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lunes, 15 de septiembre de 2025

La Conquista del Reino de Maya

Transcribo un pasaje del capítulo final, "Sueño de Pío Cid", del libro La Conquista del Reino de Maya, de Ángel Ganivet (1897). Ganivet es, supongo, de la Generación del 98, pero más que nada por su muerte en ese año, y por su ambivalente y extremado regeneracionismo. Extremado lo era, el hombre, si suicidó antes de terminar el año de su generación y sin tiempo de catar el siglo XX, que a buen seguro no le hubiera hecho cambiar mucho de ideas. Su protagonista, Pío Cid, "el último conquistador español", civiliza a modo de figura semidivina el reino de Maya, allá por Ruanda o Zaire, ignorante entonces de los europeos y de otras naciones. No les predica el cristianismo ni les planta la bandera de España, sino que hace trabajos más preliminares, experimentos de ingeniería social tales como cambiar los derechos de herencia y propiedad, las leyes de familia y raciales, introducir el dinero, el funcionariado, el regadío, las artes plásticas, la tauromaquia, modificar la vestimenta y la sociabilidad, el alumbrado, etc.—de modo a veces harto caprichoso; el libro es todo un tratado fantasioso de ingeniería social a manos de un caprichoso ilustrado. Vuelve a España de su fantástico reino pobre como salió, y en un epílogo o sueño dialoga sobre su obra civilizadora con el que parece ser el fantasma de Hernán Cortés, otro ingeniero social más hispanófilo que este Pío, y más de armas tomar, pero también gran idealista, al menos en la versión de Ganivet...

En fin, transcribo aquí unos pasajes sólo para que se vea cómo se las gastaban nuestros clásicos, nuestros regeneradores del 98, que en cierto sentido siguen siendo nuestros referentes tras su larga influencia en el siglo XX. Se agarren... 

(...)

—Hay, sin embargo, un punto en el cual mi conciencia no me absuelve: el de los sacrificios. Cuando veo el respeto casi supersticioso que en Europa se tiene a la vida de los hombres, las prolijas formalidades que están en uso para imponer la última pena, me horrorizo recordando la serenidad, por no decir la frescura, con que yo les separé la cabeza de los troncos a las ciento cincuenta y cinco nueras de la reina Mpizi, junto a la gruta de Bau-Mau.

—No comprendo ese horror; antes estoy convencido de que el progresivo envilecimiento de las naciones cultas proviene de su ridículo respeto a la vida. El principio jurídico fundamental no debe ser el derecho a la vida, sino el derecho al ideal, aun a expensas de la vida. Yo repruebo resueltamente el sacrificio de vidas humanas si los móviles del sacrificio son el engrandecimiento pasajero de este o aquel país, las disputas sobre propiedad, jurisdicción, supremacía y demás mezquindades en que los hombres se interesan. Tal es también tu sentimiento, puesto que habiendo asistido impávido a mil degollaciones en Maya, estuviste a dos dedos de perder el juicio sólo de oír a los accas el relato de una decapitación y un festín, en los que no tenías ni arte ni parte. [Cuando los antropófagos devoran a un misionero británico].  Pero el noble sacrificio de las mujeres de Mujanda en aras de su fidelidad conyugal o la muerte en las corridas de búfalos, tan bella, tan artística, parécenme que, lejos de degradar al hombre, le ennoblecen mucho más que su desmesurado apego a la vida y su cobarde aspiración a terminarla en un lecho, agarrado hasta el fin a los jirones de carne que le emponzoñan el espíritu con su fétida emanación. Amable es la vida; pero ¿cuánto más amable no es el ideal a que podemos elevarnos sacrificándola? De igual suerte, con ser la Biblia libro de tantos quilates, yo no vacilaría en destruir el único ejemplar que xistiese en el mundo si había de servirme para prender fuego a tantas ciudades degradadas del presente o del porvenir. Yo amo a los hombres; si me dieran el mando de grandes ejércitos para emprender nuevas conquistas y para triunfar en nuevos combates, lo rechazaría, porque creo que ha llegado la hora de que cese la eterna disputa, el viejo afán del efímero poder; pero no vacilaría en ponerme al frente de hordas amarillas o negras que por Oriente o por Mediodía, como invasores sin entrañas y proféticos verdugos, cayeran sobre los pueblos civilizados y los destruyeran en grandes masas, para ver cómo entre los vapores de tanta sangre vertida, brotaban las nuevas flores del ideal humano. En el paso de la barbarie a la civilización se encuentran siempre las mayores crueldades de nuestras historias como para indicar que esa eflorescencia de los ideales exige un riego abundantísimo de sangre de hombres. Y lo que hoy llamamos civilización, bien pudiera ser la barbarie precursora de otra civilización más perfecta, así como en Maya la aparente civilización de hoy es sólo el anuncio de un esplendoroso porvenir, al que la nación camina con paso firme bajo la dura mano de tu hijo Josimiré.

