(Oscar) - Hola, Papineitor. - Vaya, ¿papineitor me llamas? ¿Ya estás otra vez viendo blovots? - Sí. Mila, este es eledós dedós. Mila cuántas cosas tiene. Cuántos gayets. - Tiene montones de botoncitos. Yo no lo sabría conducir. Pero menos mal que es un robot y va solo, ¿no? - Pues dice Abo que eledós tiene un señol dentlo. Un señol pequeñito que lo conduce. - Vaya, ¿un señor pequeñito como tú? Qué raro, si yo creía que era un robot. - Sí que es un blovot, pelo lo conduce ese señol. - Pues yo no he visto nunca al señor pequeñito. ¿Por qué no se asoma? - ...mmmm..... (¿?) ... no sé... (llega Ivo): Sí es cierto, tiene un señor, y Cetrespeó tiene otro señor que lo lleva así (anda como C3PO). - Bueno, pero entonces no son robots. Pues Anakin creía que eran robots. (Oscar encuentra la solución:) - Es que si no tuviese un señol cleo que no podlía existil. (Ivo) - Claro, porque creo que ese señor es un actor. - ¿Pero entonces todos son actores? ¿Y los enemigos son de mentira? (Tercia
Álvaro): Lo que pasa es que son actores, pero en la película son de
verdad. Y cuando los filman los lleva un actor, pero luego, al hacer la
película zas, lo eliminan. - ¿Lo eliminan? ¿A la vez que a los droides de combate? (Álvaro, con voz de droide). - JAA JAA.
("Gibbon
said. ’You lack a sense of personal worthlessness. A sense of personal
worthlessness is the motor that drives the overachiever to his splendid
overachievements that we all honor and revere’ . . . . ’I myself’, said
Gibbon, "am slightly underdone in the personal worthlessness line. It
was Papa’s fault. He used no irony. The communication mix offered by the
parent to the child is as you know twelve percent do this, eighty-two
percent don’t do that, and six percent huggles and endearments. That is
standard. Now, to avoid boring himself to death during this monition the
parent enlivens the discourse with wit, usually irony of the cheaper
sort. The irony ambigufies the message, but more importantly establishes
in the child the sense of personal lack-of-worth. Because the child
understands that one who is talked to in this way is not much of a
something. Ten years of it goes a long way. Fifteen is better. That is
where Pap fell down. He eschewed irony’" - Donald Barthelme, "Daumier").
En muchos relatos de ciencia ficción de los años 50 y 60 aparecen
alegorías semiconscientes de la bomba atómica. A su manera, estas
películas y relatos intentan reflexionar sobre la lógica del armamento
nuclear, normalmente hallando una justificación para la existencia de
unas armas que podrían acabar con la civilización humana. Son, por
tanto, relatos muy de su tiempo y lugar, a pesar de los marcianos y
robots, y pueden considerarse parte del "discurso nuclear" que justifica
la carrera armamentística y las ambiciones de supremacía mundial de los
Estados Unidos - aunque con frecuencia el envoltorio narrativo en el
que se presenta este mensaje parezca contradecirlo, y presentar más bien
un discurso pacifista o una filosofía de miras más universales.
