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domingo, 30 de agosto de 2026

Anticipación retroproyectiva

Anticipación retroproyectiva en Cervantes. Según Rafael Sánchez Ferlosio, God & Gun, libro I:

no fue, por cierto, la menor de las muestras del talento de Cervantes la de haber acertado a explicitar tan llanamente cómo la autorrepresentación humana puede tomar la forma de—por así decirlo, a falta de otra expresión menos retorcida—una anticipación retroproyectiva, cuendo Don Quijote, en su primera salida, va leyendo "como en profecía"—por usar las palabras que Cervantes aplica, a otro respecto, en su dedicatoria del Persiles y Sigismunda—lo que "en los venideros tiempos" escribirá, en tercera persona, el narrador de sus "famosos hechos" de lo que él está haciendo en ese instante, sobreimprimiendo imaginariamente, como en un palimpsesto, su "aquí y ahora" actuante el "allí y entonces" escrito de su propia historia venidera. Autosubrogarse el "hoy" del "yo" viviente y actuante en el "ayer" del "él" de la historia que un día lo contará, o, dicho de otro modo, representase el "hoy" de lo que en primera persona puede uno decir de "si" como el "ayer" de lo que en tercera persona podrá decir de "él" un narrador futuro es transfigurar la propia persona en "personaje" y, por ende, adoptar, de la forma que fuere, "condición histórica"; dicho, naturalmente, en un sentido lúdico y caricaturesco. 

Tal condición no es, desde luego, primariamente humana, sino el producto alegórico de la autorrepresentación largamente elaborada sobre la activa y constante interacción en el juego de espejos entre sus dos componentes de sentido: el sentido retrospectivo de la "memoria histórica"—sagas o mitos del origen, a los que sólo la escritura haría fehacientes y operantes—y el sentido proyectivo—"misión histórica", "destino manifiesto", etcétera—, para acabar configurando la alta alegoría que constituye el contenido de lo que han dado en llamar "conciencia histórica".  Ya puede adivinarse cómo la circunstancia de que el hoy en que leemos el testimonio escrito de los hechos del ayer sea el mañana de ese ayer al que remiten incita, de modo casi inevitable, a representarse el hoy de los hechos de hoy como el ayer del testimonio escrito que leerán mañana, y forma el juego de espejos entre retrospección y proyección que podría dar razón de que la palabra historia haya pasado a designar tanto la historia de los hechos como los hechos de la historia, sin que, a pesar del intento de diacrisis que hizo improvisar el derivado de historiografía, haya logrado romperse esa anfibología; tan denodada resistencia responde, a mi juicio, al hecho de que sólo tal palabra, bífida—por la narración—como lengua de serpiente o farpada—por lo narrado—como el pendón dinástico de los señores de la guerra, nombra realmente las entrañas de la historia misma. El genio de Cervantes reveló el misterio de la indivisible unidad-dualidad especular de la anfibología, mostrándonos a Don Quijote simultáneamente actor, en primera persona, de los hechos narrados y lector de la narración, en tercera persona, de sus propios hechos. 

 

En Retrospection: 





sábado, 15 de agosto de 2026

No pasa el tiempo


Bulldozing Lebanon
 

En algunos sitios el tiempo sólo pasa para dar vueltas de remolino o girar en círculos viciosos. Esto escribía Sánchez Ferlosio, en 2002, sobre el conflicto árabe-israelí en 1982. Donde dice Reagan o Bush, léase Trump; donde dice Sharon, léase Netanyahu. Y no digo más:

        Lo que faltaba 

No se yo si el criterio por el que tan a menudo se rigen los congresos, conferencias, "cumbres", etcétera, de que "es mejor un mal acuerdo que ningún acuerdo" no habrá desarrollado un exceso de pudor o de amor propio de los convocantes, temerosos del demérito de fracasar, que a veces se llega a acuerdos tan aguachinados por las concesiones que sería preferible el desacuerdo, pues al menos no deja sobreseída la querella. El miedo a un desacuerdo con Estados Unidos que muestran las constantes claudicaciones de los europeos, ¿responde verdaderamente a un grado tal de dependencia económico-política que cualquier distanciamiento de cierta relevancia supondría un grave quebranto para ellos? ¿O es que las cosas se han puesto tan feas para los europeos que les resultaría peligroso incluso dejar de disimular  con respecto a esta creciente sospecha? 

