Pío Baroja, MISERIAS DE LA GUERRA
Se
publicaba esta novela póstuma de Pío Baroja hace unas semanas, en
edición de Miguel Sánchez Ostiz (Madrid: Caro Raggio, 2006). La
presentó a la censura en 1951, pero le hacían tantos recortes que
renunció a publicarla. Y eso que difícilmente se podría considerar una
visión de la guerra contraria a los intereses del franquismo, aunque
Baroja ve tanta barbarie y es tan escéptico que en ocasiones no perdona
ni al bando con el que obviamente simpatizaba más. La publicación de la
novela este año (75 de la República, 70 del Alza-Miento) puede
considerarse como un capítulo más en la guerra de las versiones o la
batalla por la memoria histórica que vienen librando nuestros partidos
rojiazules y sus equeros mediáticos, entre los que me incluyo para que
nadie me critique de pretender estar au-dessus de la mêlée.
Baroja
sí que aspira a presentarse como un observador distanciado y escéptico,
y para eso introduce como narrador (a veces) a un forastero, el militar
y diplomático inglés Carlos Evans, o a su ayudante Will. La ficción es
tan tenue que constantemente se hace Baroja la picha un lío y tan pronto
habla de Evans en primera como en tercera persona, olvidándose de su
máscara narrativa. El famoso estilo "descuidado" de Baroja llega aquí a
su culmen o nadir, y la técnica narrativa y argumental es caótica, todo
un mero artificio impuesto de mala gana sobre una colección de estampas,
anécdotas y rumores emblemáticos de la atmósfera del Madrid
republicano. Baroja había salido de Madrid en junio del 36, con lo cual
el aire de "vivido de primera mano" que tiene todo es quizá la ficción
mejor sostenida del conjunto. Baroja estuvo en París, y en lugar de
centrarse en los Rojos podía haber elegido hablar de los fusilamientos y
barbaries de los Nazionales, pero escribiendo en España después de la
guerra no era cuestión: esto sí que es una toma de posición
retrospectiva. Claro que al volver a Madrid le llegaban a través de su
tertulia (ficcionalizada aquí como El Club del Papel) las experiencias
madrileñas, y así obtenemos un libro de las miserias de la guerra, pero
en especial de las miserias del Madrid gobernado por el Frente Popular,
sometido a expolios, detenciones arbitrarias, checas y tiranía de las
bandas de antropoides anarquistas. El título goyesco es muy a propósito.
La
preguerra sí la vivió Baroja, y de ahí nos vienen estampas como las de
los niños cantando "con voz de gato una especie de himno con el
estribillo que decía: ’Somos los hijos de Lenin’.
—¿Qué hijos ha tenido en este país, ese calmuco? —dijo el diplomático con sorna.
—Sí, no tienen mucho aire mongoloide—observó Evans." (24).
O
los asesinatos selectivos por parte de los fascistas y milicianos,
alguno de los cuales pudo conocer Baroja de primera mano... y de ahí que
saliese por piernas de Madrid en junio del 36.
No se centra
Baroja en ningún personaje en realidad; cuenta con detalles el
miniescándalo del estraperlo (que vaya gota en un océano), luego sigue a
ratos a Evans, o a otro miembro de la tertulia, Hipólito, mientras
rescata a una chica de una checa, bueno, casi de un harén llevado por un
macho dominante con pistolón; este Hipólito, anarquista asqueado, elige
al final de la novela ser fusilado en lugar de ser rescatado a su vez
por la chica de la checa. Típico Baroja:
- Pero ¿por qué?
-
Porque no siento entusiasmo por la vida, que me parece una pobre
miseria, y además porque teniendo que obedecer a ustedes viviría muy
mal. Así que prefiero la muerte.
- Usted está loco.
- Puede ser, pero loco o cuerdo, prefiero la muerte, y acabar de una vez y no seguir viviendo en esta inmundicia. (316).
Bueno, esto tampoco es que sea tirar cohetes en loor de la Nueva España... Los personajes de Baroja despachan su vida con la misma ligereza que Baroja sus papeles, con escepticismo y descuido, en esta novela crepuscular, amarga y escéptica. Si es que es novela, claro, pero novela es casi todo. Hay fragmentos mal desarrollados, otros repetidos, o mal ordenados; el editor aclara que todo esto es obvio y que ha preferido (con buen criterio creo) no entrar a corregir estas cosas.
Muchas
de las anécdotas engarzadas son por supuesto reales; así por ejemplo al
final, entre los prisioneros republicanos de la cárcel de Díaz Porlier:
Había
también un viejo republicano arrimado a un rincón que no podía
conciliar de ninguna manera el sueño, y (...) dejándose dominar por sus
obsesiones, repetía a cortos intervalos, como un estribillo irónico:
—¿No querías República? Pues... toma República. ¿No querías Revolución? Pues... toma Revolución." (306).