Como
en otros muchos casos, encontramos un conflicto de sentidos e
interpretaciones a la hora de analizar estos relatos. El relato nos
propone un significado, que podemos aceptar como "críticos amistosos";
pero hay otro sentido más problemático, no deliberado o no
deliberadamente propuesto, que sin embargo parece enraizar al discurso
en la historia, y tienta por tanto al "crítico desconfiado" que prefiere
no aceptar la lectura que la obra ofrece de sí misma. Sea como sea,
ambos discursos se encuentran profundamente enraizados en la película, y
ninguno produce un sentido totalmente coherente: en tanto que ciencia
ficción, el relato siempre deja incoherencias o hilos sueltos; en tanto
que neurosis de la guerra fría, sus sentidos surgen a trompicones como
interferencias en el discurso oficial de la película, al que contradicen
o vuelven absurdo. Kubrick intentó sacar a la luz ese absurdo
deliberadamente en su Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying
and Love the Bomb (Teléfono rojo: volamos hacia Moscú). Otra caricatura
magistral de la lógica de la guerra fría es el relato de Donald
Barthelme "Game", recogido en "Unspeakable Practices, Unnatural Acts"
(1968) o en "Sixty Stories". Allí dos militares americanos, encargados
de disparar un misil atómico si reciben la señal, esperan en un bunker
subterráneo un relevo que no llega. Cada uno tiene una llave, que tiene
que accionar simultáneamente con la del otro en una consola para
efectuar el disparo. Pero la neurosis de la guerra fría ha penetrado en
el bunker... ambos empiezan a actuar de modo extraño.... desconfían del
otro... y ambos están armados:
"Cada uno de nosotros tiene un
calibre 45 y se supone que cada uno tenemos que disparar contra el otro
si el otro se comporta de modo extraño. ¿Cómo de extraño es extraño? No
sé. Además del 45 tengo un calibre 38 del que Shotwell no sabe nada,
escondido en mi maletín, y Shotwell tiene una Beretta calibre 25 de la
cual yo no sé nada en una correa de su pantorrilla derecha. A veces en
lugar de mirar la consola miro de forma visible el 45 de Shotwell, pero
esto es sólo una estratagema, sólo una maniobra, en realidad estoy
mirando su mano cuando cuelga cerca de su pantorrilla derecha. Si decide
que me estoy comportando de modo extraño me disparará no con el 45 sino
con la Beretta. De modo similar Shotwell hace como que vigila mi 45
pero en realidad está mirando mi mano descansando desocupada sobre mi
maletín, mi mano. Mi mano descansando desocupada sobre mi maletín".
La
demencia racional de este narrador paranoico hace aparecer cuerdo al
autor implícito: única manera quizá de escapar a la lógica infernal de
la guerra fría. En cambio, la aparente racionalidad que subyace a las
alegorías cómplices de la bomba puede desconstruirse sacando a la luz el
discurso esquizofrénico de la guerra fría que proclaman sin confesarlo.
Tres ejemplos:
This Island Earth (Planeta Prohibido). Un
destacado científico nuclear recibe extrañas instrucciones para montar
un aparato desconocido. Resulta ser un comunicador que lo pone en
contacto con una extraña sociedad que supuestamente recluta a
científicos de todo el mundo para desarrollar el conocimiento y acabar
con la guerra. En realidad, se trataba de extraterrestres que quieren
ayuda para obtener más energía nuclear en su planeta, que está siendo
bombardeado con asteroides-misiles por una civilización enemiga. Tras
una breve visita del científico y la chica, oops, la científica, al
planeta Metaluna, éste es efectivamente destruido, y el último
superviviente de la raza, su reclutador, los devuelve a la tierra. Luego
muere en una especie de vuelo suicida con su platillo volante.
Mientras, pasan sustos debido a la intrusión de un mutante de una raza
de esclavos creada por los extraterrestres (este mutante inspiró a Tim
Burton para Mars Attacks, y el rayo transportador del platillo y los
científicos abducidos son retomados en una aventura de Tintín, Vuelo 714
para Sidney).