El último acuerdo cocinado en la ONU y aguachinado por la constante amenaza de veto de Estados Unidos, que consiente que los propios israelíes tomen parte en las averiguaciones sobre lo ocurrido en el campo de refugiados de Jenín, viene a ser, a mi juicio, algo así como si tras la cacería los amos de la rehala consiguiesen que los perros mismos participasen en una comisión destinada a investigar si se han ensañado demasiado con el zorro. Estados Unidos ha accedido solamente a un texto que daba garantías de que no se pondría en cuestión la legitimidad de la estrategia de Ariel Sharon o, en una palabra, que aseguraba a priori su inmunidad, por no decir su impunidad. Y esto remite ahora, tal vez no tan indirectamente como podría parecer, al soprendente veredicto que la ratificación del Tribunal Penal Internacional por sesenta y seis países, el 11 de abril del año en curso [2002], mereció por parte de un influyente grupo de parlamentarios americanos republicanos y demócratas: "Un deplorable revés contra la promoción de la paz y la seguridad internacional", veredicto tras el cual se dirigieron acto seguido al presidente instándole a que exigiese de la ONU plenas garantías de inmunidad para los soldados americanos, so pena de que, en caso contrario, se opondrían a cualquier intervención militar americana para el mantenimiento de la paz. Comoquiera que el 18 de abril el propio presidente [Bush] declaraba que Ariel Sharon es "un hombre de paz", nada tendría de extraño que pensara en éste como "homologado" con los soldados americanos en cuento beneficiario—siempre en nombre de la paz—de la misma inmunidad.

Pero, por lo que se refiere a esta especie de contrarretrato de Dorian Gray en el que Sharon se ve hoy representado con las limpias facciones de "un hombre de paz", me parece conveniente repasar para atrás las páginas de su "hoja de servicios" hasta 1982, año de la invasión del Líbano, emprendida bajo su mando, aunque ya no recuerdo si como ministro de la Guerra o en calidad de general en jefe del Ejército israelí. Como en aquella ocasión parece que hubo algún disgusto con el entonces presidente Reagan, Ariel Sharon, preguntado al respecto en una entrevista que le hizo nada menos que Oriana Fallaci, contestaba lo siguiente: "Yo no dramatizaría la irritación de los americanos. Nuestra alianza con ellos se basa en intereses recíprocos, y los americanos lo saben: Israel ha hecho tanto por la seguridad de Estados Unidos como éste ha hecho por la seguridad de Israel; así que no tiene importancia que surja alguna riña." Esta respuesta de primeros de septiembre de 1982 me la ha recordado instantáneamente una declaración del propio Sharon del 8 de abril de 2002, o sea diecinueve años y cinco meses después, que dice así: "A veces surgen desacuerdos, pero aquí no son más que desacuerdos entre amigos."

No pasa el tiempo: también entonces hubo un "plan para los palestinos" y un "mediador" enviado por el presidente, un tal Habib —tal como en esta ocasión lo ha sido Zinni—, que apenas fue algo más que un diplomático israelí, pues consiguió que los palestinos armados se retirasen de Beirut y sólo los salvó de que los israelíes se quedasen, tal como pretendían, con la lista completa de sus nombres. La indignación de los americanos contra Ariel Sharon había sido sobre todo por las matanzas de los refugiados en los campamentos de Sabra y de Chatila, en las que, por lo demás, él no actuó de ejecutor—quiero decir sus tropas—,  pues fue por mano de los cristianos libaneses, parciales de Israel, y Sharon sólo fue consentidor o tal vez inductor. Por otra parte, la matanza de Sabra y Chatila ha hecho olvidar que el ataque por tierra, mar y aire del Ejército israelí hizo en la sola Beirut 6.775 víctimas entre militares y civiles. Los ciudadanos de Israel, por disfrutar de libertades democráticas, se manifestaron por las calles contra Ariel Sharon y la invasión del Líbano, pero parece ser que su protesta no fue primordialmente por las 6.775 víctimas libanesas de Beirut sino por las trescientas bajas de soldados israelíes que se habían producido en los dos primeros meses campaña.

