jueves, 20 de agosto de 2026

Un fuerte golpe en el pecho

 Transcribo aquí el capítulo vigésimo, "El 14 de abril", del libro del General Berenguer escrito en 1935 y publicado al parecer en 1946. A lo menos no se echa de ver que mi edición de ese año no sea la primera. Tiene todas las páginas sin cortar; este ejemplar al menos no se lo ha leído nadie en los últimos noventa años. Se recordará que Berenguer sucedió como dictador a Miguel Primo de Rivera, siguiendo órdenes del Rey ante la renuncia de su predecesor. Emprendió una transición hacia la restauración de las elecciones, los derechos y libertades constitucionales y, en realidad, una restauración de la Restauración—pero el descontento y la degeneración de la derecha que apoyaba al Rey hicieron que los acontecimientos se precipitasen. Fue criticado también Berenguer, a pesar de sus manifiestas buenas intenciones hacia el sistema de partidos y a pesar de su voluntad por mantener el estado de derecho, por los juicios sumarísimos tras sofocar el pronunciamiento republicano de Jaca en 1930. En 1931 se desconvoca el calendario electoral que había previsto, aplazándose las elecciones generales hasta después de las municipales, y fue sustituido Berenguer como presidente del gobierno provisional por el Almirante Aznar. Berenguer pasó a ser Ministro de la Guerra, un caso insólito en las crisis de gobierno y que quizá da prueba de su buena fe y patriotismo, más que de su renuencia a dejar el poder que tan a disgusto había asumido en circunstancias bien desagradables. 

Los acontecimientos se precipitaron tras la victoria muy relativa de los republicanos en las municipales, y en este capítulo cuenta Berenguer cómo fue a parar el poder del gobierno central, inesperadamente, al autodenominado comité republicano de los firmantes del Pacto de San Sebastián (quienes no se habían querido presentar a las elecciones a cortes, para así desautorizarlas). 

En su narración no deja de leerse entre líneas, o más que entre líneas, la manipulación que efectuó dentro del propio gobierno el ministro de Estado, Conde de Romanones, un factótum a quien con tanto o más mérito que a Alcalá Zamora o demás republicanos puede atribuirse la caída de la Monarquía, a modo de puñalada trapera o palmada mortífera en la espalda—o fuerte golpe en el pecho. Eso ante la impotencia o inacción del propio Rey y del resto del Gobierno, incluido el paralizado o desbordado Berenguer. Al rey lo trata con más respeto Berenguer si bien se queja entre líneas de la manera en que desinformó al resto del gobierno sobre sus intenciones o temores. La derechita cobarde o traidora que rodeaba al Rey, y el propio Rey, eran peores que el PP—que Rajoy, Feijóo y Casado juntos, ya no digo nada de Aznar II. Pues una orden del Rey, o del almirante Aznar, al efecto de destituir o desautorizar a Romanones, y reconducir el orden público con mano izquierda, sin renunciar al Gobierno ni al orden vigente, quizá hubiera cambiado todo el curso de los acontecimientos. A saber con qué resultado.

Lean, lean, que es todo un capítulo de la historia de España.

 

Dámaso Berenguer

Conde de Xauén, ex presidente del Consejo de Ministros 

DE LA DICTADURA A LA REPÚBLICA.

(Crisis del reinado de Alfonso XIII) 

Madrid: Editorial Plus Ultra, 1946. 

 

Capítulo vigésimo

El 14 de abril

 

Despacho por la mañana con Su Majestad el Rey. —El Presidente me llama por la tarde a Gobernación.—Último Consejo de Ministros de la Monarquía.

 

Las noticias de provincias, de que me dió cuenta el jefe de servicio en la mañana del martes, no acusaban novedad alguna, según los partes recibidos de los capitanes generales: a ellas no había trascendido aún la agitación que se notaba en Madrid con creciente intensidad.

Hacia las once avisaron de Palacio que acudiera a despacho con Su Majestad. El Rey deseaba cambiar impresiones con sus ministros, no en Consejo, sino en despacho extraordinario; así nos lo explicaron al transmitirnos la citación. Resolución tomada, seguramente, al darle cuenta el Presidente de los acuerdos e incidentes del Consejo de la noche anterior. Desde el día de las elecciones sólo habían despachado con el Rey, el lunes, en su turno habitual de despacho, el Presidente y los ministros de Estado y de Justicia, conde de Romanones y marqués de Alhucemas.

