra en un caserón, pendiente del ausente; y su amistad romántica, casi amores, con el oficial alemán que les asignan para alojamiento. Termina esta parte con los alemanes retirándose cantando a la lejanía, partiendo hacia las batallas de Rusia, y sin que ni el conflicto ni el amor hayan llegado a los extremos que eran de temer o de desear. Casi se les va a echar de menos...

Así pues, la obra, fuese a ser lo que fuese en tanto que novela organizada, no nos queda sino como dos fragmentos autónomos, cuyo mayor valor está en mostrar desde dentro la psicología e impresiones del tiempo de la ocupación. Lo realmente curioso de leer la Suite Française tal como se ha publicado actualmente es que a la vez que tenemos la visión de los personajes controlados por la autora, tenemos las notas de la novelista que muestran otra narración de guerra, la de su propia escritura, con reflexiones sobre cómo limitarse a retratar y crear sensaciones, comentando sobre los alemanes que su marido y ella tuvieron que alojar en el pueblo de Issy-l'Évêque donde estuvieron entre 1941 y 1942, y después las cartas desesperadas de su pobre marido buscando ayuda para liberar a su esposa, intentando demostrar su antibolchevismo, antijudaísmo... (en vano, claro; pronto sería gaseado él mismo). Las dos historias no coinciden totalmente. Por supuesto, una es ficción, con personajes inventados, etc., y la otra no, pero me refiero a que las prioridades no parecen ser las mismas. En la Suite française, los alemanes aparecen vistos un tanto exteriormente; apenas unos ejércitos que pasan en la primera parte, y unas disciplinadas tropas de ocupación en la segunda. Los malos, o los personajes caricaturizados o expuestos a la ironía de la autora, no son nunca los alemanes; siempre los franceses, sobre todo los de las clases más pudientes y más dispuestos al colaboracionismo tras el primer sofoco de terror al invasor. Los que alaban a Pétain y barren para casa mientras moralizan a los demás, o los denuncian, como hace la vizcondesa de Montmort en Dolce. Por supuesto, era prudente para la autora no criticar abiertamente a los alemanes por si se encontraba su manuscrito. Y sin embargo, he aquí que los alemanes aparecen en exceso bien parados. Poco imaginativos, en todo caso dados a un romanticismo educado; guapos, bien perfilados, pulcros, disciplinados, gente de orden, educados, cordiales con los invadidos, si bien de una cordialidad ligeramente siniestra a veces, basada como está en la fuerza que no se muestra. Hay amenazas de ejecuciones, etc., pero las únicas muertes violentas e injustas son los franceses quienes las llevan a cabo, y no los más admirables. En este sentido la novela recuerda mucho a la célebre de Vercors, Le Silence de la mer, de la misma época, donde un culto y educado oficial alemán de las fuerzas de ocupación se encontraba con el muro de silencio y el rechazo gélido que le ofrecen una joven y su padre en la casa donde se aloja. No es el caso aquí, donde Lucile casi casi es seducida por el alemán, aunque no puede vencer su rechazo interno al final, y hasta ayuda a ocultar al vecino que ha matado al alemán que le alojaban a él en casa (a traición, un gesto feo). Pero, como digo, la novela es casi germanófila, triste paradoja. Con estos encantadores alemanes, la colaboración no parece sino una conveniencia sin apenas contrapartida moral, algo más que sorprendente aunque ciertamente sí ayuda a entender la percepción y la ambivalencia de tantos franceses de entonces... Pero ni un pensamiento dedicado jamás por nadie a las políticas brutales del Reich, o a las opresiones mentales del nazismo. Podría decirse, tristemente, que es un libro desbordado por la historia, que se concentra en las pequeñas mezquindades y pasa por alto los grandes crímenes... Hasta el asesinato del alemán Bonnet se diluye convirtiéndolo en cuestión más de celos que de guerra o política. Así pues, mal puede ser ésta la gran novela de Francia en la segunda guerra mundial. La cosa que más llama la atención en la ficción la ausencia total de referencias a las persecuciones de los judíos—algo que desde luego ocupa un primerísimo plano en las notas y cartas de la autora y su marido, la novela detrás de la novela. Expulsados de París, fichados, despedidos de su empleo... y ni una la menor alusión a las "desventajas" de la política judía del Reich en la ficción. ¿Prudencia también? ¿Incredulidad, o inconsciencia, de hasta dónde podían llegar las cosas? Es curioso que el "tema judío" sólo aparezca en las notas de la autora cuando se refiere a su vida cotidiana, nunca a sus planes para la escritura. Y el desagradable Corbin sí parece ser judío... Así que, aunque la Suite française es un relato apreciable, lo es tanto más como síntoma de los tiempos, por lo que no cuenta y quizás no podía contar, y por las extrañas prioridades que muestra en lo que sí cuenta. Requiere, en todo caso, ser leída como parte de la historia y destino de su autora, pues lo que aparece en el texto marginal es tan indicativo, y tan trágico, como la novela que se premió. ¿O quizá se premió el conjunto de novela inacabada, culminando en muerte trágica de la autora? Así, inhabitualmente, en la edición de Folio se ha elegido un retrato de la autora para la portada. Es, en todo caso, un fenómeno literario de poco habitual de conjunción, y contraste, entre vida y obra.