En aquel tiempo, en 1982, Sharon designaba la Cisjordania por los antiguos nombres de la administración del Imperio romano: Samaria y Galilea; no sé si sigue haciéndolo hoy en día en día. El que sí lo hace, aunque con la variante de hablar de Judea y Samaria —probablemente porque Galilea, con la ciudad de Nazaret, no está incluida en la reserva asignada a la Autoridad Palestina, y sí, en cambio, una parte de Judea—, es el general retirado Effi Eitam, jefe del Partido Nacional Religioso, últimamente incorporado como ministro sin cartera al Gobierno de Sharon. Como a todo hay quien gane, Eitam va más allá del presidente del Gobierno: su designio es que entre el mar y el Jordán no haya jamás otra soberanía que la israelí; que los palestinos se vayan a Jordania y que ésta sea su Estado, y que los que quieran quedarse a este lado del Jordán podrán hacerlo a condición de renunciar a cualquier soberanía, a los derechos de ciudadanía y al de poder tener armas. De momento, pide matar o encarcelar a Arafat y destruir todo resto de gestión palestina. El derecho exclusivo del pueblo judío a la Tierra de Israel lo funda en su creencia en un Señor del Mundo; "cristianos y musulmanes —dice— comparten esa fe, pero no forman un pueblo. Nosotros sí; nuestra singularidad está en lo que somos los únicos del mundo que hablamos con Dios en cuanto pueblo". Aquí se remonta incluso a la Berit del judaísmo primitivo, a la Alianza con Yavé de la confederación guerrera para la conquista de Canaán, la Tierra Prometida. Para acabar, declara lo siguiente: "Nosotros tenemos que ser la luz para nosotros mismos, y de este modo nos haremos la luz de todas las naciones".

 "El mundo está aquejado de corrupción moral: las gentes, en lugar de ser libres, se ven esclavas de sus instintos, del sexo, de la violencia. Israel, por su estatura moral, les enseñará el camino" (las citas están tomadas de una entrevista de Sylvain Cypel aparecida en Le Monde del 8 de abril de 2002). Este hombre, laborista y laico en su juventud, se convirtió a la fe en 1973, a raíz de la guerra del Yom Kippur; de manera que los palestinos, con su empeño de echar a los judíos al mar o, tras el aumento de su debilidad a la par del enorme incremento del poder militar israelí, con la locura de sus atentados suicidas, no sólo han conseguido cebar y dar pretexto a las sañas vengativas de un Sharon, sino también resucitar delirios religiosos de pueblo elegido como los de un Effi Eitam.

Entretanto, en el panorama internacional está resurgiendo otro viejo demonio, aunque ni mucho menos tan antiguo como el del Sabahoz: en la XXXVIII Conferencia sobre Política de Seguridad celebrada en Múnich a principios de febrero, todos han coincidido en señalar el creciente aumento de la diferencia del poder en armamento entre Estados Unidos y las naciones europeas. Paul Wolfowitz, el segundo de a bordo del Pentágono, ha deplorado la "falta de atención" de los europeos en asunto de armamento, ya que sólo se gastan 323 euros por habitante —como media de los cinco mayores productores—, frente a los 1.029 de cada ciudadano americano; George Robertson, secretario general de la OTAN, que está de acuerdo en aumentar los gastos militares de los europeos, ha replicado a su vez que los americanos deberían ser menos celosos de proteger los intereses de sus propias industrias de armamento y más abiertos en cuanto a transferir nuevas tecnologías armamentistas. Por fin, el ex secretario de Defensa americano William Cohen ha lanzado la premonición de que "el peso" político de cada nación volverá a depender cada vez más del peso de sus armamentos. Esto sería, literalmente, volver a lo que antaño se llamaba "política de potencias".

(Rafael Sánchez Ferlosio, "Lo que faltaba", ABC, en Babel contra Babel, p. 354). 

