Hay un pasaje revelador al final de La aparición del hombre, de Pierre Teilhard de Chardin. Se trata de un libro de antropología científica en su mayor parte, que sin embargo en sus últimos movimientos, en concreto en el ensayo final sobre "Las singularidades de la especie humana", deriva hacia la fantasía transcendental y el misticismo.
Es de gran interés su capítulo sobre la convergencia de la especie humana, convergencia globalizada tanto biológica como comunicativamente. Puede leerse aquí, junto con un comentario desde la actualidad; en la teoría del Punto Omega formula Teilhard su propia versión de lo que otros llaman hoy la Singularidad. El momento (quizá difuminado o extendido) en el que la especie humana da lugar a una inteligencia posthumana, derivada de ella pero que la trasciende. Trascendencia tecnológica en el caso de los profetas de la Inteligencia Artificial; trascendencia espiritual-mística en la visión de Teilhard.
Pero lo que quería enfatizar aquí es un pasaje de orden teológico en el que Teilhard mezcla consideraciones de otro orden, atendiendo a la finalidad y justificación de los esfuerzos humanos. Y aparece aquí, en el seno de su particular pensamiento cristiano, un curioso nihilismo antihumanista y casi abiertamente antihumano que ya señalábamos con ocasión de comentar sus incursiones en la mística (ver "Mejor sin nadie"). Allí Teilhard se sumergía en la contemplación divina y veía la existencia de otros humanos aparte de él como una distracción, interferencia o molestia; una actitud que en principio parece poco cristiana, en alguna de las acepciones más comunes de lo que pasa por ser cristiano.
En este transcendentalismo posthumanista, en cambio, sí se reconoce un fuerte componente cristiano, en el sentido de que nuestro reino no es de este mundo, sino que en última instancia para Teilhard y para el cristianismo la humanidad se realiza plenamente trascendiéndose a sí misma en un más allá que apenas podemos concebir—mientras que el más acá es el reino de la muerte, la imperfección, el pecado y las pruebas a las que nos someten la vida y la experiencia, un lugar donde purificarse todo lo más en espera de algo mejor. Espero que se capte la idea (y evito entrar en disquisiciones sobre si el cristianismo se contradice a sí mismo con estos presupuestos o apetencias transmundanas y transhumanas).
Cito el pasaje en cuestión, del final de "Las singularidades de la especie humana". La singularidad central, lo adelanto, es que es una especie que busca transcendencia, para empezar transcendiéndose a sí misma en un sentido que va más allá de la mera querencia por vivir que se manifiesta en todo ser vivo:
Pues bien: visto y admitido esto (aludo al hecho de una irresistible tendencia de la Weltstoff a ser más bien que a no ser), ¿cómo darnos cuenta de que inmediatamente se plantea una cuestión ulterior, es decir, la de saber si eso que confusamente llamamos "preferencia por el ser" no se revelaría, al ser analizado (en el caso de lo Reflexivo), como un vector psicológicamente complejo formado por varios componentes primarios, a la acción de los cuales no podría escaparse conciencia primaria alguna, sean cuales fueren las modalidades individuales de su temperamento? Más precisamente, la idea de ser, en el idioma universal humano, ¿designa cualquier forma de supervida? O, más bien, ¿significará el término (análogamente, en todos los casos) ser para siempre y emerger del todo?... He aquí algo sobre lo que me parece esencial atraer la atención no de los metafísicos, sino de los físicos, insistiendo sobre la desactivación radical de la Energía que en el término de la filogénesis en curso implicaría para el Hombre la previsión, sea de un aniquilamiento total, sea tan sólo de una situación disminuida.
En tratándose de evidencias tan primitivas y fundamentales que sólo podrían compararse a nuestra percepción (tan indiscutible como inexplicable) de un espacio de tres dimensiones, es imposible de "demostrar". Y en este caso concreto lo único que por mi parte puedo hacer es remitir a cada cual al testimonio de su conciencia, o, al menos, de su subconsciencia mejor analizada. En este momento, lo sé, muchos excelentes obreros de la Tierra imaginan que todavía pueden trabajar de todo corazón y a pleno rendimiento sea cual fuere la suerte reservada ulteriormente al fruto de sus descubrimientos. Pero, a decir verdad, yo no puedo creerlos. Porque cuanto he podido descifrar (en ellos y en mí mismo) respecto a los verdaderos motivos que alimentan, en definitiva, la pasión humana de saber y de hacer, no ha dejado de persuadirme de que, a pesar de toda suerte de negaciones, lo que sostenía a los científicos más agnósticos en su esfuerzo, y aun a los más escépticos, era la convicción oscura de estar colaborando, como decía el viejo Tucídides, en una obra que jamás ha de tener fin.
En un primer tiempo (ayer), el Hombre, que hasta entonces se imaginaba ser fijo o estar fijado, se dio cuenta, de pronto, de que continuaba moviéndose biológicamente.
En un segundo tiempo (hoy), he aquí que poco a poco se despierta ante la idea de que esta ultraevolución le unifica sobre sí mismo.
En un tercer tiempo (mañana), ¿no puede preverse seriamente que irá dándose cuenta (con una conciencia cada vez más aguda) del hecho de que esta convergencia biológica no es interesante, en verdad, más que si al término de su operación salva irreversiblemente y en su totalidad la esencia lentamente destilada de lo Reflexivo y de lo Correflexivo?