Poco después de las once me trasladé a Palacio. En el trayecto, calle de alcalá, Puerta del Sol y calle del Arenal, la población presentaba su aspecto normal; nada reflejaba lo agitada que había sido la noche anterior.

En la Cámara, sin más concurrencia que la del servicio ordinario y alguna persona de la intimidad palatina, se encontraban ya el ministro de Marina, almirante Ribera, y el de Trabajo, duque de Maura, que habían sido citados al mismo tiempo que yo. Con el Rey despachaban en aquel momento el conde de Romanones y el marqués de Alhucemas; antes lo habían hecho el marqués de Hoyos y el señor Ventosa.

Transcurrió poco más de media hora, y pasamos al despacho de Su Majestad el duque de Maura, el almirante Ribera y yo. El Rey, que había salido hasta la puerta de la Cámara para despedir a los dos ministros que acababan de despachar con él, como era su costumbre, al tenderme la mano con algo más de efusión que de ordinario, me dijo en voz baja: "¡Qué razón tenías, Dámaso..!"

Estaba sereno, como siempre. Sin alardes. Sin debilidades. En su rostro se notaban las torturas morales de aquellas horas de ansiedad; pero nada traicionaba en su expresión la entereza de su espíritu. Yo no le veía desde el jueves anterior, el día 9, en que le acompañé a una conferencia del curso de coroneles que por aquellos días tenía lugar en Madrid, a los que dirigió la palabra, siendo aclamado con entusiasmo. Se daba cuenta de la situación, del alcance de lo que había ocurrido, de los medios con que podía contar para hacerle frente, y actuaba y decidía sin vacilaciones, pesando el valor de todas las posibilidades, la trascendencia de todas las decisiones.

Ya tenía conocimiento de la nota del Consejo de Ministros de la noche anterior, y después de comentar la situación que esta declaración planteaba, nos dió cuenta de que aceptaba el consejo del Gobierno; y que para mayor garantía del país en la libertad de pronunciarse sobre el Régimen, se proponía ausentarse de España mientras tenían lugar las elecciones. Era la aceptación de la fórmula propuesta por los constitucionalistas en ocasión de la crisis de febrero último, que no llegó a tener realización entonces por las circunstancias que he relatado, fórmula a la que ahora se sumaban parte de los ministros en el Poder.

Encargó al duque de Maura que redactara un manifiesto al país, de cuyo contenido le dió las líneas generales. Habló ampliamente con el ministro de Marina de la continuación del Infante don Juan en la Escuela Naval durante su ausencia, a la que en todo momento se refirió como situación transitoria, y nos citó ya para el Consejo de Ministros que tendría lugar esa misma tarde, a las cinco, bajo su presidencia, en el que, después de las consultas que pensaba celebrar a primera hora, se acordaría la forma de llavar a cabo esos propósitos. 

Ni durante el despacho, ni al despedirnos, se refirió ni hizo mención alguna a haber encargado a nadie de la realización de determinadas gestiones de que nos enteramos después, a las que se puede atribuir la causa de que los sucesos se precipitaran desarrollándose en forma distinta de la prevista. 

 

Regresé al Ministerio cerca ya de la una. Allí, la misma soledad que el día anterior. Algunos amigos íntimos, pocos... Eran muy contados los que se acercaban para dar una impresión del ambiente exterior; la mayoría permanecía, como se dice vulgarmente, "tapados".

Como la crisis estaba planteada, y en aquellas circunstancias de tan grave trascendencia, dí orden de que se llamara, para comunicarles la situación, al presidente del Consejo Supremo, general Cavalcanti; al director general de Preparación y Campaña, general Barrera, y al director general de la Guardia Civil, general Sanjurjo, a ninguno de los cuales había visto desde las elecciones. De las jerarquías militares residentes en Madrid sólo había tenido contacto, aquellos días, con el capitán general.

Acudieron Sanjurjo y Cavalcanti; Barrera no había regresado aún de un permiso que disfrutaba. Les comuniqué la noticia de la crisis planteada por el Gobierno y los propósitos que estaban en tramitación para resolverla por la formación de un Gobierno en el que entrarían seguramente los constitucionalistas, y la posibilidad de que el Rey se ausentara mientras tenía lugar esa especie de plebiscito. 

 A la hora de audiencias no hubo nadie para ver al ministro. El aislamiento en que nos encontrábamos era absoluto.

***

Poco después de las tres me comunicó el jefe de servicio en el Ministerio que por la radio acababan de decir que en Barcelona se había proclamado la República. 

 


  

 

(Continuará...) 

 

 

 

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