El derecho a la blasfemia
Vienen los noticiarios alterados con la famosa Yihad, con Al
Quaeda amenazando con atentar contra el Papa. Evidentemente el Papa no
calculó las consecuencias de su discurso sobre la irracionalidad de la
guerra santa, pero quién puede calcular las consecuencias de las
palabras de uno en la irracionalidad del vecino. En lo fundamental
tiene razón aquí el Papa: que la religión no puede ser ajena a la razón,
ni justificar la violencia. Y, traduciendo, pues evidentemente no
comparto ni el lenguaje ni los presupuestos del Papa, lo entiendo yo
así: la religión debe estar sometida a los límites de la racionalidad
social que posibilita la convivencia. Es decir, nada de religiones
violentas, atentados, etc. Que proteste cada cual lo que quiera por las
caricaturas de Mahoma o por los Cristos asados por ateos bromistas,
mientras lo haga ateniéndose a la ley, que es la expresión de la
racionalidad social (por imperfecta que sea a veces). Así pues, el
límite que pone la racionalidad es el siguiente: puedes asar tu cristo
si quieres, o quemar tu bandera norteamericana, si te la has comprado; a
mi cristo y a mi bandera norteamericana déjalos tranquilos. La libertad
de expresión, y de crítica a las irracionalidades del vecino, debe
estar garantizada; lo que no debe estar garantizado es el derecho a la
coacción; tampoco puede estar garantizado el derecho a no ser ofendido
más que en los límites establecidos por la ley (no por tu credo). Y si
nos creemos infamados, insultados, etc. por las expresiones de los
demás, hay tribunales para denunciarlo y determinar si se ha atentado
contra nosotros o no. Bastante oprimen las religiones el pensamiento de
sus fieles, sólo faltaría permitirles que extiendan sus dogmas a los
infieles. Ahí sí que tendríamos la Jihad montada, menudo guirigay de
prohibiciones entrecruzadas habría al haber varias religiones, si no se
sometiesen a una racionalidad común que les ponga límites a sus
pretensiones (que siempre serán las de sentar la verdad absoluta de unos
pocos, para todos). Y a cuidar que los ofendidos no restrinjan
indebidamente los límites de la expresión libre de los demás. Pero es
una batalla continua, porque al ser las palabras actos, no hay límite
entre el daño causado por las palabras y el daño causado por las
acciones. Pero estamos situados en este debate. Y a los infieles nos
corresponde no dejarnos comer terreno de libertades sólo porque los
fieles se sientan heridos en sus sentimientos. Y el espacio público de
Occidente, por generalizar, es laico e infiel. Católico, a Dios gracias,
ya no es. Musulmán desde luego tampoco es, y esperemos que nunca lo
sea.
Por supuesto, de ahí a decir que "el Islam" "nos" ha
declarado la guerra, como proclama Jiménez Losantos por la radio de los
obispos, va un trecho. Esta sí que es una narrativización precipitada,
tergiversada y falaz de la situación. "El Islam" no tiene portavoces
autorizados que hablen en su nombre y representen a todos los
musulmanes. Ni siquiera tiene ese portavoz el catolicismo, por mucho que
el Papa diga y dicte que lo es él.
Por cierto, hoy he expandido mi artículo sobre la narratividad,
donde escribo más sobre narraciones, contranarraciones, y debates
ideológicos. Evidentemente, todo el mundo nos quiere vender su
narración. Pues en lugar de comprar sin más la narracion, o la moto, del
vecino, hay que analizarla, y ofrecer una contranarración que articule
mejor cuáles son los hechos desde nuestro punto de vista. Que nunca
coincidirá totalmente con el del vecino, porque si lo hiciese sería que
estábamos en sus zapatos.
Así pues, no nos dejemos impresionar
demasiado por los sentimientos heridos de quienes nos dicen que han
ofendido gravemente a su fe, que han blasfemado contra sus creencias. En
el espacio multicultural, casi cualquier acción o expresión es ofensiva
o blasfema para las creencias de algún individuo o minoría. Por eso se
desliga de esas creencias. La blasfemia no es delito, y esperemos que no
vuelva a serlo. Hagamos de ella, como de todo lo demás, un uso
inteligente y moderado, sabiendo que también nos ha de tocar oír cosas
indignantes y ofensivas de boca de otros fieles o infieles.