En esta película, los planes de desarrollo nuclear
de los EE.UU. son pacíficos: el científico pretende dominar los
secretos de la naturaleza. Pero la guerra fría, recalentada, se ha
transportado el espacio, donde la energía atómica tiene una finalidad
"defensiva" para crear un escudo alrededor de Metaluna: la bomba, a
fuerza de hacerse impensable, se trasluce. Los efectos de una impotencia
nuclear aparecen ilustrados en el fin del planeta Metaluna. Los
científicos abducidos recuerdan a la fuga de cerebros que se asoció a la
primera fase del programa espacial y nuclear americano. El secretismo,
espionaje mutuo y halo de traición que rodea a la mansión donde los
extraterrestres han montado su laboratorio en la tierra hace pensar en
el maccarthismo y la paranoia de vigilancia por el temor a la
infiltración de espías soviéticos. La película utiliza todos estos
elementos reales o ligeramente refractados de la actualidad política y
mediática, para desplazarlos al espacio: pero la lección que se llevaron
los metalunianos sólo puede aprovechar a los terráqueos. En cuanto al
mutante, como ser obviamente masculino y potencial violador de la
científica-chica, representa sin duda no sólo los resultados repugnantes
o peligrosos de la experimentación nuclear, sino también un principio
masculino amenazador con el que tienen más en común de lo que quieren
reconocer tanto sus creadores como el protagonista - que protege y guía a
la chica constantemente como si fuese coja, pero va a contribuir con
sus experimentos a que la Tierra se vuelva un poquito más como Metaluna.
The
Day the Earth Stood Still. Aquí aterriza un platillo volante, en el que
viajan un extraterrestre a todas luces humano y un robot que parece un
Famovil hipertrofiado. Los humanos reaccionan con histeria, disparan
repetidamente contra el extraterrestre (menos mal que resucita). El
extraterrestre huye de un hospital, se infiltra en una familia de viuda
con huérfano, se mueve como un espía soviético en medio de una sociedad
altamente paranoizada por los medios de comunicación. Medita sobre los
horrores de las guerras, y demuestra su poder superior haciendo que
todas las máquinas de la Tierra dejen de funcionar a la vez durante un
día (sin causar víctimas). Anuncia que su robot, y una raza de robots
como él, actuarán como vigilantes para la humanidad. Ésta ha de
renunciar a la guerra, y unirse a otros mundos amantes del progreso y la
carrera espacial, o será destruida sin piedad por esos vigilantes
inflexibles, como una raza no merecedora de existir.
El robot
también transporta chica desmayada en brazos, a la manera de algunos de
los mejores monstruos de serie B, y así deja clara, por si había dudas,
su asociación con una masculinidad mecanizada y asociada más a Tánatos
que a Eros. Es quizá a través de este robot, bomba exterminadora de
aspecto humanoide, donde se ve más claramente el parentesco entre la
bomba y los principios masculinizados de competencia, control, violencia
y autodestructividad fanática. De hecho, la Bomba también es simbólica,
un símbolo materializado de esos principios: el Falo Apocalíptico
Definitivo. Pero son principios que en esta película se nos presentan
como benevolentes, y provinientes de una civilización superior. La bomba
es necesaria para mantener a la humanidad en paz. La logic of
deterrence busca aquí una justificación ultraterrena; se presenta como
inspirada por una visión que trasciende las guerras pasadas. La bomba es
el ingenio que, conteniendo la guerra final en sí, acabará con todas
las guerras, a la manera del misterioso artefacto al que alude Milton en
Lycidas:
But that two-handed engine at the door Stands ready to smite once, and smite no more.
Por
cierto, que en el relato que servía de fuente a la película, el "amo"
extraterrestre resultaba ser el esclavo de su robot-arma letal. Tal vez
esto resultaba demasiado revelador de cómo funcionan las cosas, y se
suprimió en la película. El motivo de una amenaza apocalíptica y
benevolente que actúa de modo aparentemente negativo sólo para hacer
posible la paz entre los hombres fue retomado en numerosas narraciones
de ciencia ficción. Es, sin duda, la alegoría de la bomba más a tono con
la política oficial de las potencias nucleares.
