Este
artículo reexamina la crítica de Stephen Jay Gould al concepto de
consiliencia propuesto por E. O. Wilson, remontándose a la formulación
original del concepto por parte de William Whewell. Aquí clarificamos el
componente de retrospección hermenéutica inherente al proceso efectual
de la consiliencia, una cuestión que puede enfocarse desde la
perspectiva de una narratología cognitiva.
Texto completo en SSRN:
Reference Info: Ibercampus 16 Nov.
2009
Se encuentra ahora, en español, en estas revistas temáticas de la
SSRN (con fecha de 24 de octubre de
2014)
Universidad de Zaragoza
Date Written: 2009
English Abstract: This paper reexamines Stephen Jay Gould's
critique of E. O. Wilson's notion of consilience, going back to William
Whewell's original formulation of the concept. The element of
hermeneutic hindsight which inheres in the process of consilience is
clarified and brought to the fore as a notion pertaining to the field of
cognitive narratology.
Note: Downloadable document is in Spanish.
Suggested Citation:
Garcia Landa, Jose Angel, Consiliencia y retrospección (Consilience
and Retrospection) (2009). Ibercampus 16 Nov. 2009, Available at SSRN:
https://ssrn.com/abstract=2513969
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Consiliencia y retrospección
Por los cerros de Úbeda se va descaradamente Stephen Jay Gould en uno de sus últimos libros, el póstumo The Hedgehog, the Fox, and the Magister's Pox (2003)... aunque
siempre da gusto seguirlo. El título es una de esas huidas por los
cerros—el libro da muchas vueltas a las estrategias comparadas del
erizo, "que sólo sabe hacer una cosa, pero eficaz" y de la zorra, "que
tiene muchos trucos diferentes". Son dos tipos de estrategias y
actitudes, que en este caso se usan para comentar las diferencias entre
las ciencias y las humanidades.
El
subtítulo aclara más el tema del libro: "Mending the gap between
science and the humanities". En suma, Gould se presenta como el adalid
de una reconciliación auténtica entre las ciencias "duras" y las
humanidades, y por supuesto con las ciencias más "blandas" como la
biología evolucionista que él practica. El obstáculo no son sólo la
ignorancia mutua de las disciplinas y la desconfianza, sino las
reconciliaciones forzadas o tendenciosas, a cuya crítica dedica los
capítulos más interesantes.
En un mundo complejo no hay una
única modalidad de conocimiento, dice Gould, y tanto el saber propio de
las ciencias como el de las humanidades tienen su esfera legítima,
mientras no se salgan de ella ni pretendan usurpar el puesto de otra
disciplina. Por otra parte, aparte de invasiones, está el problema
contrario de las fronteras mal puestas: también hay que tener en cuenta
que la historia misma de las disciplinas lleva a levantar barreras
inexistentes o absurdas:
"Nuestras taxonomías de las
disciplinas humanísticas surgieron por razones en gran medida
arbitrarias y contingentes de normas sociales y prácticas universitarias
del pasado, creando así falsas barreras que obstaculizan la comprensión
actual" (17 - traducciones mías).
A veces en una disciplina se da
vueltas a un problema desde una perspectiva errónea, cuando los
instrumentos conceptuales para resolverlo existen en otra disciplina
vecina... pero incomunicada. Pone Gould el ejemplo de su propia
experiencia, aplicando la teoría narrativa al evolucionismo:
"Me di cuenta de manera explícita de
que el aparato necesario para entender gran parte de los esquemas
evolutivos de la vida se encontraban en las metodologías establecidas
por los historiadores en los departamentos de nuestras facultades de
humanidades, y no en los procedimientos experimentales y cuantitativos
estándar que tan adecuados son para tratar con acontecimientos simples,
atemporales y repetibles, en la ciencia convencional" (18)
En efecto, la teoría evolucionista
trata con acontecimientos complejos, únicos e irrepetibles—es decir,
históricos. Es por tanto en algunas de sus dimensiones al menos una
ciencia histórica, que estudia algunos de los capítulos de la única gran historia.
La ciencia también es mítica. Su mito
central, dice Gould, es la creencia de que la ciencia observa el mundo
de modo puro y no distorsionado. Pero la ciencia es, podríamos decir,
dialógica: no es un catálogo fotográfico del mundo sino un debate entre
humanos y entre teorías diversas:
"Charles Darwin le escribió a un
colega amigo sobre el mito del registro "objetivo" de hechos: 'Qué
extraño es que la gente no vea que toda observación, para ser de
utilidad, tiene que ir a favor o en contra de algún punto de vista'."
