Un pasaje de Parerga y Paralipómena de Schopenhauer, en concreto del ensayo "Sobre la aparente intencionalidad en el destino del individuo." Previene contra ciertas ilusiones o falacias retrospectivas a la vez que cae en ellas y declara la inevitabilidad de caer en ellas, porque así son la vida, el mundo, el destino y la memoria:
Que todo lo que ocurre, sin excepción, se produce con estricta necesidad es una verdad que se puede reconocer a priori y es, por tanto, irrebatible: quisiera denominarla aquí "el fatalismo demostrable". En mi escrito de concurso Sobre la libertad de la voluntad (p. 62) se infiere como resultado de todas las investigaciones precedentes. Es confirmada empíricamente y a posteriori por el hecho ya indidable de que los sonámbulos magnéticos, los hombres dotados de segunda visión e incluso a veces los sueños del dormir común presagian el futuro directa y exactamente. La más patente confirmación empírica de mi teoría de la estricta necesidad de todo lo que ocurre se da en la segunda visión. Pues vemos que lo que gracias a ella se presagia frecuentemente con gran anticipación se produce después con toda exactitud y en las circunstancias que se habían indicado, y ello incluso después de haberse hecho esfuerzos intencionados de todo tipo por obstaculizarlo o por hacer que el acontecimiento que se iba a producir se desviase, al menos en alguna de sus circunstancias, de la visión transmitida; lo cual siempre ha sido en vano, por cuanto justo aquello que debía frustrar lo presagiado ha contribuido siempre a producirlo; del mismo modo que en las tragedias y en la historia de los antiguos la desgracia presagiada por los oráculos o los sueños es arrastrada por las precauciones que se toman contra ella. Como ejemplo de esto menciono, entre otros muchos, el del rey Edipo y la bella historia de Creso y Adrasto en el libro primero de Heródoto, c. 35-43. De los casos de segunda visión correspondientes a estos informa el honrado Bende Bendsen en el tercer número de volumen octavo del Archivo de magnetismo animal, de Kieser (en especial los ejemplos 4, 12, 14 y 16); también aparece creo en Teoría de las ciencias espirituales de Jung §155. Si las dotes de segunda visión fueran tan frecuentes como inusuales son, serían presagiados innumerables acontecimientos, se cumplirían con exactitud, y la innegable prueba fáctica de la estricta necesidad de todos y cada uno de los acontecimientos sería generalmente accesible. Entonces no quedaría duda alguna de que, por mucho que el curso de las cosas se presente como puramente casual, en el fondo no lo es; antes bien, todas esas casualidades, tó eiké ferómena (lo que sobreviene al azar) están rodeadas de una necesidad hondamente oculta, eimarmene, de la que el azar es un simple instrumento. Lanzar una mirada en ella ha sido siempre el anhelo de toda mántica. De la mántica efectiva que hemos recordado no solo se sigue que todos los acontecimientos se producen con completa necesidad, sino también que de algún modo están determinados y fijados objetivamente ya de antemano, por cuanto al vidente se le aparecen como algo presente: lo cual, sin embargo, se podría atribuir a la mera necesidad de su ocurrencia como consecuencia del curso de la cadena causal. en todo caso, el conocimiento, o, más bien, la opinión de que aquella necesidad de todo lo que acontece no es ciega, es decir, la creencia en un curso de nuestra vida tan planificado como necesario, es un fatalismo de tipo superior que, sin embargo, no se puede demostrar como el de tipo simple pero en el que quizás todos caigamos antes o después alguna vez y sigamos aferrados a él durante largo tiempo o para siempre, según nuestra mentalidad. Podemos llamarlo fatalismo transcendente, a diferencia del habitual y demostrable. No procede, como aquel, e un conocimiento propiamente teórico ni de la investigación que se precisa para él, de la que pocos serían capaces, sino que se va asentando poco a poco a partir de las experiencias del propio curso vital. Entre ellas, en efecto, se hacen manifiestos a cada cual ciertos procesos que, por una parte, en virtud de su especial y gran conveniencia para él, llevan claramente acuñado el sello de una necesidad moral o interna pero, por otra parte, también el de la total casualidad externa. La frecuente ocurrencia de los mismos conduce paulatinamente a la opinión, que pronto se convierte en convicción, de que la vida del individuo, por muy enrevesada que pueda parecer, es una totalidad congruente en sí misma, que posee una determinada tendencia y un sentido instructivo, al igual que la epopeya más meditada. Mas la enseñanza que impartiría se referiría únicamente a su vida individual,—que en el fondo, es su error individual. Pues el plan y la totalidad no están en la historia mundial, como supone la filosofía de los profesores, sino en la vida del individuo. Los pueblos existen solamente in abstracto: los individuos son lo real. De ahí que la historia mundial no tenga un significado metafísico directo: no es en realidad más que una configuración casual: recuerdo aquí lo que he dicho al respecto en El mundo como voluntad y representación, vol. I, §35.—Así pues, por lo que respecta al propio destino individual, va creciendo en muchos aquel fatalismo transcendente al que quizá dé origen alguna vez en cada uno el atento examen de la propia vida, una vez que su hebra se hayha hilado con la suficiente longitud; e incluso, al reflexionar sobre los pormenores de su curso vital, éste se le puede mostrar a veces como si todo estuviera ya tramado en él, y los hombres que se le presentan, parecerle simples actores. Este fatalismo transcendente no sólo tiene mucho de consolador sino también de verdadero; por eso ha sido afirmado en todas las épocas, incluso como dogma.