Un ejemplo se
encuentra en un personaje originado en la serie de los Cuatro
Fantásticos, el Silver Surfer (Estela Plateada). Este surfista espacial,
humanoide metálico de rostro impasible, era originalmente el emisario y
heraldo de Galactus, un descomunal coloso que a modo de faraón
megalomaníaco viaja por el espacio destruyendo mundos para extraer de
ellos su energía. Estela Plateada obtiene su libertad con una especie de
cambio de bando (no era tan inhumano después de todo). Junto con los
Cuatro Fantásticos derrota a Galactus, aunque su desprecio a la raza
humana le lleva a continuar siendo un exiliado del espacio. Regresa, y
esta vez es él y no Galactus quien personifica a la Bomba, ya dentro de
la lógica de la disuasión. Estela Plateada viaja por los continentes
sembrando destrucción, para obligar a la raza humana a olvidar sus
rencillas y descubrir una unidad de propósito en lo universal luchando
contra él: es, una vez más, una alegoría de la Bomba que bajo su
apariencia destructiva oculta lo que según esa lógica es la única paz
posible, la paz armada. No cuenta Estela Plateada en este episodio con
la avanzada tecnología del Ejército USA (permítase aquí un poco de
propaganda) que le dispara un misil que va absorbiendo su energía y casi
casi acaba con él: es un puñetazo de la Cosa lo que consigue enviar el
misil al espacio donde explotará inofensivo. Vemos que en este caso la
lógica de la Bomba se retuerce sobre sí misma, y aparece Estela Plateada
como un idealista peligroso, un terrorista bien intencionado al que hay
que detener y educar; el Ejército que lo iba a destruir también es
demasiado expeditivo, y los Cuatro Fantásticos son los que median entre
uno y otro extremo.
Esta ambivalencia o cambio súbito del sentido
de la alegoría es un fenómeno frecuente en los diversos tratamientos
que se dan a un tema que desborda y ofende a los parámetros "normales"
del pensamiento, y en el que naciones enteras han invertido energía e
ideología en grandes cantidades sin conseguir reconciliarlo con los
valores supuestamente humanistas e ilustrados que se supone las animan.
Desde que se aceptó la lógica de la Bomba, y sobre todo desde que hay
sólo una clara potencia con hegemonía mundial, el terror absoluto y el
orden mundial son en última instancia indistinguibles. Sin ser
maximalistas: en muchas ocasiones se distinguen todavía, como en muchas
se han mezclado antes, pero con la lógica de la bomba esta confusión
entre orden y caos, entre razón y demencia, ha alcanzado nuevas
dimensiones. "Si se supiera / lo que se presiente y no se dice / desde
que Hiroshima / nos dejó sin habla" - como decía el poema de Vázquez
Montalbán. Por ese no poder decir proliferan las alegorías de la Bomba,
que hacen lo posible por explicar lo inexplicable sin mirarlo
directamente - no vayamos a quedarnos ciegos del resplandor.
No os pongáis nostálgicos: ¡Que aquí van a salir hasta los chiripitiflaúticos!
José Angel -
Pues sí, y me las voy repasando de cuando en cuando... nunca ves lo
mismo dos veces. Ah, y muy interesante, por cierto, el artículo sobre
los helicópteros afganos, joaquim (pasen y vean).
joaquim -
Veo que al igual que un servidor se ha pasado usted las tardes de
los sábados de su infancia ante la tele, zampándose aquellas pelis
norteamericanas en blanco y negro de los primeros años cincuenta, en las
que todo eran invasiones de malignos platillos volantes y monstruos
resucitados en el Polo al estallar una bomba atómica experimental.
Películas
con efectos especiales rodados con dos duros, por cierto, pero aún
llenas de un encanto que jamás tendrán las superproducciones
posteriores.
Este día está todavía in medias res, y me resisto a contarlo todo
ab ovo gemino, porque no me pasa por ahí. Casi prefiero la estructura
de un cuento de Donald Barthelme, es decir, una colección de
observaciones y viñetas inconexas que reflejan con desencanto e ironía
lo que es nuestra vida postpóstuma. Por ejemplo, hoy se me podía ver, e
incluso fotografiar, dándole un mordisco a una máquina de Rayos X, y
después leyendo un cartel: "No abandone esta sala: vendremos a por Vd."
Al fondo de un pasillo se ve una mano con un paquetito amarillo que pone
"Felicidades" (El focalizador es Pibo. El regalo no es mío, la mano
sí). Dos sres. bajitos conversan: "Ivo eres un gusano" - "Ahora te voy a
hicnotizar". Recibo un mensaje de correo electrónico de la Agencia
Tributaria: me llama cuatrero, y me da un algo de pronto. Otro mensaje
electrónico me felicita parodiando a Marilyn felicitando a Kennedy.