(35)
Otro mito persistente es la idea de
una guerra entre "ciencia" y "religión", o la de una oposición
dicotómica entre "ciencia" y "no ciencia". Gould dedica todo un capítulo
a establecimiento de dicotomías como una costumbre o vicio mental: es
una maniobra cognitiva quizá evolutivamente desarrollada por buenas
razones prácticas, pero que tiende a entorpecer la percepción teórica
adecuada. Así, es simplista la idea misma de las "dos" culturas
enfrentadas, de la ciencia y de las humanidades. Hay modos y prácticas
de conocimiento diferente legitimados o posibilitados por cada
disciplina, de una manera bastante más compleja y borrosa de lo que
sugeriría ese concepto abstracto e idealista de "ciencia". Y releyendo
al mismo C. P. Snow, autor original del ensayo sobre el enfrentamiento
entre las "dos culturas", Gould recalca que Snow mismo era consciente de
la simplificación que suponía ese planteamiento—y también de que estaba
generalizando un tanto indebidamente a partir de su experiencia
personal de dicotomías humanístico-científicas muy marcadas en su
entorno británico concreto. Y que había mucho terreno de continuidad
entre esos dos polos de las ciencias duras experimentales por un lado y
las letras por otro. Otros episodios recientes, como el artículo
paródico que les coló Alan Sokal a Social Text, han
servido por desgracia para enfatizar una dicotomía simplista, entre
verborrea humanística y precisión científica, que ni es tal ni pretendía
Sokal que lo fuese— Y aprovecha Gould para recalcar lo importantes que
considera él los estudios de crítica social de la ciencia y de historia
de la ciencia, algo que ciertamente se echa de ver en su propia
aproximación al desarrollo de la teoría evolucionista.
Gould siempre está atento al carácter y
circunstancias de los científicos como individuos, y al sentido de su
labor en el contexto de la organización del conocimiento en cada época
dada. Así por ejemplo contrasta aquí los gabinetes de curiosidades del
Renacimiento con los museos que les sucedieron: dos instituciones con
ciertas continuidades pero muy diferentes en sus presupuestos y economía
intelectual, pues el museo pretende una organización sistemática del
conocimiento, el gabinete no. El mismo contraste se echa de ver entre lo
que Foucault llamaría ciencia "clásica" (la de Aldovandri, por ejemplo,
que incluye todo tipo de saberes misceláneos sobre los fenómenos, sean
factuales o míticos) y la voluntad de sistema y clasificación de los
nuevos científicos de la Royal Society.
Los científicos separaron las cuestiones factuales de las morales:
"la ciencia debe insistir que, sea
cual sea el estado factual de la naturaleza, nuestras ansias y búsqueda
de moralidad y de sentido pertenecen a los dominios diferentes de las
humanidades, las artes, la filosofía y la teología—y no pueden
adjudicarse mediante los hallazgos de la ciencia" (106)
Y esta diversidad de criterios y
aproximaciones es un punto central de la argumentación del libro, pero
también se encuentra aquí su punto de ambigüedad o contradicción. Porque
como se verá aquí reaparece la dicotomía tajante que Gould quiere
contener o emborronar por otro lado. ¿No será más bien que la ciencia sí
tiene algo que decir sobre las artes, la moralidad, etc.? Por allí van
los razonamientos del los críticos evolucionistas y neuropsicólogos
actuales, en la estela de la consiliencia de E. O. Wilson—intentando
desarrollar esa "tercera cultura"—y
allí se encuentra uno de los puntos de conflicto del pensamiento de
Gould. Porque se encuentra defendiendo a la vez la ausencia de
dicotomías tajantes, por un lado, y los campos y misiones separados de
la ciencia y de las humanidades por otro. Quizá haya un terreno de
encuentro, o de debate.
Y desde luego Gould es todo lo
contrario de torpe a la hora de ver paradojas y dobles lógicas en los
planteamientos de estas cuestiones. Por ejemplo, sobre la figura de
Bacon, uno de los impulsores del método científico, cuya figura se
asoció a la noción simplista de observación sin teoría, y la extracción
inductiva de conclusiones—el supuesto "método baconiano". Resulta que
Bacon, lejos de creer en la posibilidad del puro objetivismo llevado
casi hasta la caricatura, es precisamente quien nos avisa sobre "los
impedimentos mentales y sociales que están demasiado profundamente e
inerradicablemente interiorizados como para garantizar ningún ideal de
objetivismo puro en la psicología o los estudios humanos" (109-10)—son
los famosos "ídolos" baconianos, los prejuicios, tendencias o
tradiciones que distorsionan y condicionan nuestro conocimiento. Aparte
de los "ídolos de la caverna", propensiones y limitaciones de cada
individuo, están los "ídolos de la tribu"—las maneras en que tendemos a
distorsionar las cuestiones por la propia naturaleza de la mente humana,
algo que Gould identifica con la manera en que ha evolucionado
estructuralmente la mente humana:
"Entre estos ídolos tribales de la
misma naturaleza humana, debemos incluir prominentemente nuestra
legendaria dificultad para reconocer, o concebir siquiera, el concepto
de probabilidad; y también el tema central de este libro: nuestra
tendencia lamentable a taxonomizar situaciones complejas como si fuesen
dicotomías de opuestos enfrentados" (112)
(—eso
por no hablar de los "ídolos del foro", problemas de comunicación, de
definiciones y significados, y de ambigüedades del lenguaje; ni de los
"ídolos del teatro", producto de sistemas filosóficos enfrentados, de
escuelas y tradiciones de pensamiento diversas, y de modalidades
disciplinarias-sectarias, ídolos éstos que aquí vendrían muy al pelo).
