La Terminal
Es la película de Steven Spielberg, Tom Hanks, Sacha Gervasi,
Andrew Niccol et al. (Dreamworks, 2004). Podría también llamarse El
Castillo, o Bartleby, o Esperando a Godot, porque algo tiene de todo
ésto, más un ingrediente de comedia romántica (frustrada al final) y
pequeñas historias de cada personaje sumadas a la central. Que es la
historia de Viktor Navorksi (Tom Hanks), un turista que se encuentra
atrapado administrativamente en la terminal de un aeropuerto neoyorkino
sin poder volver a su país en guerra ni obtener un visado para entrar a
los USA. Navorski se lo toma con paciencia, espera meses en la Tierra de
Nadie, en el espacio que no es ningún sitio, haciendo amistades,
encontrando maneras de sobrevivir sin recursos, y evitando caer en las
trampas administrativas que le tiende el malvado jefe de seguridad del
aeropuerto, que quiere pasárselo a la policía para quitárselo de encima.
Ante todo, planta batalla a la "irracionalidad de la racionalidad",
según frase de George Ritzer en La MacDonaldización de la sociedad, pues
es ésa la ley que impera en el aeropuerto. Acaba Navorski querido por
todos, y hasta liga con una bonita azafata (Catherine Zeta-Jones), pero
ésta está que se cuela por la pata pabajo por un piloto que nunca
abandonará a su esposa, así que vive también en la espera, en un eterno
triángulo vicioso. Navorski espera las llegadas de Z-Jones con tanta
ilusión como el visado que al final lo mande a alguna parte; el
aeropuerto se organiza cuando viene Z como una geografía erótica que le
permita seducirla, y lo consigue... por un rato. Luego cada cual sigue
su camino; termina la guerra y Navorski vuelve a su país tras una breve
visita a Nueva York (su misión original era conseguir la última firma de
uno de los grandes del jazz que le faltaba en la colección de su padre -
motor vital gratuito donde los haya). Luego se va, o vuelve, no sabemos
a qué, a Krakozhnia o al cielo, pero habiendo logrado si no el amor, sí
la dignidad humana y el cariño de todos los que le rodean en su pequeño
Gulag. Ella en cambio se queda de azafata en tierra; Zetajones está
hasta los, hasta allí, de su piloto, pero elige seguir en su espera
imposible y sin sentido... pero qué joder, the fucking sex was so great.
La estructura de comedia romántica se utiliza hábilmente, para
frustrarla y dar a la película un toque escéptico y desengañado dentro
de todo el optimismo sentimental a la Spielberg... porque, desde luego,
en mi terminal nadie se interesa tanto por nadie como la gente lo hace
aquí por Navorski, o él por los demás.
Es pues una película
sobre la espera y la esperanza ("Life is waiting"), sobre el sentido de
la vida, sobre el poder de la individualidad y las relaciones personales
frente a la burocracia deshumanizada. La terminal es, claro, una
terminal, con todo detalle, pero también es una alegoría de la vida como
lugar de paso. Quizá de paso hacia ninguna parte (no existe
"Krakozhnia"), pero un lugar en el que hay que habitar, improvisar o ir
tirando con lo que hay, y humanizarlo, frente a todas las presiones para
que seamos sólo números de serie que circulen rápidamente sin
obstaculizar el sistema. Una terminal es así el lugar postmoderno por
excelencia, el lugar donde el capitalismo ya ha logrado su máxima
expansión, y donde tras la parafernalia de letreros, superficies
reflectantes y franquicias, hay un estricto control de seguridad que no
es amable con los casos individuales. En una escena crucial, el jefe de
seguridad negaba el paso a un inmigrante con medicinas cruciales para
tratar urgentemente a su padre; Navorksi salva la situación diciendo que
había un error de traducción, y que la medicina era para una cabra (con
lo cual ya no se le aplicaba la legislación obstructiva). Así se tuerce
la ley para atender al caso individual, algo que el jefe de seguridad
no está nunca dispuesto a hacer. Es un judío estilo Shylock, que se
atiene a la letra de la ley, y a sus intereses, sin importarle el coste
