Retropost, 2010:
Los
poderosos engañan. Creen tener un acceso privilegiado a la realidad, y
utilizan esa perspectiva dominante para dominar. Con frecuencia para
dominar engañando. Pero también se engañan —los poderosos de cartera, e
incluso los poderosos de mente— porque su perspectiva supuestamente
dominante no es tal, o es sólo parcialmente dominante, y hay vías de
acceso a la realidad y aspectos de la realidad que escapan al control de
las mentes más vigilantes, y de las mejor y de las peor intencionadas.

Los poderosos (se) engañan.
Es al menos la opinión que manifiesta Teun A. van Dijk en su libro Ideología: Un enfoque multidisciplinar. Me están resultando especialmente interesantes las secciones sobre el papel de las élites en la formulación de las ideologías:
"Una cuestión, formulada a menudo en psicología política, es que aún no
se sabe si, en verdad, grandes grupos de personas tienen efectivamente
una ideología más o menos explícita o articulada. Ellos pueden compartir
unos pocos principios y objetivos, pero no una ideología 'completa'.
Esas ideologías más detalladas y explícitas están, entonces, atribuidas
específicamente a los líderes, los intelectuales, las elites o,
directamente, los 'ideólogos' de tales grupos" (219)
Son las élites las que tienen acceso privilegiado a los medios de
comunicación, y son las que difunden, a menudo en forma indirecta u
orientativa, los mensajes de dominación que luego encuentran una
formulación más cruda, simplista o extremista en los grupos que comulgan
con tales ideologías (el ejemplo en el que más se centra van Dijk es el
racismo o el prejuicio contra los inmigrantes).
"Los expertos tienen acceso a un número creciente de formas variadas del
discursos, pueden comunicar más a menudo y más explícitamente las
ideologías de su grupo y pueden, en consecuencia, desarrollar sistemas
ideológicos más minuciosos y más 'articulados'. Pueden estar más
familiarizados con los argumentos ideológicos contra sus opiniones
ideológicas, y pueden, por lo tanto, ser más hábiles en los
contraargumentos ideológicos, lo que nuevamente puede contribuir al
desarrollo de actitudes e ideologías más detalladas" (219).
Las ideologías se 'inventan' conjuntamente, por intereses de grupo, son
formuladas incipientemente sobre la base de muchas experiencias
compartidas, pero adquieren un desarrollo teórico explícito y elaborado
en el discurso de unas minorías de elites e ideólogos—que a su vez
refuerzan la concienciación de las masas. Aunque son ellos quienes dan
forma específica a las formulaciones ideológicas, estos discursos sólo
calan y se vuelven influyentes si adquieren un cierto apoyo colectivo.
La dominación no es simple o unidireccional, sino que hay conflictos de
ideologías, portavoces de grupos marginales frente a los de las
ideologías dominantes. Y ahí es donde encontramos el problemático
principio expuesto por van Dijk, o sea, la visión privilegiada o "clara"
de los subalternos, frente a las manipulaciones de la ideología
dominante. En el influyente concepto marxista de ideología, se asociaba
ésta con una "visión engañosa" de la realidad, propalada por las clases
dominantes para favorecer sus intereses y mantener el status quo. Lo
cual presentaba el problema de la paradoja del observador: si
la ideología distorsiona la realidad, ¿cómo pretender un status de
verdad, no ideológico, para nuestro discurso sobre la ideología?
El marxismo clásico sentaba la cuestión presentándose a sí mismo como
una "ciencia" de las ideologías, no como una ideología más. Otras
visiones más críticas, como la bajtiniana, identifican ideología y
producción discursiva—no hay discurso científico que esté sin contaminar
por intereses ideológicos, sino que todo discurso brota en un ámbito de
confrontación dialéctica con otros discursos, incluido nuestro propio
discurso crítico sobre la ideología, el que pretende "presentar la
verdad" sobre la misma. (Sobre estas cuestiones escribí algo en los
felices ochenta, a cuenta de la teoría lingüística de V. N. Voloshinov,
en el artículo "The Chains of Semiosis" y en unas notas sobre El marxismo y la filosofía del lenguaje).
