Paralelismos traumáticos
Ya hablé en un post anterior de Muertes paralelas, de Fernando Sánchez Dragó, y de lo forzado que me parecía alguno de los paralelismos que sirven de base al libro. Me ha gustado, sin embargo, como libro sobre la guerra civil española y sus consecuencias y la memoria de la misma y sus traumas, ejemplificados en el propio autor.
Es el libro una self-begetting novel de las que decía Steven G. Kellman, un libro que cuenta la historia de cómo llegó a ser escrito, y que, aún más, cuenta cómo quien lo escribe llega a ser quien es mediante la escritura de este libro. Escribe Sánchez Dragó con el siguiente planteamiento: tras muchos años de ignorar la figura de su padre, asesinado por los falangistas al comenzar la guerra civil, se ha dado cuenta, por diversas coincidencias y señales procedentes quizá del más allá, de que el destino de su padre y el suyo están estrechamente entrelazados, de que su padre es la persona más importante de su vida, "el personaje de más importancia, sustancia y trascendencia en la vida de su hijo" (583). Así, el hijo se da cuenta de que ha de escribir un libro para sacarlo del olvido, o para sacárselo del cuerpo, o para terminar de metérselo en el cuerpo quizá. Hace un seguimiento paso a paso de los últimos días de su padre, y más panorámicamente de toda su vida, y de la propia, y de la de su familia entera, con el trasfondo del país en la guerra y la posguerra. Analiza la manera en que su propia personalidad es producto de la herencia y de las circunstancias traumáticas que marcaron su infancia, y en suma busca "desamordazar y regresar" al difunto mediante un proceso de escritura intenso, superponiendo a esa escritura la investigación y la rememoración de su relación fantasmática con su padre, y de toda la carrera, personalidad y destino propios. Viene a concluir Dragó que él es quien es porque mataron a su padre —si no, es probable que hubiera seguido sus pasos en el periodismo y hubiese terminado dirigiendo la agencia Efe, y siendo un desdichado ejecutivo, o quizá un ciudadano Kane, en lugar del hippy feliz y anárquico que es. Aunque no parece haber razón para temer eso, si creemos que "todo lo que, bueno o malo, sucede a un hombre, a una persona, es culpa o mérito de su temperamento y de su conducta" (77).
Es
un libro pues contradictorio, y también excesivo, divagante,
desordenado, desvergonzado, que pasa de lo emotivo a lo carcajeante y a
lo absurdo o ridículo de manera deliberada sin gran orden ni concierto;
tan pronto es conmovedor como no puede callarse una asociación de ideas
deliberadamente grotesca, o desbarra con interpretaciones disparatadas;
todo con frecuentes repeticiones que van y vienen por oleadas o en
espiral creciente, conforme vamos entendiendo y conociendo mejor al
narrador y a su familia y obsesiones. Como digo lo he pasado bien
leyéndolo, a pesar de su longitud desmedida, de las repeticiones o
hipótesis inútiles, y de las abundantes ideas marulas del
autor-narrador.
Me ha interesado especialmente la dimensión traumática de la historia, y el sentido de ritual funerario de la escritura:
El
significado político de esta historia hoy es bien expresado por el autor
cuando dice que "pocos españoles hay que no lleven un dolor semejante
en el fondo de su almario" (59).
Ahora bien, el trauma familiar
de Sánchez Dragó, si bien es compartido con muchos españoles, a la vez
es vivido y analizado de modo muy particular por el autor. No me
convence el análisis que hace de su propio trauma: hay demasiada
palabrería y demasiado bailoteo hipotético alrededor, y un montón de
hojarasca de sincronías y reencarnaciones y destinos que para mí no son
sino síntomas de un cráneo mal amueblado y muy frívolo con las ideas y
con el orden de las cosas. No voy a ponerme a analizar el carácter de
Sánchez Dragó, pero creo que no sorprendo a nadie si digo que me parece
arrollador, egocéntrico, narcisista, fascinado consigo mismo y que le
encanta escucharse (vaya, todo eso menos lo de arrollador debería
hacérmelo recomendable al menos como alma gemela). Es un libro muy hindsight biassed, que
toma una historia llena de imprevistos, casualidades y contingencias, y
la organiza para reelaborar un relato de trayectos vitales
preorganizados en el más allá y simetrías vitales compensadas según las
necesidades fantasmáticas del autor, con el fin de explicar y justificar
el presente. La creencia en destinos, sobre todo destinos especiales,
en coincidencias asombrosas diseñadas para enseñarle lecciones, en
iluminaciones y caídas del caballo, etc., son todos síntomas de alguien
que cree desde muy adentro que la realidad está organizada en torno
suyo, algo de lo que evidentemente no se llega a curar mediante la
escritura de este libro.