Dedica una bonita sección Gould a estudiar las representaciones
en forma de diagrama de árbol, observando la tentación que suponen allí
las divisiones dicotómicas. Otros ídolos podrían ser los diversos cognitive biases que se vienen identificando en psicología o filosofía. Me interesa resaltar especialmente el hindsight bias, la distorsión retrospectiva:
la manera en que nuestra comprensión de los fenómenos está condicionada
por la temporalidad y por nuestras propensiones narrativas a
interpretar los fenómenos como una secuencia de causas y efectos. Parece
clara la ventaja "evolutiva", la aplicación cognitiva práctica de esta
maniobra interpretativa, pues hindsight produce insight:
viendo las cosas desde el final se entienden mejor; podríamos decir que
el conocimiento retrospectivo, desde el final, proporciona una
perspectiva superior, hindsight is topsight.
Pero también se aprecia fácilmente cómo puede llevar a simplificar
indebidamente la representación de los procesos complejos, identificando
una causa donde hay una sobredeterminación o un complejo de causas.
Es muy consciente Gould de la falacia de la retrospección, y nos remite a un clásico historiográfico sobre esta cuestion, The Whig Interpretation of History,
de Herbert Butterfield. El partido Whig juzgaba retrospectivamente la
historia con sus criterios propios, de modo que toda la historia se
movía hacia una culminación para ellos desconocida, culminación que eran
las propias ideas Whig. En este sentido, me temo, todos somos Whiggish. Y
hay mucho de whiggismo en la idea que la ciencia tiene de sí misma,
según Gould—con frecuencia los científicos ignoran la implicación de la
ciencia en las ideas de su tiempo (la teología de Newton, por ejemplo) y
seleccionan retroactivamente sólo las partes "aprovechables" para el
futuro, creando una imagen falsa de la Ciencia como un espacio de
verdad, objetividad, racionalidad y de lucidez comparable a la presente,
en medio de la ignorancia y prejuicios sociales de otras disciplinas.
Una imagen totalmente falsa, claro, pues la ciencia tiene su historia
complicada como todas las disciplinas. (En realidad, y por clarificar
más la idea de Darwin sobre la utilidad de las teorías, habría que
subrayar que la ciencia no es una descripción objetiva del mundo, sino
un diálogo útil sobre el mundo—una aproximación al mismo que permite o
su manipulación práctica para fines determinados, o la continuación del
propio diálogo sobre bases inteligibles).
"Los científicos no firmarán una paz
adecuada y armoniosa con los colegas de otras disciplinas hasta que
reconozcan su propia vocación como una empresa quintaesencialmente
humana, cargada con todas las idiosincrasias mentales de la especie que
debe hacer el trabajo, y sin embargo capaz, y es ése su rasgo especial
(pues toda disciplina puede gloriarse de alguna característica única e interesante), de alcanzar una comprensión más adecuada y profunda de la realidad material." (115)
Algunas virtudes tienen los
científicos frente a los humanistas en esta panorámica comparativa que
traza Gould. Una es su tendencia a explicar oralmente sus
presentaciones, en lugar de leer textos escritos previamente. Los
humanistas, paradójicamente, son poco conscientes del efecto mortífero
que sobre la atención y la comprensión del público tiene el lenguaje
escrito cuando se verbaliza.
Pero les envidia a los humanistas (y toma de ellos Gould) la explicación narrativa
como instrumento conceptual para comprender situaciones complejas. La
ciencia "dura" trata con abstracciones y generalidades, no con casos
concretos:
"Pero una amplia gama de cuestiones
factuales, que son evidentemente parte de la ciencia y son debidamente
explicables (en principio) mediante métodos empíricos que operen bajo
leyes naturales, trata diferentes tipos de sistemas extraordinariamente
complejos e históricamente contingentes—por ejemplo la historia de los
continentes y paisajes, o el esquema filogenético de la vida, por
ejemplo—como algo no deducible, ni en absoluto predecible, a partir de
las leyes naturales sometidas a prueba ya aplicadas en los experimentos
de laboratorio, sino más bien como algo que depende crucialmente del
carácter único e irrepetible de los estados históricos antecedentes, en
una secuencia narrativa completamente sujeta a explicación a posteriori,
pero impredecible con antelación. Las explicaciones narrativas de este
tipo podrían haberse desarrollado en el seno de las ciencias, pero
fueron relegadas o ignoradas en estos terrenos debido a que la historia
particular de la especialización disciplinaria en las universidades
occidentales asignó esta modalidad de conocimiento de manera prioritaria
a los historiadores en los departamentos de humanidades." (137)
Las humanidades, arguye Gould, tienen
algo que enseñar a las ciencias sobre todo en tres tipos de cuestiones:
1) en su consciencia de condicionantes sociales y distorsiones
cognitivas sobre el las disciplinas de conocimiento, hasta sobre las más
empíricas; 2) En la consciencia de la importancia de la organización
retórica, estilística y argumentativa a la hora de exponer y sentar el
conocimiento; 3) en su uso de estas modalidades de conocimiento y
explicación (como la interpretación narrativa) aptas para tratar con
fenómenos históricos y complejos.