Discuto con una alumna las condicionantes biográficas y psicológicas del
cuento "Observaciones secretas de la chica-cabra": ¿por qué la
observadora se identifica con la chica-cabra? ¿Por qué nosotros nos
identificamos con ella? (¿Y por qué no se deduce que nos identificamos
con la chica-cabra?). También entran en la discusión los hábitos
financieros de Oliver Goldsmith, que era un gastador. Yo por mi parte me
he autorregalado una colección de 21 discos de Juliette Gréco. Decía
Ritzer que el shopping mall es el centro espiritual de la sociedad
macdonaldizada, pero la McDonaldización ya está superada, la sociedad va
camino de su Amazonización. Goldsmith habría chafado allí su Visa Gold,
de tenerla. Juliette no tiene veinte años, pero en los 20+1 discos de
su carrera desde los años 40 a los dos miles aparece forever young.
Ajusto los cuatro retrovisores de la moto para que mirando sin enfocar
la vista ofrezcan una imagen continua- "en retrovisión", pienso, "en
retrovisión". Carefree highway, let me slip away on you. Pego carteles
con furia por el campus, por acabar pronto, convocando a la
manifestación de esta tarde; anuncio su fracaso anticipado por la World
Wide Web. También hago octavillas, con vagas acusaciones y quejas contra
diversas instancias académicas.- "Dónde está la guillotina?" - "¡Que no
te sirve, que no caben cabezas!" Un gusano... "un gusano maligno acaba
de infectar su ordenador" - pero no es Ivo. Sí me ha desafinado Ivo la
guitarra: pero la afino, y trun trun trun, canto "Faut faire avec", del
difunto Bécaud, extraída en unos segundos de la red como un pececillo.
En una hoja de papel de la Escuela Graduada de Biescas, que esperó años
en blanco en el baúl de los recuerdos, ha aparecido una figura extraña.
"¿Qué es esto? ¿un paramecio?" - "Sí. Papá, tenemos un legalo." - "Lo he
hecho yo". - "Y yo le he puesto la pegatina." (El regalo es un libro de
Gino Galuppini, Acorazados de todo el mundo. Elegimos el Indomptable ,
el Jaureguiberry y el West Virginia). Vuelvo a la guitarra: "Country
Roads". Seis chinos rodean una borla de alfileres, imposible saber la
escala a la que esto está representado. Tampoco es fácil saber quién no
paga nunca en la frase: "pero es que no paga nunca, de verdad. Es una
cosa de cabeza". Aquí falta información. En todo caso, después de mucho
hablar sobre el tema, me levanto y pago yo, "bueno, pago yo esta vez, no
vaya a ser una indirecta la conversación que llevábamos". Otros dicen
que pago demasiado, como Goldsmith, o Asem, the Man-Hater: este caso
sugiere que a veces los efectos son contraproducentes, que es mejor
seguir el golden mean (el tacaño de oro); pero siempre y en cualquier
caso somos nuestra primera inversión, aunque a veces por caminos
inescrutables. "Otro legalito". "Es que es tu cumpleaños, por eso te
damos legalos". "Oh, genial, lo compré yo hace años. Viaje al Centro de
la Tierra. No tiene nada que ver con Julio Verne" - "Felitz...
felicidad. A que son bonitos tus legalos. A que te gustan." - "Por qué
no nos enseñas tu esqueleto, papá." Por carta me han felicitado el
director de El Corte Inglés y una amiga de Agen que telefonea a unas 200
personas cada día (luego me escribe). Ah, mi maestra de la Escuela
Graduada de Biescas ha pintado un cuadro con una vista de Alquézar, y me
lo ha regalado. Recuerdo cuando subía yo hacia Alquézar desde el Vero,
qué añicos... a este paso no sé si termino de escalar la cumbre de este
día.