M. Night Shyamalan, LA DAMA DEL AGUA
Qué película más mala, no se os ocurra ir a verla, a menos que
disfrutéis con esa variante del cine de terror que son las películas que
te hacen sentir vergüenza ajena por lo que rechinan por los cuatro
costados y lo mal que combinan sus ingredientes.
Shyamalan se
inventa una mitología ad hoc que hace la película arbitraria, y sus
pretensiones de moralizar a la humanidad altisonantes desde el primer
fotograma. Es una historia de náyades que vienen a ayudar a los humanos y
son amenazadas por un perro-hiena monstruoso que a su vez es amenazado
por monos monstruosos—en serio. El papel de los humanos es ayudar a las
náyades a regresar a su mundo. Y es doloroso ver cómo el engranaje
predeterminado para irnos informando de la mitología esa se va
desarrollando a trompicones según la fórmula ideada por el autor,
mientras los diversos personajes ven aterrizar sobre ellos una serie de
roles (la curandera, el protector, el intérprete... etc.) que la
historia ha predeterminado para ellos, y asisten con una paciencia
infinita a este aterrizaje de mitología oriental en una comunidad de
vecinos de Pennsylvania... una paciencia que sin duda sólo es comparable
a la de productores y actores de esta película danzando al son
disonante de la música de Shyamalan. Es un espectáculo grotesco, para
quien quiera vivir emociones aderezadas con un poco de schadenfreude.
Remata la historia la propia presencia del director haciendo un papel como autor de El libro de cocina,
(el título probablemente es malo, sí), una colección de pensamientos
sobre "nuestros líderes" que cambiará la historia de América tras la
muerte futura y violenta de su autor. Todo esto lo sabemos por los
poderes proféticos de la náyade, de la que nadie duda jamás ("Ah, eres
una náyade. ¿Y cuándo vuelves a tu mundo?", etc.). Quien venga a este
blog buscando un display de egolatría, mucha mejor idea es irse a ver La dama del agua.
Es una película del género ése como Bagdad Café
donde una comunidad anómica y desintegrada se ve unificada, dinamizada
con un propósito y un destino en lo universal por la llegada de un
personaje que da sentido a sus vidas, que restaura la comunidad, vamos.
En este caso, la comunidad desorganizada es un bloque de vecinos de
Pennsylvania, en cuya piscina aparece la joven. La verdad es que los
vecinos hasta se conocen, parece, con lo cual la cosa no era tan mala ni
mucho menos. Pero el mito de la joven los convierte a cada uno en una
figura de juego de rol, cosa que une mucho más. La casa de vecinos puede
ser los USA, o el mundo, según se quiera, un microcosmos multirracial
donde lo sagrado se desconoce, hasta que lo traen conjuntamente la
protectora náyade y Shyamalan el escritor indio, con el Gran Cambio que
provocarán sus obras. Hasta los judíos, encarnados en el portero,
Cleveland Heep, que acoge a la joven y los va reclutando a todos para
esta minisecta improvisada, lograrán superar el doloroso trauma de la
exterminación de su familia. (Siempre le van a Shyamalan estos
personajes heridos emocionalmente que se superan; aquí se juntan el
hambre y las ganas de comer cuando a este portero lo encarna Paul
Giamatti, el de Entre copas).
Convencidos inexplicablemente por el portero Heep, todos los vecinos se
unirán, al parecer, en un redescubrimiento del Sentido, que acabará
fructificando en la transformación de los USA por los efectos de la obra
visionaria de Shyamalan. Esto sí que es plantear la propia narración
como una solución imaginaria a problemas reales, pero a un nivel de
arbitrariedad tal que te cuelga la mandíbula.
La historia se
desarrolla según previsto, tras una ligera confusión de los personajes
al asignarse los papeles en el juego de rol, para distraer al personal.
La náyade era una náyade especial, cosa que la abruma pero poco, y por
eso está tan perro el perro y deben intervenir los monos sagrados. Uf.
Si es que hasta la fantasía necesita un mínimo de prudencia. Pero al
final, por suerte, se la lleva al fin a la chica acuática su águila
gigante, dejando a todos investidos con el sentido de lo sagrado y del
mito cocinado ad hoc. A todos menos a uno: un desagradable vecino, un
crítico cinematográfico que expone en unas intervenciones
metaficcionales las convenciones argumentales de la película, es
devorado por el perro-hiena (aunque creía, contra toda lógica, que un
personaje secundario desagradable no podría sufrir ese final, ahí patina
por primera vez su lógica). Lamentablemente para Shyamalan, el
perrohiena no se ha manifestado para devorar a sus propios críticos, por
ejemplo el de Film Journal International, en esta realidad pedestre. Claro que para el Christian Science Monitor y
gentes New Age dispuestos a agarrarse a un clavo ardiendo para creer
que nuestra realidad está vigilada por poderes trascendentales, las
empanadas mentales de Shyamalan les resultan agradables y sugerentes.
Pues nada, nada, a por ellas, todas para ustedes. Mitología barata,
entretenimiento barato, filosofía barata, lanzamientos multimillonarios
de semejantes productos... ay que tristes auspicios para el futuro de
América tras el Gran Cambio.
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