El plato fuerte del libro de Gould
(especialmente para los fines de este artículo) llega en la sección
final con sus críticas al programa de E. O. Wilson sobre el tipo de
reconciliación, integración o consiliencia
que debería darse entre las ciencias y las humanidades. Ambos comparten
la convicción de que "la mayor empresa de la mente ha sido siempre y
siempre será el intento de conectar las ciencias y las humanidades"
(Wilson, Consilience p. 3).
Wilson recordaba que este desideratum se remonta al origen mismo de la
filosofía, con Tales de Mileto. Gerald Horton llamaba a este sueño de
alcanzar la unidad de las ciencias "el encantamiento jónico"—la noción
de que el mundo es un cosmos ordenado que por tanto se puede explicar
con un pequeño número de leyes naturales.
Un posible planteamiento de la cuestión es concebir los fenómenos del universo como manifestaciones de complejidad que hay que reducir a elementos más simples y comprensibles. El ideal del reduccionismo como programa para una coordinación de las ciencias consistiría en
"plegar las leyes y principios de cada
nivel de organización dentro de otras leyes y principios que se sitúan a
un nivel más general y por tanto más fundamental. Su formulación fuerte
es la consiliencia total, que sostiene que la naturaleza está
organizada por las leyes simples de la física, a las que se pueden
reducir en última instancia todas las demás leyes y principios" (Wilson,
en Gould 192).
(Sobre esta empresa reduccionista escribí, con relación a Herbert Spencer, en "Victorian Dark Matter", y con relación a la teoría cuántica en "Gell-Mann: Consciencia, reducción y emergencia").
Un problema se echa de ver en esta manera de plantear la cuestión:
¿sería una reducción concebible en abstracto, o efectivamente
calculable? Por decirlo con términos de Gell-Mann, ¿podríamos hacer una
descripción del jaguar no como jaguar sino como un montón de quarks?
Parece que entre la reducción ideada y la efectivamente realizable hay
ciertos problemas insalvables, y no sólo de cantidad y complejidad de
cálculos, sino problemas relativos a la propia noción del sentido de las
descripciones y explicaciones en el seno de las disciplinas. Un quark
es un problema de física fundamental, un jaguar o un Jaguar no lo son,
aunque (en cierto sentido al menos) estén hechos de quarks. La
complejidad se extiende como un efecto mariposa haciendo inabarcable el cálculo detallado de la realidad.
El término consiliencia
lo tomó Wilson de un filósofo de la ciencia del siglo XIX, William
Whewell; y lo que Gould critica en esencia es que Wilson cambia su
sentido—la consiliencia de Wilson no es lo mismo que la consiliencia de Whewell;
y de hecho la noción de consiliencia de Wilson es una mala
interpretación o modelo erróneo de lo que deberían ser las relaciones
entre las disciplinas del saber (y más en concreto entre las ciencias y
las humanidades).
El programa de Wilson está asociado a lo que últimamente se ha llamado tercera cultura,
un programa activo y fructífero de investigación en la interfaz de las
ciencias y humanidades que incluye como elementos prominentes (puentes
tendidos entre ciencias y humanidades) la psicología evolucionista, la
sociobiología humana, y la neurociencia cognitiva. Es un programa éste, y
el de Wilson en Consilience,
un tanto cientifista, y al entender de Gould poco atento a la
especificidad de las humanidades. Vamos, una auténtica "reducción" de
los objetos de estudio de las mismas a los planteamientos de las
ciencias, pero no una auténtica reconciliación o cooperación entre
ciencias y humanidades, atenta a las especificidades de cada disciplina
del saber.
Al igual que Gell-Mann, Gould señala que el planteamiento clásico del reduccionismo no es realizable, debido a dos razones: la emergencia y la contingencia:
- La emergencia la teorizó por ejemplo George Herbert Mead en La filosofía del presente,
y Gould la define como "la entrada de nuevas reglas explicativas en los
sistemas complejos, leyes que surgen de interacciones 'no lineales' o
'no aditivas' entre constituyentes y que en principio no pueden
descubrirse a partir de las propiedades de las partes consideradas por
separado" (202)
- La contingencia
es para Gould "la importancia creciente [en los sistemas complejos] de
"accidentes" históricos únicos, que no pueden en principio preverse,
pero que siguen siendo plenamente accesibles para la explicación factual
una vez han ocurrido" (202).