Veamos ahora lo que dice van Dijk al respecto, en uno de los momentos
del libro en los que se problematiza (aunque quizá sea mucho decir) la
posición del observador, es decir, del analista de la ideología, en una
sección del capítulo "Relaciones de grupo" (sección "Conflicto y
lucha"):
"La dominación generalmente conduce a la resistencia y la lucha para
vencer la desigualdad y la opresión. Una práctica común en el estudio de
las ideologías es la de asociarlas con la dominación y su legitimación.
Yo he propuesto que la resistencia también necesita una base
sociocognitiva en términos de valores, principios e ideologías
relevantes para el grupo, incluyendo sus conocimientos y actitudes más
específicas. Del mismo modo en que el ejercicio y coordinación del abuso
de poder necesita de una base ideológica, también la solidaridad
interna del grupo y la resistencia intergrupo necesita estar organizada
ideológicamente. Mientras que el interés del grupo dominante puede ser
el de disimular su abuso de poder y ocultar las formas de desigualdad y
sus consecuencias, los disidentes u oponentes pueden estar
específicamente interesados en dejar al descubierto y exponer la
dominación y la desigualdad, y en manifestar y legitimar como 'justas'
sus propias contraideologías. En efecto, ése fue el objeto del
'Manifiesto' Comunista, como lo fue para muchos otros manifiestos y
declaraciones (como las diversas declaraciones de derechos humanos).
Desde un punto de vista crítico, esto puede implicar que los grupos
dominantes favorecen la falsedad, el engaño y la manipulación, y que los
grupos dominados defienden la verdad, la franqueza y la persuasión
racional o emocional, esto es, objetivos con los que también pueden
coincidir los estudiosos." (213-14)
(Inciso—esto podría leerse en clave de nuestras batallitas departamentales...
El grupo dominante defiende sus intereses falseando deliberadamente la
realidad, y sabe que lo hace—con lo cual se produce la corrupción
intelectual de sus miembros, una variante de lo que Julien Benda llamaba la trahison des clercs, la traición de los intelectuales. El análisis de van Dijk vendría a concurrir con la apotegma clásica de que el poder corrompe,
quizá con el corolario de que el poder en la academia corrompe incluso
la visión clara de quienes aspiran a entender los mecanismos del poder, o
a hacer análisis críticos sobre ellos. Continuemos).
"Puesto que la mayoría de éstos [de los estudiosos o intelectuales] se
definen a sí mismos (ideológicamente) como personas que quieren
describir 'objetivamente' las relaciones sociales reales implicadas, sus
intereses en este sentido pueden a veces ser consistentes con las
verdades subjetivas, que sirven al interés propio, de los grupos
opositores" (214)
Es decir, los intelectuales deberían al parecer (según van Dijk) ponerse
del lado de las minorías para potenciar su claridad de visión. Y si con
frecuencia no lo hacen, arguye van Dijk, es por su propia ubicación
ideológica en las élites y los grupos dominantes:
"Sin embargo, puesto que sus ideologías de clase y profesión pueden al
mismo tiempo ser inconsistentes con los intereses y los reclamos de los
pobres, la izquierda, las mujeres o las minorías, la mayor parte de los
estudiosos (clase media, blancos, hombres, etc.) al mismo tiempo
prefieren ignorar esas demandas, mirar estratégicamente hacia otro lado y
llevar adelante su investigación 'objetiva' sobre tópicos menos
amenazantes.
De ahí la insistencia en la verdad (científica) de muchas de las
ideologías de oposición y de los estudios críticos de la ideología."
(214)
Es un poco como el razonamiento de Hegel sobre la dialéctica el amo y el esclavo.
El amo, mediante su dominación, se apropia de los bienes y del trabajo
del esclavo, pero este mismo proceso de dominación lo aliena de la
realidad—y es el esclavo el que permanece en contacto directo y
privilegiado con la realidad de las cosas, y quien siembra las semillas
del futuro.
Pero se aprecia aquí y en otros puntos del libro un cierto simplismo en el planteamiento de van Dijk—lo que podríamos llamar la otra
traición de los intelectuales, a saber, un prejuicio a veces poco
examinado precisamente porque favorece el complejo ideológico nebuloso
de la progresía—antirracismo,
feminismo, pacifismo, socialismo (o comunismo), tercermundismo,
proinmigracionismo, anticapitalismo, antiimperialismo, etc.—como
si tales elementos "progresistas" fuesen un bloque coherente o
consistente entre sí. Un simplismo que también aparece en la valoración
positiva, a priori, de frases igualitarias idealistas, como "las
mujeres y los hombres son iguales" o "los blancos y los negros son
iguales" o "los musulmanes y los no musulmanes son iguales"—cuando, en
principio, si fuesen iguales no estaríamos hablando de mujeres y de
hombres, de blancos y de negros, o de musulmanes y de no musulmanes.