 

Quizá no sobre aquí mi última versión de Man of Peace, de Bob Dylan.

 

O la que... canta Bob Dylan en el cassette:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 14 de junio de 2026

Tú lo has querido

 Uno de los ensayos sobre la guerra de Rafael Sánchez Ferlosio, ahora recogido en Babel contra Babel:

 

Tú lo has querido 

Al que emprenda una guerra le convendría compenetrarse con la índole de juramento que tiene semejante decisión. El "juramento de victoria" ata la voluntad más que ningún otro compromiso imaginable; ningún otro sujeto se somete a una pérdida de libertad como la que padece tal juramentado. Así, cuando se dice que el guerrero "pone su vida en juego" por la victoria, ha de entenderse no sólo la llamada "vida física", sino también la llamada "vida moral".

La derrota es, literalmente, la muerte moral del derrotado; así lo entendían los generales romanos al combinar la muerte moral de la derrota con la muerte física que se daban —¿voluntariamente?— mediante el suicidio, que, a su vez, los samuráis describían, significativamente, como "el honroso camino de salida". Japonés es también aquel refrán que expresa crudamente la pérdida de libertad, la cosificación de la voluntad —como una fuerza enajenada, impuesta desde fuera—, que comporta el juramento de victoria: "La espada que ha salido de la vaina tiene que matar". El aspecto de feroces antiguallas irracionales que toman hoy semejantes concepciones responde sólo a la actual dispersión de cierto punto de vista individual —el del patricio romano, el del samurái—, pero no a alguna impensable racionalización de la naturaleza de la guerra.

También el bandido que dice "la bolsa o la vida" hace total dejación de su libertad y se irresponsabiliza de su eventual reacción como si ésta quedase de pronto engranada en un resorte totalmente ajeno a su albedrío. A eso responde el que, cuando tras la negativa del atracado dispara contra él, diga: "Tú lo has querido". Una costumbre inmemorial es capaz de disipar hasta la última sombra de extrañeza, pero no hay lógica que pueda hacer absurda o poner fuera de cualquier razón posible esa pregunta: "¿Cómo? ¿Que YO soy el responsable de lo que TÚ me hagas A MÍ?". 

En el mismo orden formal ha de inscribirse la frase de Javier Solana, secretario general de la OTAN: "Milosevic es el único responsable de lo que le pase a Serbia", donde ya ese terrorífico "le pase" connota lo ineluctable, enajenado de toda posible libertad humana, autóctono respecto de cualquier voluntad de hombres, como un rayo del cielo o un inexorable decreto del Altísimo: tal es el "juramento de victoria". Y, sin embargo, todos han visto claro y convalidado como real y racional que Estados Unidos y la OTAN, una vez prospectada la amenaza y constatado el incumplimiento de la condición, no podían dejar de bombardear, porque desistir de ello "habría sido un suicidio". Pero lo que hay que preguntarse es dónde lo han visto claro, o en qué universo de supuestos, en qué estructura de la sociedad humana, dejar de ejecutar la amenaza apareja el suicidio, la autonegación y autoaniquilación del amenazador, o aun qué clase de autoaniquilación puede ser ésa. Dicho de otra manera, ¿cuánto de una determinada configuración del mundo se da por supuesto y se acepta al ver claro y reconocer como evidente que si Estados Unidos y la OTAN no hubiesen ejecutado contra Milosevix y sobre Serbia la amenaza de bombardear habría sido un suicidio para ellos? O, finalmente, ¿qué figura de sujeto humano es la que pierde la libertad hasta el extremo mortal de no poder dejar de ejecutar la amenaza prospectada cuando el amenazado se niega al cumplimiento de la condición?