Una teoría de la retrospección (y del
status de las explicaciones) parecería ser por tanto una pieza esencial
del instrumental conceptual de la ciencia. Y con ello entramos en
cuestiones de metodología y de metametodología y de reflexividad que ya
serían muy del desagrado de un reduccionista—cuestiones que son
planteables ya sólo en el contexto de un estudio de la historia de la
ciencia... con lo cual ya estamos de lleno en las humanidades.
El origen de nuestra propia especie
es, observa Gould, una de estas contingencias históricas únicas, no
repetibles, y sometidas a leyes naturales pero no deducibles a partir de
ellas.
Esta es una cuestión que no queda bien conceptualizada en la teoría de la consiliencia
de E. O. Wilson. De hecho, Gould se dedica a reexaminar la noción
original de consiliencia, de William Whewell, en el siglo XIX, para
mostrar que Wilson usa el término de otra manera, que contradice
palmariamente los presupuestos y conclusiones de su inventor.
Whewell, nos recuerda Gould, fue no
sólo un destacado científico a principios del siglo XIX, sino también un
filósofo de la ciencia de primer orden, cuyas ideas fueron muy
influyentes sobre Darwin. Entre otros pequeños detalles, le debemos a él
el nombre de la profesión de científico; fue el primero que se refirió a los hombres de ciencia como científicos. O, para ser exactos, a las mujeres de ciencia, pues este primer uso del término scientist,
en 1834, se refería a una mujer, Mary Somerville. También fue un
influyente historiador de la ciencia, y un influyente metodólogo–y es
aquí donde habla Whewell de consiliencia,
aunque este término no cuajó y fue olvidado hasta que lo resucitó E. O.
Wilson a finales del siglo XX (con un sentido bastante diferente....).
Whewell quería entender y analizar el
proceso de inducción, o el paso desde observaciones repetidas a una
conclusión general—la clave y actividad definida del éxito en la ciencia
moderna, tal como él lo veía— más bien que los énfasis más fuertes en
la deducción, o inferencia lógica del orden probable de la naturaleza a
partir de principios de mayor generalidad (que quizá sólo más tarde se
someterían a prueba empírica), favorecidos por los estudiosos
premodernos del mundo material. (207)
La definición de consiliencia está en su Filosofía de las Ciencias Inductivas, fundada en su historia
(1840). Se refiere no a la manera habitual en que entendemos la
inducción—es decir, una repetición del mismo fenómeno dando lugar a la
formulación de una ley capaz de predecirlo—sino a indicios provenientes de hechos diferentes, de naturaleza variada, no
repetidos. La consiliencia entendida al modo de Whewell sería el
hallazgo de una explicación que, de la manera más sencilla, económica y
elegante, explica todos esos fenómenos en apariencia tan diferentes. La
unidad oculta de todos esos fenómenos no se percibía hasta que la
explicación consiliente a la
vez los explica y muestra cómo responden a un principio que subyace a
todos ellos. El nombre completo que dio Whewell a esta modalidad de
conocimiento es consiliencia de inducciones.
Puesto de este modo, podríamos decir
que esta consiliencia de Whewell es un poquito el equivalente en
ciencias naturales de ese otro fenómeno perspectivístico-temporal
comentado por Borges en "Kafka y sus precursores", la influencia
retrospectiva. Es una cuestión que tiene un ángulo muy relacionado con
mi tema favorito de estudio en teoría narrativa, la retrospección—esta
vez en su modalidad de la atalaya retrospectiva más bien que en la cruz de la moneda, la distorsión retrospectiva.
Como observó Borges, Kafka ejerce una influencia retrospectiva sobre
ciertos escritores, convirtiéndolos, debido a su aparición, en algo que
no eran antes: precursores suyos. En este artículo sobre El plagio por anticipación, de Pierre Bayard,
trato más estas cuestiones en lo referente a la literatura. El
parecido entre los precursores de Kafka y la consiliencia de inducciones
de Whewell es que en ambos casos los fenómenos precedentes son
reinterpretados retrospectivamente: ya no son casos aislados, sino que
se entienden como parte de una red estructural de relaciones; y en
cierto sentido han sufrido una alteración retroactiva, al menos en su
relación con nuestros sistemas de explicaciones.
