El señor de la guerra
(Lord of War, 2005).
Nicolas Cage se especializa en papeles de personaje insatisfecho consigo
mismo, o dividido internamente, o que lleva doble vida, o vendido a la
tentación, o que se contempla a sí mismo corromperse por las
circunstancias (por ejemplo en Leaving Las Vegas, en The Family Man, o en la reciente El hombre del tiempo).
Así que le va que ni pintado el papel del traficante de armas Yuri
Orlov, ucraniano, falso judío, inmigrante en América y que se dedica al
comercio de armas a espaldas de su esposa, la top model que consigue
comprar, como un trofeo, a base de forrarse vendiendo kalashnikovs y
tanques.
La película empieza de manera impactante, con la vida
de una bala vista desde el punto de vista de ésta, desde su fabricación,
a través de sus mercadeos tercermundistas, hasta acabar en la frente de
un africano. Una secuencia impresionante, como el resto de la película
de hecho. Es de las que no hay que perderse este año, porque el final es
también de impresión, anti-Hollywood: una vez capturado al fin tras la
larga persecución de un agente de la interpol (Ethan Hawke), Cage sale
tan pimpante, liberado por sus abogados y amigos de amigos influyentes,
contactos al más alto nivel. La película termina diciéndonos que los
grandes traficantes son también los cinco miembros del Consejo de
Seguridad de la ONU.
Pesimismo amargo, ni asomo de final feliz,
porque el final es la situación hipócrita y real de nuestro mundo, que
no es feliz. No se nos ofrece ni la consolación imaginaria de la canción
de Bob Dylan "Masters of War". Aquí es Cage el que está al final de pie
sobre las tumbas de todo el mundo. Aunque algún traficante sí que muere
al tratar con el material sensible africano, Yuri Orlov es un
superviviente, y seguirá traficando muchos años más hasta que le vuelen
el coche o lo acribillen en algún hotel africano. Trafica, como le dice a
su mujer cuando ésta por fin descubre la verdad que no quería ver,
"porque se me da bien". Los márgenes de beneficio son inmensos, aunque
se paga con riesgo. La adrenalina también lo mueve, sin duda; es adicto
al riesgo, como su hermano a la coca. El hermano muere intentando
detener una masacre que se iba a hacer con sus armas, en la única escena
"sentimental" de la película. Pero Orlov/Cage no se deja ablandar. Si
tiene que aguantar que le den un tiro, lo aguanta; si su hermano le
invoca su alianza fraternal en ruso en el momento crítico, no pierde la
compostura, y cierra el trato cuando lo han matado. Es un personaje
despreciable y abominable, y la única crítica que se podría hacer a la
película es que nos lo hace familiar y humano a la vez que se exhibe su
inmoralidad atroz como pinchada en un palo en lo alto de la película.
Pero necesita un personaje tan horrendo e impermeable para mostrar cómo
es posible este comercio, y cómo son quienes lo hacen.
Es una
película buena por donde se coja, una especie de docudrama con un
anti-James Bond de protagonista recorriendo los cinco continentes. Está
escrita y dirigida por Andrew Niccol (que escribió también La Terminal y El Show de Truman).
Tiene una fotografía espectacular, una historia llevada de manera
sorprendente por la voz en off de Cage, escenas impactantes, ambientes
inolvidables. Especialmente buenas las escenas africanas: el aterrizaje
del avión de los traficantes en la carretera y su desguace; las calles
de Liberia; el encuentro de Cage con las hienas. Y los espeluznantes
señores de la guerra de Liberia y Sierra Leona, un ambiente de pesadilla
demasiado real y que te deja con el sentido de la realidad girando como
una peonza al salir del cine.
Porque en un sentido más amplio,
esta película condena la partición hipócrita del mundo en una parte
ordenada y otra desordenada, en el Primer Mundo y el Tercero, expresada
con la doble vida y los alter-egos de Cage. Que hace uno de sus papeles
más tremendos, al interpretar al señor de la guerra que tenemos todos en
casa sin querer saberlo, por vivir donde vivimos y como vivimos. Somos
la parte bienpensante de Occidente, como la esposa de Cage, unos
top-model añosos con ínfulas de artista. Mientras, en África se masacra
con las armas que exportamos. Y la película subraya la imposibilidad de
que esto cambie, con su frase más característica "Dicen que el mal
prevalece cuando los hombres de bien no hacen nada. Lo podrían dejar,
sencillamente, en 'el mal prevalece'." Id a verla, a consolaros
contemplando con lucidez vuestra hipocresía occidental. Es lo más que
haréis ese día contra el comercio de armas; ese y cualquier otro
seguramente.
Cada año se fabrican unas dos balas por cada persona que vive en el mundo. Alguien las va a disparar, ¿no?
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