 PS: comentario que pongo a una reseña poco positiva de Suite française en solodelibros:

Veo que te ha chocado lo mismo que a mí: lo suavísimo que es el libro con los alemanes, que poco después iban a exterminar a Némirovsky y a su marido y su comunidad; aunque de antisemitismo no hay ni palabra en el libro: todos los alemanes son idealistas, correctos, guapos… y son los franceses los que son falsos y vendidos y rastreros la mayoría, que seguramente sí lo eran. Supongo que la intención de Némirovsky era publicar su libro… si vivía, y malamente podía poner de vuelta y media a los alemanes. Triste ironía, que ahora se celebre como un retrato ajustado de la situación un libro hecho para publicarse en condiciones de tiranía asesina y opresión. Y que sin embargo, como dices, se deja leer… pero ojo con él. Saludos. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Retropost, 2006: Colom... rara avis

 


Colom... rara avis

Colom... rara avis

 

 

Se cumplen 50 años de Eurovisión, y 500 de la muerte de Cristóbal Colón. Hoy. Seguro que oímos hablar más de Eurovisión. Curioso, tan curioso como este personaje, a la vez célebre y oscuro, que ni se sabe de dónde viene ni a dónde va a parar. Se lo llevan a todas partes, eso sí. Génova, Mallorca, Portugal, Galicia....

Yo he estado en Pontevedra en lo que allí llaman la "Casa de Colón": donde dicen que nació. En ruinas, ignorada, apenas con un cartel oxidado que lo señala (y sin visitas turísticas ni panfletos ni nada). Cruzando la ría está la iglesia de Santa María, la iglesia de los "mareantes" que dicen allí (el gremio de los navegantes). En Pontevedra se construyó la nave capitana de Colón, la Santa María (originariamente "La Gallega"), y muy cerca, a Baiona, volvió Colón con la Pinta después de su viaje. No se fue Colón a encargar una carabela a Génova, no, ni volvió con los Pinzones (que al parecer hacían de Rosencrantz y Guildenstern - menuda pinza le colocó Fernando con esos)...

Todo esto me inspira a defender la tesis gallega del origen de Colón, para celebrar a mi manera los 500 años de su muerte. Que por cierto también casi pasa como bajo un tupido velo: nada comparable al famoso Quinto Centenario de 1992, ni a la matraca que nos dieron con el aniversario del Quijote del año pasado... se ve que el personaje sigue teniendo algo que consigue sumirlo en las tinieblas. Que ya le vale, ¿no? Pues eso mismo me inspira para defender la tesis gallega (me refiero a la tesis con la que especula Mileidi)... y la portuguesa... y la mallorquina... y la de su bastardía real... y la de su origen judío... Tesis que no necesariamente se contradicen, sino que podrían muy bien, en un mundo quizá no imposible, conjuntarse de manera muy convincente. No menos convincente, en todo caso, que los fragmentos contradictorios e inconexos que nos quedan apiñados alrededor de la "casa natal" de Colón o de su ADN.