Whewell admite que esta cohorte de hechos coordinados, explicados por una interpretación, no constituye una demostración
propiamente dicha de esa teoría—y sin embargo tiene que tratarse como
una verdad provisonal, o como algo que mejora la comprensión. Las ideas
metodológicas de Darwin fueron muy influidas por Whewell, y Gould
observa que "el sentar la teoría de la evolución como el principio
unificador que hay tras las relaciones y la historia de los seres vivos
proporciona el caso de consiliencia más instructivo de toda la historia
de la ciencia" (211)—gracias al evolucionismo, muchos hechos que no
tenían causa lógica aparente ni relación entre sí adquieren de repente
una coherencia que supone el mayor apoyo concebible para la teoría. En
contraste, el creacionismo no produce consiliencia—(Aquí hay una bonita charla de David Deutsch
comparando muy gráficamente estos dos tipos de explicaciones: la
científica y la mítica. Frente a la arbitrariedad de las explicaciones
míticas, las explicaciones científicas son difíciles de desplazar. Y de
entre ellas las consiliencias de inducciones son explicaciones dífíciles
de sustituir por otras, precisamente por la cantidad de hechos que
contribuyen a explicar).
Las buenas teorías científicas, para
Whewell, simplifican nuestro conocimiento, y armonizan fenómenos
aparentemente distintos bajo una misma interpretación. En ese sentido
son verdaderas. Puede relacionarse esta noción de la "verdad" científica
con las formulaciones pragmáticas del concepto de verdad formuladas por
William James o G. H. Mead. Podemos definir la verdad como la
descripción o interpretación de los hechos más consistente con lo
generalmente conocido o compartido—la más comunicable, por así decirlo,
la que menos requiera de introducir elementos inexplicables o especiales
para la ocasión. En ese sentido la ciencia es una vasta maquinaria
cognoscitiva de generación de verdades—quizá no obvias para los no
iniciados, pero congruentes con otras formulaciones en el nivel
comunicativo adecuado.
Whewell distingue la consiliencia de inducciones antes mencionada de este proceso más general de simplificación, unificación y coordinación de la teoría.
Gould señala que los dos procesos no están en realidad muy claramente
separados en los escritos de Whewell. Pero que en cualquier caso Whewell
no pretendía que esta unificación de teorías englobase a las
humanidades: más bien al contrario cuidó siempre de diferenciar los
ámbitos de las humanidades y de las ciencias naturales; y Gould mismo
subraya que el planteamiento reduccionista de Wilson le hace ignorar
este aspecto de la teoría de Whewell—y los aspectos emergentes de la las
humanidades. Es una actitud de supremacismo cientifista que se reconoce
también en muchos debates actuales sobre la misión actual de
disciplinas como la neurociencia cognitiva, o la psicología
evolucionista, que habrían de barrer las humanidades despejándolas de
teorías constructivistas, desconstructivistas y hermenéuticas y
formalistas, e inaugurar un nuevo paradigma de estudio de las
humanidades que supondría la desautorización global de todos los
enfoques dominantes en las humanidades en el siglo XX.
Termina Gould su valoración de la
relación entre ciencias y humanidades con una crítica al reduccionismo y
a la supremacía de las ciencias que, según presupone Wilson, debería
regir la supuesta "conciliación" entre ciencias y humanidades:
"El reduccionismo funciona
descomponiendo estructuras complejas en las partes que las componen, y
en última instancia explicando la complejidad como una consecuencia de
propiedades y leyes que regulan a las partes.
Ahora bien, y obviamente, el solo
hecho de conocer las propiedades de cada parte en tanto que entidad
separada (y todas las leyes que regulan su forma y actividad además) no
te dará una explicación completa del nivel superior en términos de estas
partes de nivel inferior porque, al construir la entidad de nivel
superior, estas partes se combinan e interactúan. Así que uno debe
también incluir esas interacciones como aspectos esenciales de una
explicación del nivel superior que sea adecuada. ¿Cómo, pues, puede
funcionar el reduccionismo si las interacciones entre las partes de
nivel inferior deben figurar prominentemente en cualquier explicación de
nivel superior?" (Gould 221)
Las interacciones que no sean
previsibles (las no "aditivas" o "lineales") gobiernan de hecho los
sistemas complejos, en opinión de Gould y otros, "impidiendo así en
principio las explicaciones reduccionistas" (222). Estas propiedades que
surgen únicamente en el nivel de interacción superior son las que se
han llamado propiedades emergentes, intratables desde el punto de vista
reduccionista. La individualidad es una de esas propiedades. Los objetos
inanimados también son tan únicos históricamente como los individuos
humanos, de hecho, pero no nos interesan a ese nivel, sino a un nivel de
sus propiedades generales. Los acontecimientos históricos únicos, contingentes
(y, por ejemplo, la aparición de la especie humana es uno), tienen una
importancia central en muchas disciplinas, y no se tratan adecuadamente
si no se reconoce ese carácter impredecible, contingente, e intratable
para el reduccionismo.
El reduccionismo, arguye Gould,
vendría a concebir a la inteligencia humana no como un fenómeno
contingente, sino como el resultado predecible de una tendencia. (Esta
insistencia de Gould en el carácter contingente e impredecible de los
fenómenos evolutivos le gana por cierto muchos comentarios escépticos
entre los nuevos defensores de la psicología evolucionista en la línea
de Wilson, como Brian Boyd, que están interesados en agotar las posibilidades del reduccionismo).