La pregunta en que se expresa la incertidumbre y la ambigüedad de la libertad humana está en hasta qué punto el yo, ese bandido con trabuco, se niega a saber que aun después de no doblegarse el amenazado, él sigue siendo responsable, en cuanto libre de ejecutar la amenaza o desistir de ello, o hasta qué punto, en cambio, ha dejado realmente de ser libre al extremo de no poder optar por el desistimiento. Por lo pronto, lo que enseguida se muestra claramente es que, si fuese libre de elegir y renunciase a ejecutar la amenaza a pesar de la negativa del amenazado, lo primero que entonces perdería no es sino su naturaleza de bandido: el bandido moriría, se habría suicidado en cuanto tal o tal vez, si es que quiere mirarse de este modo, habría caído asesinado por un hombre libre que estaba escondido tras el pañuelo con que los salteadores de caminos suelen taparse la cara hasta los pómulos. El punto decisivo estaría entonces en la fuerza de convicción con que se encarne un papel y se lleve un disfraz determinado, o sea, en el grado de constricción con que el rol de bandido se imponga a la voluntad del actor que lo representa, ora con que el rol de bandido se imponga a la voluntad del actor que lo representa, ora aherrojando su libertad como una férula de hierro, ora envolviéndola, en cambio, con gasas malamente amañadas, cuya fuerza opresora suscite la desconfianza y la ironía del que las lleva: una reserva mental que pende como una constante amenaza de desenmascaramiento y por tanto de muerte moral sobre el bandido en cuanto tal. Pero en un yo colectivo, como es una nación, la fuerza de convicción de la ficción que se encarna, la identificación con el papel representado —eso que llaman "identidad nacional"—, multiplica exponencialmente la constricción y la pérdida de la libertad. En una gran potencia como Estados Unidos y una institución internacional como la OTAN, con millones de adscripticios de la gleba de esa aplastante autoridad histórica, armada de un trabuco que es toda una panoplia de imponente poder destructivo y un arsenal sin fondo, la proyección de la responsabilidad no puede responder sino al íntimo reconocimiento de la pérdida de cualquier último residuo de libertad, de una impotencia absolutamente insuperable, una vez proferida la amenaza, claro está, para dejar de ejecutarla.

La abyección que comporta una declaración como la de "Milosevic es el único responsable de lo que le pase a Serbia" consiste en inscribirse en una artificiosa construcción ideológica organizada ad hoc para poder rendir acatamiento a las constricciones de la Historia y encarnarlas con sus horribles consecuencias y al mismo tiempo pretender la propia inmunidad moral y aun arrogarse un acto de justicia y de virtud —más meritorio por ser de "dolorosa virtud"— y, en fin, salvar el alma. Max Weber, por lo menos, habría dicho: "Si crees que tienes que hacerlo, hazlo, pero entonces asume una responsabilidad que no puede ser de nadie más que tuya y carga con la culpa, porque la guerra es culpa". Lo abyecto está en la pretensión de ester enunciando una situación moral y racional, y, por lo tanto, una relación entre hombres, cuando en verdad sólo se describe una ciega y automática coordinación de causa-efecto, y, por lo tanto, una pura conexión mecánica entre cosas, como la que en el resorte del trabuco conecta el movimiento del gatillo con el saltar del percutor. Entre el amenazador y el amenazado en cuanto tales la relación humana se ha cosificado, ha perdido cualquier posible significación moral y racional, no sólo porque se ha puesto fuera de toda libertad humana, sino también porque va empujando cada vez más lejos toda posible libertad. Tan sólo Hannah Arendt ha acertado a sentir y a señalar, a partir de la lectura de El proceso de Franz Kafka y en relación con las instituciones de justicia, lo que tiene de aterradora la irreductibilidad de una necesidad fijada por el hombre.

¿Quién es el que se habría suicidado? O, inversamente, ¿en qué universo y para qué sujeto era verdad que Milosevic sería el único responsable de lo que "le pasara a Serbia"? El ente despojado de toda libertad de ese universo, el sujeto aherrojado por la férula de semejante lógica implacable no es otro que "el hombre histórico". El hombre histórico es un producto de la guerra y no puede hacer que la guerra y la Historia sean como él quiera. "Pero es el único que hay", se me dirá; lo cual parece, en efecto, ser cada día más desesperadamente cierto, pero tal vez todavía no tan totalmente cierto como para aceptar que sea también el único que podría haber.

 

De La hija de la guerra y la madre de la patria, 2002

 

 

 

 

 

 

Rolling Thunder Revue @ Mobile&Austin