He estado ojeando el estudio pro-mallorquín de la Asociación Cultural Cristóbal Colón, antes presidida por descendientes del Almirante, con estudios del secretario de la Asociación, el historiador Gabriel Verd Martorell. Cito:

La mencionada asociación tiene por objetivo impulsar las investigaciones con el fin de demostrar el verdadero origen del Descubridor de América.

Por lo tanto, en sucesivas publicaciones, se darán a conocer toda una serie de pruebas que permitirán demostrar la procedencia y falsedad de todos los documentos que los defensores de la tesis genovesa presentan, con el objetivo de probar que los genoveses Cristófero Colonne o Cristóforo Colombo son la misma persona que el verdadero Descubridor de América, el noble Cristóbal Colón, hijo de don Carlos, Príncipe de Viana (hermano del rey Fernando el Católico), y de la mallorquina Margarita Colón.

En busca de la verdad: El verdadero origen de Cristóbal Colón

Como la redacción es un poquito oscura, aclaro: el "verdadero origen" de Cristóbal Colón es, según esta tesis, el de un bastardo de familia real ("noble" para Verd), hijo del Príncipe de Viana y de Margarita Colón - o Colom. Adelanto que estos estudios, al parecer documentadísimos, desprecian la tesis judaizante del origen de Colón. Sí intentan explicar, con su problemático parentesco real, los curiosos, por no decir pasmosos, privilegios que los Reyes Católicos dan a Colón, sin razón comprensible, antes incluso de que descubra América. Aquí está la narracion de su nombramiento por los Reyes Católicos:

"Por cuanto vos, Cristóbal Colón, vades por nuestro mandado a descubrir e ganar, con ciertas fustas nuestras, ciertas islas e tierra firme en el mar Océano, etc; es nuestra merced y voluntad, que desque las hayáis descubierto e ganado, etc., vos intituléis e llaméis Almirante, visorrey e gobernador dellas, etcétera". De todo lo cual se le dió un muy cumplido privilegio real, escrito en pergamino, firmado del rey e de la reina, con su sello de plomo pendiente firmado del rey e de la reina, con su sello de plomo pendiente de cuerda de seda de colores, con todas las fuerzas y firmezas y favores que por aquellos tiempos se usaban; al cual privilegio antepusieron un muy notable y cristiano prólogo, como de reyes justos y católicos que eran; la fecha del cual fué en la dicha ciudad de Granada, a 30 días del mes de abril año susodicho de 1492 años".

Y hay otros documentos igualmente curiosos:

El primero de estos documentos es el pasaporte de Colón. En un fragmento de él podemos leer: "Mittimus in presenciarum nobilem virum Christoforum Colon cun tribus caravelis armatis per maria Oceana ad partes Indie" ("Enviamos al NOBLE Cristóbal Colón con tres carabelas por el Mar Océano hacia las Indias").

"Dado en Granada, 16 de abril de 1492.

Yo el Rey. Yo la Reyna.

El Rey i la Reina me ordenaron esto a mi, Juan de Coloma".

Vaya con Coloma. Vaya casualidad, Colom y Coloma... Aquí vuelve a aparecer este Coloma, a quien también tenían bien colocado, seguramente por enchufe, judío expulsando judíos. Para Verd, todo esto es resultado de un pacto de silencio impuesto por los Reyes Católicos, por el cual los reyes conceden cierta sustancia material a los sueños frustrados de grandeza de su primo bastardo Colón, a la vez que le imponen la condición (consentida de buena gana) de no aludir jamás a su origen ilegítimo en la realeza.