"Esta visión equivocada de nosotros
mismos como el resultado predecible de una tendencia, y no como una
entidad contingente, nos hace perder el norte de maneras demasiado
numerosas para nombrarlas. Pero en el contexto del plan de este libro de
describir la mejor manera de ligar la ciencia con las humanidades,
nuestro status como entidad contingente es un punto especialmente
destacado como argumento fuerte contra la solución promovida por Wilson,
la de conjunción por consiliencia reductiva" (226)
Sobre si somos pura contingencia o el
resultado de una tendencia, quizá habría que volver contra Gould su
propio argumento, y decir que si no era una tendencia lo que nos hizo
humanos, ahora ya lo es, detectable en visión retrospectiva...
Según los defensores del nuevo
paradigma evolucionista-cogntivo, si los fenómenos estudiados por las
humanidades son en última instancia producto de tendencias naturales
generalizables, deberían ser tratables por las ciencias, aunque se den
en un solo caso o una sola especie. Aquí volvemos a encontrarnos con el
problema de lo específicamente humano, y de hasta qué punto es tan específico. Recomiendo una bonita charla sobre el particular, "The Uniqueness of Humans",
de Robert Sapolsky, que equilibra bastante bien una atención a las
peculiaridades únicas del comportamiento de los humanos con otra
atención correspondiente a sus bases en el comportamiento de otros
primates u otros animales. Por tanto, diría yo que necesitamos las dos
cosas: tanto el reduccionismo evolucionista, hasta donde pueda llevarse,
pero siempre sin perder de vista esta complejidad de lo humano, y por
otra parte el estudio de los fenómenos en su propio ámbito de las
humanidades—pero siendo conscientes del panorama global de la formación y
evolución de la cultura humana, y de sus bases biológicas, para
mantener los pies en el suelo. Para Gould, cuanto más nos adentremos en
lo específicamente humano, en lo histórico y contingente, más nos
atendremos a explicaciones narrativas y menos relevancia tendrá la
explicación reduccionista. Los temas tradicionalmente tratados por las
humanidades no son tratables en esta nueva clave, arguye Gould. Y en
esto seguramente tiene su parte de razón, por mucho que esté aportando a
la comprensión de lo humano el nuevo paradigma evolucionista y
neurocognitivo. No se apoderará este paradigma de todo lo humanamente
discutible—pero desde luego sí transformará sustancialmente la relación
entre ciencias y humanidades. Y hay que decir que en esta reorganización
de las disciplinas de estudios humanos y humanísticos, muchas de las
cuestiones tradicionales de interés las humanidades quedarán resueltas
no tanto la vía de la resolución sino como siempre lo han sido, por la
vía del abandono o marginación.
Y de hecho es posible una cierta
consiliencia, como no podía ser menos, entre las posturas de Gould y de
los cognitivistas-evolucionistas. Así, aclara Gould,
"yo acepto que la información factual
en forma científica será extremadamente útil y relevante para la
discusión de casi cualquier cuestión importante en temas no científicos
de las humanidades, de la ética, o de la religión" (235)
—y que quienes rechacen sin más esta
relevancia han de ser pedantes o necios. Ahora bien, no se apea Gould de
la batalla contra el reduccionismo simplista en cuanto haga su
aparición, intentando nivelar estructuras complejas a componentes
simples (o simplistas). Por ejemplo, una tendencia que aparece a menudo
en la psicología evolucionista de la línea de El mono desnudo—psicología
evolucionista sin evolucionar, por así decirlo, cuando intenta explicar
las reacciones de los seres humanos como si fuesen las de primates
prehumanos, o australopitecos en la sabana: aquí se reconoce un modo de
razonar precisamente ajeno al evolucionismo, pues en teoría evolucionista nunca hay que confundir el origen de un fenómeno con su uso o funcionamiento actual –debido en parte a ese fenómeno tan querido para Gould, la exaptación, o desplazamiento de funciones
en los órganos o en los comportamientos y en las instituciones
sociales. Vino nuevo en botellas viejas, por así decirlo: y muchas cosas
hay de nuevo en los humanos, aunque los materiales básicos, como decía
Sapolsky, sean materiales presentes en otros primates.