Considérese, por ejemplo, la disyuntiva de tolerar o no tolerar
comportamientos o regímenes criminales en nombre de la tolerancia a lo
diferente. O, para la proposición "los hombres y las mujeres deberían
tener derechos iguales", la contradicción que esta frase aparentemente
feminista conlleva para las políticas de discriminación positiva,
abogadas por algunos feminismos.
En estos casos, se detecta en van Dijk una tendencia (característica de
una parte de la academia humanística) a presuponer que es el discurso
oposicional, subalterno, no occidental, marginal, etc., el que lleva la
razón, o el que debería contar, y cuenta, con la simpatía y afiliación
del analista. Es una manera, quizá, de reconocer la ubicación ideológica
del análisis (paradójica, porque habría que pensar que los
intelectuales se opondrían por benevolencia personal a los intereses de
clase de sus propios grupos). No es una manera de reconocer esa
ubicación ideológica muy satisfactoria, empero, por las muchas
presuposiciones no analizadas que introduce.
En efecto, contra lo que se ha dicho, los grupos marginales o
subalternos no tienen, a mi entender, un acceso privilegiado a la
realidad de las cosas, en tanto que tales. Pueden tenerlo, puntualmente,
en muchos casos—es decir, que puede ser real el fenómeno descrito por
van Dijk, o por Hegel. Pero no es generalizable. Un grupo marginal
también puede tener muchas otras clases de relaciones con el grupo
dominante. Puede tener una relación de parasitismo, por ejemplo. Puede
tener una relación aislacionista, haciendo primar la coherencia del
grupo sobre los lazos sociales más amplios, o sobre la relación racional
con la realidad. Un grupo marginal puede ser retrógrado, aferrado a
modos de vida o a nociones que han sido abandonadas por la generalidad
de la sociedad, pero que en ese grupo concreto se perpetúan por
intereses creados, por el control de las propias élites del grupo, etc.
En suma, que la relación entre realidad, racionalidad, poder y
subordinación no se presta a simplificaciones fáciles.
Más coherente parece por tanto este fragmento que sigue en van Dijk:
"Sin embargo, también sabemos que en muchos conflictos sociales,
económicos, políticos e ideológicos, la distinción entre verdad y
falsedad no es tan clara. Esta y otras razones teóricas sugieren que es
más adecuado adoptar un concepto general de ideologías, y dar por
sentado que las ideologías, por definición, representan los intereses de
un grupo social específico, sea o no que (en nuestra visión como
observadores, críticos o participantes) las creencias del grupo estén
basadas en análisis sociales verdaderos, demandas justificadas o
acciones legítimas" (214)
Con la verdad hemos topado, con la justicia y con la legitimidad. Vaya usted a definir qué es la verdad, o la justicia, o qué es legítimo.....
Y estas cuestiones no pueden definirse objetivamente: el propio
analista pertenece no a un grupo, sino a muchos, y está involucrado
activamente en la definición de lo que es verdadero, justo y legítimo.
Recuerdo que en mi libro sobre Acción, relato, discurso,
argumentaba yo contra la noción de que la ideología de un producto
cultural sea algo que esté "en el interior" de ese producto, algo
claramente aislable e identificable como su contenido ideológico: más
bien la adscripción de ideología es el resultado de un análisis, y el
análisis involucra tanto al objeto analizado como al analista. (Esto
podría relacionarse también con la concepción interaccionista simbólica del significado).
Vamos,
que no es sencillo (o más bien, es simplista) comprender la ideología
de un producto cultural, si no conocemos además la ideología de su
analista, y si no nos conocemos a nosotros mismos como elemento
involucrado en el análisis. Lo cual equivale a decir no que es imposible
saber nada, pero sí que la realidad es bastante más complicada de lo
que parece a primera vista, y más de lo que cabe en las teorías. Y el
análisis y comprensión de las ideologías y teorías, consideradas como
parte de la realidad que analizan, es otra dimensión más de complicación
añadida al problema.
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