El segundo salvoconducto para el descubrimiento del Nuevo Mundo es una carta de los Reyes Católicos al Soberano de Catay. En este documento se dice: "quare decrevimus nobilem capitaneum nostrum Christoforum Colon presencium latorem..." ("Por ello hemos decidido enviaros a nuestro NOBLE Capitán Cristóbal Colón, dador de la presente...").

"Desde Granada, 30 de abril de 1492. Yo el Rey, Yo la Reina. Coloma, Secretario. Fue expedida por triplicado".

Redactadas las Capitulaciones el pacto del silencio se siguió manteniendo por ambas partes, pues ni Colón ni los Reyes nunca jamás en vida hicieron la más mínima mención a su patria de origen y familia, hecho que evidencia la existencia de causas profundas que lo motivaban. Gabriel Verd, "El pacto de silencio y las capitulaciones de Santa Fe".

Bastardía, entiende Verd por esas "causas profundas". Pero igualmente podría ser por origen judaizante, en momentos tan delicados como el de la expulsión masiva y conversiones forzosas de los judíos. Parecería que el pacto de silencio sigue aplicándose, o al menos que los efectos de esta nube de tinta de calamar que echó Colón sobre su origen, siguen perpetuándose. Este estudio, pues, corre un tupido velo sobre el posible origen judío de Colon por parte de madre (si se acepta la tesis de su descendencia ilegítima del Príncipe de Viana). Hablando de familias de conversos judíos procedentes del Call mallorquin, dice la biografía:

Es opinión generalizada que fueron cartógrafos, probablemente conversos, Oliva, Rosell, Prunes, Soler, Martínez, Colom, etc.

En cuanto a los judíos conversos que tomaron el nombre de Colom, se establecieron después en Flandes.

Tales hechos habrían sido los que llevaron a algunos historiadores a pensar que Cristóbal Colón era un judío converso. La actitud profundamente cristiana que llevó en vida el Gran Almirante, sin impostura de naturaleza alguna nos lleva a afirmar el carácter verdadero de su fe católica. ("Los judíos y la cartografía mallorquina")

Vaya, menudo patinazo súbito de neuronas el del historiador. "Actitud profundamente cristiana" como señal inequívoca de la verdad de su fe católica (en tiempos de persecuciones y expulsiones). Y presupone, también sin razón ni fundamento, que un converso sería un impostor y su fe sería falsa. Ergo, Colón no tenía origen judío... bravo. Hay mucho vade retro por aquí.

Igualmente reveladora, a su manera, es

la manifestación de Fernando Colón en Vida del Almirante Don Cristóbal Colón, en una carta que su padre escribió al aya del Príncipe Don Juan de Castilla: "Yo no soy el primer Almirante de mi familia. Pónganme, pues, el nombre que quisieren, que al fin David, rey sapientisimo, fue guarda de ovejas, y después fué hecho rey de Jerusalén, y yo siervo soy de aquel mesmo que le puso a él en tal estado".

También se observa este hecho en la carta de Cristóbal Colón a los Reyes desde Cádiz o Sevilla en 1501, donde dice: "Muy altos Reyes: de muy pequeña hedad entré en la mar navegando y lo he continuado fata oy". O en el Diario del primer viaje, el 21 de diciembre de 1492, Colón escribe: "Yo e andado veinte y tres años en la mar, sin salir d'ella tiempo que se aya de contar, y vi todo el Levante y Poniente"

"Nuestra biografía"

Espero que a mi lector no le haya pasado desapercibida la alusión a David, porque si no le voy a currar. Y no es la única en esa línea, por supuesto, pues están que se salen de las páginas de los curiosísimos escritos del almirante. Conocía el Levante y Poniente, fácil para un navegante, fácil para un judío con contactos privilegiados en diversos puertos. Desde Génova, probablemente, a Lisboa, segurísimo. Y pasando por supuesto por Mallorca, para que el Príncipe deje embarazada a su madre, y quizá, (las autoridades o su familia) la envíe con parientes discretos a dar a luz a un sitio lejano y poco sospechoso. Recordemos que el Príncipe de Viana era el heredero de la Corona de Aragón, y que sus problemáticas relaciones con su padre lo llevaron a enfrentarse con él y a ser su prisionero en diversas ocasiones. "Colom", si era familiar de Fernando el Católico, era un familiar molesto y problemático, por parte de padre y quizá también de madre. Podría venir de ahí el "contacto privilegiado" con la reina, como maniobra de distracción del maquiavélico Fernando. Aunque a Isabel también le darían yuyu los parientes incómodos, que también tenía esqueletos en el armario... Sea como sea, Colón venía de Portugal, donde le había llevado su carrera de navegante y comerciante. (¿A alguien le suena quién dominaba las inversiones de capital y los contactos del comercio internacional en muchas ciudades del Renacimiento?).

