Tres textos sobre Caupolicán (o Teopolicán), jefe del alzamiento araucano contra los españoles en Chile, hacia 1558.
1) En su momento de gloria, según el soneto de Rubén Darío:
Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
Más amplio y panorámico el soneto de Jesús Santos Chocano:
Ya todos los caciques probaron el madero.
«¿Quién falta», y la respuesta fue un arrogante: «¡Yo!»
«¡Yo!», dijo; y, en la forma de una visión de Homero,
del fondo de los bosques Caupolicán surgió.
Echóse el tronco encima, con ademán ligero,
y estremecerse pudo, pero doblarse no.
Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero,
y estuvo andando... andando... y andando se durmió.
Anduvo, así, dormido, vio en sueños al verdugo:
él muerto sobre un tronco, su raza con el yugo,
inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual.
Por eso, al tercer día de andar por valle y sierra,
el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra
¡como si el tronco fuese su propio pedestal!
Y terrorífico el tercero el final del capítulo CXXXVI de la Crónica de los Reinos de Chile, de Jerónimo de Vivar:
E teniendo aviso el teniente Alonso de Reinoso de la junta que se hacía, y que si esperaba ocho días se juntaría toda la tierra, y que al presente no tenía más de tres mil indios, apercibió a don Pedro de Avendaño con sesenta hombres y diole una india por guía. E saltó de noche e caminó lo más secreto que pudo. Llegó ya que amanecía al fuerte, y como los indios estaban descuidados y llegados los españoles de repente, luego huyeron los indios. Y en una casa prendieron al Teopolicán y muchos indios e indias.
E viniendo por el camino acertó a encontrar una india que era mujer del Teopolicán e traía un niño de un año. Y como ella no pensaba que venía preso el Teopolicán e le vio, comenzó a decirle:
"¿Cómo? ¿Tú eres Teopolicán, el valiente que decías que no te había de parar cristiano que no le habías de matar, y a ti alzaron por general de la tierra, que ansí te dejaste prender de los españoles? ¿Y parécete cual vas atado e que tenga yo hijo de un hombre tan cobarde como tú?" E lo arrojó de una cuesta abajo, e murió el niño. Cierto me parece grande ánimo y esfuerzo de mujer, e que la podíamos comparar aquella buena mujer cartaginesa que se metió con dos hijos en el fuego, porque el marido se había entregado a los romanos. E llevado el Teopolicán a la ciudad fue empalado. Y ansí pereció este mal indio tan enemigo de los españoles.
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