para los demás. Por suerte, sus empleados se van volviendo contra él, y
al fin su jefe de policía, negro, se hace deliberadamente el ciego para
ayudar a Navorski (los negros, los inmigrantes, y los que van haciendo
un poco de slalom con el sistema son los buenos de la película). La
terminal ofrece un modelo de sociedad macdonaldizada en fase terminal,
nunca mejor dicho, pues su finalidad es procesar ("El Proceso") al
personal rápidamente, que entren y salgan a la mayor velocidad posible,
dando el menor número de problemas individuales, todos bien provistos de
los impresos necesarios, y comprando lo más posible mientras pasan a
toda velocidad y se pierden tras las puertas; sonrisa y patada en el
culo. Como le dice el jefe de policía a Navorski al abandonarlo a su
suerte en la tierra de nadie de la terminal, cuando éste le pregunta qué
puede hacer, "sólo hay una cosa que pueda hacer aquí, señor Navorski:
COMPRE." Frente a este consumismo frenético y alienante, Navorski luce
recursos únicos, viejas tradiciones, habilidad manual, inventiva. Todo a
la vez que parece un poco chiflado o subnormal por su manejo creativo
del inglés, por ejemplo, hablando con Z-Jones, "he cheats", me engaña,
se convierte para él en "eat shit". Todos sus recursos no le servirán,
sin embargo, para conservar a Z. Aunque la consigue seducir, el interés
erótico de ella por él es nulo. Navorksi le acaricia el alma, pero ella
desea las caricias de otra persona, y un poco de castigo también. Así
cada cual hace lo que le pide su cuerpo mientras dura la espera.
Hay otras frases memorables, y que traen ecos.... Z se queja a
Navorksi, diciendo, contra toda evidencia aparente "I am 39!"... "Oh",
dice Navorksi, (¡imposible!)- "I was 39 once"... Sólo le falta decir,
"tranquila, ya se te pasará".... aunque la frase me recuerda también a
aquella de Twelfth Night, "I was adored once"... Adorar no es
suficiente, sin embargo, hace falta querer ser adorada. La película está
cuidadísima, llena de detalles significativos o absurdos. Como la
oficial de pasaportes puertorriqueña, trekkie ella, y simpática, pero
inflexible con su matasellos: así es como funciona América. O, por otro
lado, la historia Gupta, el viejo barrendero, inmigrante indio, que tras
su aparición arisca acaba siendo encantador y saca también su
corazoncito de oro.... Y se arriesga, pues tiene posibles problemas con
la policía, y podría acabar en la cárcel por ayudar a Navorski. Gupta
parece al principio un paranoico creyendo que Navorski es de la CIA y
está espiándoles a él y a sus compañeros de póker... pero al final
resulta que sus peores sospechas sobre la vigilancia están justificadas,
aunque era el jefe de seguridad quien lo vigilaba y guardaba los trapos
sucios de los empleados como un as en la manga, para utilizarlos en
caso de que le fuera útil. Burócrata perfecto, el jefe de seguridad,
está detrás de las cámaras de vigilancia omnipresentes, dirigiendo el
aeropuerto al estilo de El Show de Truman, pero en la realidad nuestra,
que es un show de Truman; un toque metaficcional, esas pantallas dentro
de pantallas, algo muy al gusto de Spielberg desde siempre, y aquí
convertido en un arte metaficcional tan refinado que esconde el arte de
la metaficción, si tal cosa es posible. La realidad postmoderna de la
terminal nos ofrece de hecho la vida ya como experiencia metaficcional:
hay un desfase entre lo que el Sistema dice que somos, y lo que somos
vistos por otra cámara. La racionalidad terminal ya es aquí el trasfondo
móvil, la materia bruta, la selva primitiva donde hay que inventar,
cada día, en plan bricolaje, utilizando restos, rendijas, sobras, ratos
perdidos, una segunda civilización, nuevas maneras de mantenerse, o
hacerse, humano. Y, como en la canción de Tim Rice, "any dream will
do", una vez ha desaparecido nuestra Krakozhnia natal y nos encontramos
perdidos en esta terminal.
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Delfín -
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