"Después
de esta guerra no se puede creer ni en la bondad ni en la hidalguía del
español" (157). Si algún acto de heroísmo hubo en la guerra, no lo ve
Baroja; aquí sólo mezquindad, crueldad, miserias grandes y pequeñas. Los
idealistas son necios ingenuos engañados, que pronto encuentran la
muerte en las trincheras. Los más brutos disfrutan matando y bebiendo
hasta que les llega su hora; pero también hay listos, nos dice la última
frase de la novela: "Los cucos se escaparon con habilidad y con dinero.
Los torpes por falta de comprensión, o de astucia, cayeron en la
trampa" (318).
Ni estrategias narrativas ni distancias irónicas.
Los portavoces de Baroja se mezclan con él y están ahí para expresar
claramente y sin ambages su pesimismo más amargo y su desencanto con
España y con el género humano.
"La
civilización es algo sin consistencia que se resquebraja fácilmente. No
han influido en la vida, suavizándola, ni la religión, ni la cultura.
El hombre en la guerra es tan cruel y salvaje como lo era en la Edad de
Piedra.
Se habla de enfermeros que han cortado la cabeza a los
heridos... ¡Qué salvajismo! ¡Qué odio tan atroz! Un odio que persiste y
estallará otra vez, un día cualquiera, sin saber cuándo ni cómo, dando
la sensación de que no sea acabará nunca." (307).
Según el editor, "Baroja está, sobre todo, tan perdido como sus personajes en un mundo que le va resultando más y más ininteligible, menos a salvo y más a merced de las circunstancias de lo que le hubiese gustado" (347). Si por una parte la novela es un "ya os lo dije" de proporciones colosales, hay bien poco triunfalismo y regocijo, y demasiado asco para ponerse a hacer ironía.
El momento más "literario", tampoco el más logrado, viene al final, en una alucinación alegórica de Hipólito, el anarquista desengañado. Ahí un "gran bestia bermeja, pesada y sangrienta" (encarnación del comunismo cutre y bajo a la españa profunda) aplasta a la ciudad, hasta que "una mujer alta, vestida de rojo y fuerte, aparece en el cielo y toca una trompeta de plata" (la Guerra, la Rebelión — se verá que los dos bandos no aparecen alegorizados igual de favorablemente). Siguen escenas dantescas o goyescas, mientras Hipólito oye una voz que repite una y otra vez,
—"Mira y cuenta a los hombres lo que has visto, porque nadie ha presenciado algo parecido".
Baroja
no lo presenció, desde luego, y sin embargo el libro rezuma la
autenticidad de lo vivido, con un tremendismo realista que sólo puede
creer (y demasiado bien que cree entonces) quien conoce al cutrerío
hispanoprofundo cuando se despacha a sus anchas.
A Pío Baroja
que no le vayan con la memoria de la República: "por sus actos los
conoceréis. No hay ningún Espartaco entre los revolucionarios españoles"
(178). Los peores campan a sus anchas, marcan la tónica general, y
arrastran al conjunto de la sociedad a una espiral de embrutecimiento:
"Todo
cuanto se hacía era torpe, de aire brutal y sin gracia. El contagio del
medio enrarecido era desolador y a personas que habían sido siempre
honradas, incapaces del menor abuso, se las veía dispuestas a intervenir
en cualquier chanchullo, siempre que se pudiera llevar a cabo
disimuladamente". (224)
Algo de caña le cae también, poco, claro, al bando rebelde o "blanco" que se ve mayormente de lejos:
"En
compensación, en el lado blanco se daban casos de barbarie. ¿De dónde
se habrá fraguado esa fábula de la hidalguía de los españoles?
Modernamente no han demostrado más que condiciones para matar, para
denunciar y para robar". (232).
Este pasaje, y la novela en fin,
se la censuraron a Baroja. ¿Una novela contra los rojos de Madrid?
Veamos. Pues no, censurada. A nadie le amarga un dulce, pero a todos les
amarga un amargo.
Todo lo sucedido en los últimos años 30
aparece en la novela de Baroja como una exaltación hasta la pesadilla de
las peores tendencias del país, un infierno de las recomendaciones, del
amiguismo y la arbitrariedad; "Todo era cuestión de amistad o de
compadrazgo" (232), ideología un cuerno. "Lo que más se parece a la
República española es la fiesta que acaba en borrachera y después en
riña" (238). Y así la guerra civil en Madrid acaba degenerando en otra
guerra civil dentro de la guerra, un enfrentamiento a muerte entre
comunistas y republicanos, con los franquistas en las trincheras
esperando a que caiga sola la capital como un fruto podrido, asqueada
consigo misma. Así habla un poeta convertido en miliciano desmadrado:
—Cuando se acabe este carnaval, me tendré que pegar un tiro.
Hipólito
el anarquista elige que se lo peguen a él los franquistas. Y a Baroja
como que ya le daba casi igual también, de puro asco y desencanto. ¿Que
arriba España? Anda ya.
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david -
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