Antes de John Kennedy Toole, estaba Schopenhauer. Aquí un párrafo de "Sobre la Filosofía de la Universidad."
Si, con todo ello, la única desventaja que acarrean a las ciencias los intrusos e incapaces fuera que no les aportan nada, lo cual en las bellas artes ya es bastante, nos podríamos consolar y pasarlo por alto. Pero aquí producen daños positivos; en primer lugar, porque para mantener el prestigio de lo malo todos se alían en una liga natural contra lo bueno y se afanan con todas sus fuerzas en no tolerarlo. Pues no nos engañemos: en todas las épocas, en todo el orbe terrestre y en todas las circunstancias, existe una conjura, urdida por la naturaleza misma, de todas las cabezas mediocres, malas y estúpidas contra el espíritu y el entendimiento. Contra estos, todas ellas son aliadas fieles y numerosas. ¿O acaso somos tan ingenuos como para creer que solo aguardan la superioridad para reconocerla, honrarla y publicarla, y después verse ellos mismo reducidos a nada? —¡Obediente criado! Antes bien, tantum quisque laudat, quantum se posse sperat imitari. "¡Ignorantes y nada más que ignorantes debe haber en el mundo, a fin de que también nosotros seamos algo!" Ese es su verdadero lema; y el no tolerar a los capaces, un instinto tan natural en ellos como en el gato atrapar ratones. Recordemos aquí también el bello pasaje de Chamfort citado al final del tratado anterior ["en examinant la ligue des sots contre les gens d'esprit, on croirait voir une conjuration de valets pour écarter les maîtres"]. Pero sea manifestado de una vez el secreeto público; sea traído a la luz el engendro, por extraño aspecto que tenga en ell: siempre y en todas partes, en toda situación y circunstancia, nada han odiado la limitación y la estupidez tan íntima y ferozmente como el entendimiento, el espíritu, el talento. Que en eso se mantienen siempre fieles lo muestran en todas las esferas, asuntos y relaciones, al empeñarse siempre en reprimirlos y hasta en erradicarlos y aniquilarlos con el fin de existir solo ellas. Ninguna bondad, ninguna indulgencia puede reconciliarlas con la superioridad de la fuerza de espíritu. Así es la cosa, no tiene remedio y así seguirá. ¡Y qué terrible mayoría tiene de su lado! Es un obstáculo principal para el progreso de la humanidad en todos los aspectos. ¿Mas cómo pueden, en tales circunstancias, ir las cosas en aquel ámbito donde ni siquiera basta, como en las demás ciencias, una buena cabeza unida a la aplicación y la constancia sino que se requieren unas disposiciones totalmente peculiares que incluso solo se dan a costa de la felicidad personal? Pues, verdaderamente, la más desinteresada rectitud de intención, el afán irresistible por descifrar la existencia, la seriedad de la meditación que se esfuerza por penetrar en lo más íntimo de los seres, y el auténtico entusiasmo por la verdad: esas son las condiciones primeras e indispensables para la aventurada empresa de acercarse de nuevo ante la antigua esfinge en un reiterado intento de resolver su eterno enigma, a riesgo de precipitarse, junto con tantos predecesores, en el tenebroso abismo del olvido.
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