La teorización de este desplazamiento de tendencias psicológicas y funciones institucionales la atribuye Gould a Nietzsche en La Genealogía de la Moral—a
partir de un instinto competitivo de dominación, y de ejercicio de
"voluntad de poder", fenómenos como el castigo pasan a tener una
diversidad de funciones y utilidades sociales: el control del crimen, de
las transacciones económicas, etc. Origen y uso actual
no deben identificarse. Del mismo modo, las teorías "paleolíticas" del
origen del arte o de la literatura no deberían restringir nuestro
análisis de sus usos, formas y funciones actuales, ni subordinarlo a esa
explicación paleolítica. Del mismo modo, los dilemas morales quizá se
entiendan mejor entendiendo sus orígenes evolutivos, pero no podemos reducirlos
a esos orígenes, ni esperar que un estudio científico de la etología de
los humanos en tanto que primates nos dé las claves de una moralidad
científica—porque el comportamiento propiamente humano incluye toda la
complejidad de las instituciones y disciplinas del saber desarrolladas
por las culturas humanas. Evolucionismo sí: pero no a medias.
Gould aproxima su postura a la de
Whewell, cuando arguye que la consiliencia ha de surgir como una
inspiración o iluminación que nos hace ver la coherencia presente en una
serie de fenómenos hasta entonces desconectados. No consiste en
subordinar unos fenómenos a otros (las humanidades a las ciencias,
pongamos) sino en reinterpretar su relación de una manera que no los
reduce unos a otros, sino que logra una explicación de nivel superior:
"Las ciencias y las humanidades tienen
todo que ganar (y nada que perder) de una consiliencia que respete las
diferencias ricas, inevitables y valiosas, pero que también busque
definir las propiedades más amplias que comparte cualquier actividad
intelectual creadora, pero tan desanimada y tan a menudo relegada por
fuerza a la invisibilidad por nuestra insensata (o al menos altamente
contingente) división de disciplinas académicas." (258)
Como conclusión interdisciplinar, y
consiliente, permítaseme insistir en la idea central que subyace a esta
lectura del argumento y libro de Gould. Hay una estructuración narrativa
en el progreso del conocimiento, una estructuración que se aprecia de
diversas maneras, o en diversos "géneros narrativos", si se quiere, en
el desarrollo de un experimento controlado siguiendo una teoría; en la
observación de fenómenos repetidos que lleva a una inducción, o en la
sucesión de paradigmas explicativos que nos llevan a apreciar que se ha
producido una revolución científica.
Esta estructuración narrativa también
aparece con otra forma, en la que tiene un elemento de intriga, de
suspense, de detección, de formulación de un argumento o estructuración
congruente de acontecimientos (remito aquí al argumento de Ricoeur sobre
la congruencia del argumento aristotélico como instrumento
cognoscitivo, en Tiempo y relato).
Incluso tiene un elemento de epifanía—de esas iluminaciones estéticas
que para los personajes de Joyce o Woolf repentinamente parecen hacer el
mundo más congruente y desvelan un nuevo rostro de la realidad. Me
refiero, claro, al fenómeno o experiencia de la consiliencia,
a la unificación de diversos fenómenos anteriormente inconexos bajo la
cúpula interpretativa de una teoría que les da un nuevo sentido y los
hace comprensibles, convirtiéndolos retroactivamente en lo que siempre
habían sido pero no lo sabíamos. Consiliencia y retrospección—he
ahí dos fenómenos consilientes entre sí, con un parentesco descuidado
pero que su aire de familia nos invita a establecer y a estudiar.
La consiliencia de inducciones es un fenómeno a la vez puramente narrativo—la clase de narración que sólo se puede contar una vez ha tenido lugar el
fenómeno contingente que se narra— y a la vez es hermenéutica pura, un
ejemplo del círculo hermenéutico de la comprensión tal como se puede
aplicar a la lectura de un texto extraño, o a la búsqueda de coherencia
entre los escritos de un autor. Es un proceso a la vez cognoscitivo y
narrativo; competencia de las ciencias y de las letras. Y la dimensión
que juegan en la consiliencia la retrospección y la reorganización
narrativa del pasado y de la realidad es un aspecto bastante descuidado
de la teoría del conocimiento: un caso ejemplar de esa invisibilidad disciplinaria
a que alude Gould. Era él uno de los pocos pensadores que han prestado
atención destacada al papel fundamental de las estructuras narrativas en
las ciencias; razón de más para echarlo de menos.
Consiliencia y retrospección
Mi artículo sobre Stephen Jay Gould, E. O. Wilson, la unidad del
conocimiento, la comprensión de los fenómenos y la retrospección,
Este
artículo reexamina la crítica de Stephen Jay Gould al concepto de
consiliencia propuesto por E. O. Wilson, remontándose a la formulación
original del concepto por parte de William Whewell. Aquí clarificamos el
componente de retrospección hermenéutica inherente al proceso efectual
de la consiliencia, una cuestión que puede enfocarse desde la
perspectiva de una narratología cognitiva.
Reference Info: Ibercampus 16 Nov.
2009
Se encuentra ahora, en español, en estas revistas temáticas de la
SSRN (Date posted: October 24,
2014)
AARN Subject Matter eJournals
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AARN Subject Matter eJournals
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CSN Subject Matter eJournals
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PRN Subject Matter eJournals
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También aquí:
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