 

Es curioso cómo aquí la decadencia se critica y se ejerce egregiamente, por la vía de desear la destrucción de Occidente, ese occidente que cada vez deriva más hacia el poniente; pero idealistas como Ganivet o Pío Cid parecen querer revitalizarlo al estilo de Espronceda (en el Canto del Cosaco) por vía de la exterminación e invasión de hordas bárbaras que vienen a por el espléndido botín. En ello estamos, aunque, como decía Brassens, de mort lente. ("Mourons pour des idées, d'accord, / Mais de mort lente / D'accord, mais de mort le-e- e- e- en - en - te...."). De todos modos puestos a puntualizar algo le diría yo a Pío que en el paso de la barbarie a la civilización se encuentran las mayores crueldades registradas o de las que queda constancia, pero que es posible que sean chiquitas al lado de las que quedan sin registrar y sin constancia por parte de monje alguno en el paso de la civilización a la barbarie.

Y, lo que digo, ojo con pasarse de dosis con el regeneracionismo. Que un poco gusta, pero mucho agobia.

Ganivet, el primer hipster avant la lettre, no se quedó para ver la caída en la barbarie de la Tierra del Atardecer. Nos dicen en el prólogo-epitafio, creo que es Federico Sáinz de Robles,

Cuando en un barco, sobre el golfo de Riga, Angel Ganivet esperaba la llegada de su esposa, cayó al agua... y las aguas frías y violadas del Dwina guardarán eternamente este secreto: ¿cuál fue su último gesto?





miércoles, 27 de agosto de 2025

Retropost, 2005: Gibbon y la Decadencia

 

Gibbon y la Decadencia

Me he comprado un libro que se anuncia como la Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano de Gibbon (RBA, 2005) pero que lamentablemente es sólo una traducción de The Portable Gibbon, versión recortada y resumida por Dero A. Saunders. Esto sólo lo sabe uno cuando ya ha comprado el libro, porque en la cubierta no dice nada de eso, y va bien envuelto en plástico. En fin, quien quiera leer a Gibbon, mejor que lo haga en inglés, o en la edición publicada por Turner en 1984. (Hay otra traducción de 2003 que no he visto, de Nuevas Ediciones de Bolsillo, que parece también completa). Es incómodo que te pase esto al comprar un libro.

Hablando de comodidades, he aquí parte de la sección dedicada en esta historia a Cómodo (el emperador de Gladiator, para los amantes del séptimo):

"Eufórico con estas alabanzas, que gradualmente fueron extinguiendo su vergüenza natural, Cómodo decidió mostrar ante los ojos del pueblo romano los ejercicios que hasta el momento había restringido al interior de los muros de su palacio y a la presencia de unos pocos favoritos. El día fijado, la adulación, el temor y la curiosidad atrajeron al anfiteatro a una innumerable multitud de espectadores y se concedieron algunos merecidos aplausos a la infrecuente habilidad del protagonista imperial. Apuntara a la cabeza o al corazón del animal, la herida era segura y mortal. Con flechas de punta en forma de media luna, Cómodo era capaz de interceptar la rápida carrera y cortar por la mitad el largo cuello huesudo del avestruz. Soltaron una pantera y el arquero aguardó hasta que ésta saltó sobre un tembloroso malhechor; en ese mismo instante, el animal cayó muerto y el hombre no sufrió ningún rasguño. Las puertas del anfiteatro vertieron simultáneamente un centenar de leones; cien flechas, lanzadas por la mano certera de Cómodo, los mataron mientras corrían furiosos por la arena. Ni la mole del elefante ni la piel escamosa del rinoceronte los defendían de su ataque. Etiopía y la India entregaron sus productos más extraordinarios y fueron muertos en el anfiteatro varios animales que sólo se habían visto en representaciones artísticas, o tal vez, de la imaginación. En estas exhibiciones, se tomaba todo tipo de precauciones para proteger a la persona del Hércules romano del salto desesperado de cualquier fiera salvaje que pudiera olvidar la dignidad del emperador y la santidad del dios". (101-102).

Y luego se mete a gladiador - "El emperador combatió bajo esta condición en setecientas treinta y cinco ocasiones"... Vamos, que Ridley Scott se quedó corto allí donde más exagerado e improbable parecía (si bien Gibbon parece más crédulo con los milagros de los emperadores que con los de los santos).

Contrasta la furia carnicera de Cómodo con la furia tranquila y fría pero no menos letal de Gibbon, cuando ironiza sobre los protagonistas de su historia. Los cristianos, por ejemplo, son poco perseguidos en estos anfiteatros con el pilum o las flechas, pero no escapa uno sano de la afilada pluma del historiador. Al teólogo Orígenes, que se castró a sí mismo para evitar las tentaciones de la carne (supongo que por aquello de que si un miembro te escandaliza lo arrojes lejos de tí...) le cuelga Gibbon esta nota a pie de página: "Puesto que tenía por costumbre interpretar las Escrituras de modo alegórico, resulta desafortunado que sólo en este caso las entendiera en sentido literal".

La historia es para Gibbon el largo desfile de la crueldad, la ignorancia, la estupidez y el fanatismo. Y lo más triste del caso es que era un optimista: "No sabemos hasta dónde puede aspirar la especie humana en su avance hacia la perfección, pero podemos asegurar con certeza que ningún pueblo, mientras no dé un vuelco la naturaleza entera, volverá a caer en la barbarie original" (455). No conoció el siglo veinte, y no podía creer que la barbarie civilizada y tecnológica puede ser peor que la barbarie original, o al menos más eficaz. Aunque también los romanos le podían haber enseñado algo al respecto.

PAÍS DE BORREGOS