En el Capítulo V de la obra de Hernando Colón este dice:

"Y porque no estaba lejos de Lisboa, donde sabía que se hallaban muchos de su nación genovesa, lo más presto que pudo se fue allí, donde siendo conocido dellos, le hicieron tanta cortesía y tan buen acogimiento que puso casa en aquella ciudad y se casó."

(De Escritos sobre el páramo , donde se burlan de muchas criptohistorias de las que rodean a Colón...)

Oye, qué gente tan maja, y tan enrollada, esos genoveses de Lisboa ¿no? Y eso que estos ni siquiera eran primos lejanos. A mí lo de "su nación genovesa" me suena, en boca del hijo Hernando, a eufemismo conveniente por "judíos" o "conversos". No digo que no fueran, también, genoveses... Hernando tampoco estaba interesado en saber de dónde, exactamente, venía su padre; o antes bien, como lo sabía, o mucho se lo sospechaba, y como el casado casa quiere, le convenía muchísimo una cierta ambigüedad. Gallegos y lusitanos, primos hermanos, especialmente entre los judíos de Pontevedra, que habían adquirido la habilidad o costumbre de ubicarse a uno u otro lado de la frontera según soplaran los vientos de la persecución o los del interés anual de los potentados, especialmente en el siglo XV. Estaba reciente la rebelión de los Irmaniños pontevedreses, algunos de ellos judíos buscando privilegios para el comercio de la ciudad. Primos y parientes tenían también los judíos en cada puerto, de Génova y el Levante a Lisboa a Rotterdam, y pronto más hacia el poniente. Las relaciones familiares, los lazos sociales y comerciales, eran indisolubles y se mantenían en la memoria; la atención a la geografía era vital. Siempre errante Colón; pero siempre con un puerto que lo acoja.. quizá judío.

Salvador de Madariaga defendió la tesis del Colón judío. Menéndez Pidal observaba lusismos en su manera de escribir el español. Italiano nunca escribió, que se sepa, ni nadie va diciendo que lo hablase. Con la tesis del origen judío de Colón especula José Antonio Hurtado en Colón y la carta templaria (Espejo de Tinta, 2005). Sobre las curiosísimas ideas históricas y apocalípticas del Almirante, digamos sin más que no parecen venir de rancio abolengo castellano, ni de cardadores de lana, sino de familias con una larga tradición de cultura alternativa, semioculta y, sí, con ideas muy particulares e información privilegiada sobre cartografía. La singularité est subversive. También los rasgos de Colón podrían ser, plausiblemente, de ascendencia judía.

Menudo montaje nacional, el de los españoles con limpieza y sin limpieza de sangre, y qué maniobras tan complicadas se han hecho, unos para mantener este sistema de castas, y otros para esquivar sus consecuencias. Ver por ejemplo Los judíos en la España Moderna y Contemporánea de Julio Caro Baroja. Conversos disimulando, cambiando de nombre, haciendo maniobras de escape y enmascaramiento. En lo profundo de los tiempos, se hacía por supervivencia; luego por prudencia, luego por conveniencia. Hoy todavía se notan en la superficie las ondas de esas agitaciones sumergidas. En los Baroja mismos, los Baruch... Quizá también en los Colom. Y en el silencio que hoy, quinientos años después, sigue rodeando a Christoforus Colom (que así decía, a veces, que se llamaba).

 

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