Como un minero sorprendido por ua explosión en la galería y que se tiende sin esperanza de hallar camino al aire libre, el Hombre (cuanto más Hombre es) no podría continuar por más tiempo ultracerebralizándose a capricho de la Evolución y sin preguntarse si el Universo, arriba, se halla abierto o cerrado, es decir, sin plantearse la cuestión definitiva (la cuestión de confianza...) de saber si la luz hacia la que la Humanidad dirige su deriva por autodisposición de sí misma significa, en efecto, un acceso al aire libre o bien si corresponde tan sólo a una claridad momentánea de la noche, y en este caso me atrevo a jurar qeu no tenemos más salida sino declararnos en huelga frente a la Naturaleza y detenernos.
(326-28)
Aquí expresa Teilhard su sentimiento o convicción de que la vida humana no tiene sentido sino trascendente, y en la trascendencia; el movimiento y cambio de la vida es valioso no en sí, sino en cuanto contribuye a algo o conduce a algo. Que sería el equivalente de la salvación cristiana, o la salvación cristiana sin más, convertida en un transhumanismo por una extraña operación de identificación, un cristianismo evolucionando hacia un Punto Omega que es una creación de Dios invertida—un poco como en aquel episodio del Dr. Strange de Marvel en el que el villano (contemplado por el Dr. Strange a modo de Dante) se movía hacia atrás en la Historia, y hacia adelante en el cómic, progresando y regresando, absorbiendo energías de las distintas etapas de conciencia de la Humanidad, hasta que culminaba o explotaba en su identificación con el Dios creador del génesis. Un génesis invertido, también aquí en Teilhard, una evolución hacia el espíritu en la que el Universo acabaría generando a Dios en la forma del Punto Omega.
Pero el único valor está en para Teilhard en el destino, no en el viaje en sí, o en el viaje sólo en la medida en que promete un destino prometedor. El ser humano está llamado a la salvación y al más allá, tanto al nivel del individuo (que sólo se realiza en su trascendencia) como al nivel de la especie. La vida (y aquí podemos recordar la crítica de Nietzsche al cristianismo) no tiene valor en sí, en este mundo, sino sólo en el otro mundo. La vida es una pasión inútil, como diría Sartre, y parece Teilhard concurrir con él en tanto en cuanto la vida se agote en una vida sin trascendencia en este transcendental transhumanismo.
En última instancia se desvela aquí también el nihilismo que señalábamos en el misticismo de Teilhard. La vida humana no tiene ningún valor o justificación en sí misma, sino sólo en cuanto tránsito hacia algo que en sí tenga ese valor (no sabríamos cómo sería si no es, en algún sentido, una vida) o que al menos la justifique por el hecho de conducir hacia esa vida mejor y más trascendente, una obra que jamás ha de tener fin, por volver a Tucídides.
Pero asoma aquí una contradicción insuperable. Si nada tiene sentido en el presente, nada permite suponer que lo tendrá retrospectivamente, en cuanto que ha conducido a algo. Si la vida humana, o la vida, no tienen sentido en su mismo ser, nunca pueden alcanzar sentido en algo más allá de ellas.
En suma, vemos en Teilhard al fin y al cabo una perspectiva muy cristiana, en la que en todo caso aparecen más visibles algunas contradicciones o paradojas del cristianismo. La vida humana no tiene sentido más que a través de la muerte, y sin embargo no tiene sentido en sí precisamente porque hay muerte. El ser humano no tiene sentido si se extingue, si hay muerte, si nuestros esfuerzos no tienen fin (finalidad) trascendente, si (en otro sentido de fin) tienen fin, y terminan en nada. El camino, o la vida, no valen nada (para Teilhard) sin su meta. Es una perspectiva quizá cristiana. Pero no es humana en el sentido de que la vida humana están llenas de pequeños logros y pequeños objetivos y motivaciones, no está sólo movida en función de un sentido que siempre las trasciende y siempre está más allá.
El ser humano es mortal, pero el cristianismo le ofrece, para superar su mortalidad, la ilusión de ser inmortal. Los inmortales constituirían, también, una humanidad inmortal. El problema lo tiene Teilhard cuando, colocándose al margen de su perspectiva cristiana, concibe con horror un ser humano mortal sin más que a su vez conduce a una humanidad mortal sin más. No puede aceptar esa perspectiva, y eso le lleva a unas conclusiones improcedentes que llevarían a negar el valor y sentido de toda vida humana que no sea inmortal en algún sentido siquiera remoto. Hay aquí una afirmación de la escatología cristiana a la vez que una reducción al absurdo de la ética cristiana. Por así decirlo, se muestra la contradicción entre la escatología y la ética, o se las fuerza a un enfrentamiento que de ordinario rehuyen. Hay una negativa a aceptar la realidad e inevitabilidad de la muerte y de la condición mortal del ser humano (y la condición finita de todos los seres), en una maniobra que hace colisionar el plano espiritual cristiano con el plano histórico de los logros de la humanidad, por la vía buscar asentar uno en otro— y eso más bien parece reducir al absurdo las creencias cristianas antes que proporcionarles una base más firme o conciliable con la ciencia.
Por suerte, tanto nosotros (mayestático, los autores y lectores implícitos de este artículo) como nosotros (la humanidad en general) vivimos la acción, la existencia y sus fines como algo mucho más autosustentado y menos trascendente. La vida vale la pena ahora, y en un sentido habrá valido la pena una vez hayamos desaparecido —no entonces, cuando no habrá nadie mirando hacia atrás, sino retroprospectivamente, cuando nos imaginamos imaginando desde un futuro (en el que sabemos que no existiremos) ese momento transitorio que duró y tuvo sentido aunque ya habrá pasado—es decir, ahora.
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