Más interesante me ha parecido pues la
manera en que Sánchez Dragó escenifica el trauma de modo espontáneo, un
trauma no superado mediante la escritura, como querría hacernos creer,
sino por el contrario profundamente asentado, quizá más asentado que
nunca tras el proceso de escritura. Me refiero a las simpatías
profundamente derechistas (hippy-falangistas, por ser más preciso) de
alguien cuyo padre fue asesinado por los falangistas en la guerra. Claro
que Sánchez Dragó siempre ve esa circunstancia como un tanto paradójica
o contradictoria: su padre no era un "rojo", y especula que muy
probablemente habría hecho rápida carrera bajo el régimen de Franco, en
caso de haber sobrevivido (muy plausible suena esto).
El libro
empieza con el autor en sus años mozos e inconscientes. El autor, a
decir propio, no termina de hacerse adulto hasta que escribe este libro.
Era entonces, a mediados de los cincuenta, un rojillo comunistoide, o
más bien tenía un síndrome adolescente de revuelta contra su familia de
derechas y contra el franquismo paternalista y sofocante; y es al ser
arrestado por el célebre comisario Conesa cuando éste le espeta,
revelación para él, que a su padre no lo mataron los rojos sino
"nosotros" (sería borde el comisario), los nacionales. Segunda vuelta de
tuerca al trauma. Ya no sabe el futuro autor contra quién tiene que
rebelarse; en todo caso, aún no ha tenido lugar su caída del caballo y
su descubrimiento del misticismo oriental, que aquí aúna con el retorno a
la figura de su padre.
Primer toque de atención de los desbarres
mentales del autor es su simpatía por la figura de Queipo de Llano:
"Queipo, y eso le honra y, a mis ojos, le encumbra, ni era un político
ni se metía en política, tanto menos en politiquerías" (105)—¡pues menos
mal! Porque sólo dio un golpe de Estado, claro que eso no debe ser
meterse en política para Sánchez Dragó. En Queipo reconoce una especie
de anarquista de derechas como él. Pues con los jipis del calibre de
Queipo, ojo, digo yo.
Pero el episodio más revelador viene con
la fascinación que siente el autor por José Antonio Primo de Rivera. Lo
elige para la portada de su libro, detalle que le afeé en su blog, y es
de hecho la principal "muerte paralela" de las que supuestamente
estructuran el libro. A decir verdad, el libro es una serie de
estructuras contradictorias en pugna, porque según confiesa el autor,
fracasa en su intento de escribir un auténtico libro sobre su padre y
José Antonio. Así pues, esa estructura se entrecruza con otra que divide
el libro en tres secciones: la primera, "el padre", la segunda "la
madre" y la tercera "el hijo", o sea él mismo. Pero la sección de José
Antonio Primo de Rivera se embute de manera un tanto improcedente en la
sección de "la madre", con lo cual tenemos a continuación del padre
real, el padre imaginario, o el doble quiástico del padre, José Antonio
Primo de Rivera. Porque el autor quiere enfatizar que al igual que su
padre no era de izquierdas, José Antonio no era de derechas, sino un
revolucionario, y acabó fusilado por el bando revolucionario... Cuenta
asimismo su simpatía por la Falange renovada (que distingue de la
franquista como el blanco se distingue del negro)... pero ay, no puede
evitar el problema de que a su padre no lo mató ni esta falange renovada
a la que Sánchez Dragó da conferencias, ni la falange oficialista de
Franco, sino la única que existía por entonces, la de José Antonio Primo
de Rivera... un hecho con el que autor pugna por no enfrentarse. Serían
falsos falangistas, advenedizos, los que mataban a la gente, no
auténticos falangistas, seres puros, idealistas, al menos tal como se
definen a sí mismos en la obra de José Antonio... En fin. Que aquí veo
yo el auténtico y profundo trauma de Sánchez Dragó: un trauma que no es
un trauma, por estar ya cicatrizado y asimilado; es ya la forma en que
ha crecido el árbol, una estructura de personalidad, y unas reacciones
viscerales asentadas de antaño ante la iconografía y retórica de la
extrema derecha española.
Recuerdo que en la escuela de mi
pueblo, en la época franquista, figuraban, a la izquierda y a la derecha
del crucifijo, los retratos de Franco y de José Antonio. Franco como la
realidad, lo que ERA (una gloriosa realidad según la
autorrepresentación del régimen); José Antonio era la posibilidad
frustrada, lo que PUDO haber sido, pero también era el más allá, el
mártir, el santo, un ser de sobrenatural pureza que velaba sobre el
presente desde un lugar privilegiado. Sánchez Drago, a la vez que
reacciona (como casi toda España) contra la pequeñez espiritual, la
mezquindad siniestra y la dantesca mediocridad de Franco, conserva
intacta la otra parte del binomio, al parecer sin caer en la cuenta
hasta qué punto es una construcción del propio franquismo que abomina, y
parte esencial de su mitología. Refuerza la figura de José Antonio con
lecturas de primera mano, de las que sale tanto más convencido.
Convencido a priori y por necesidad, pues José Antonio es, a un nivel
profundo, y como lo demuestra al estructura de su libro, el alter ego de
su padre, la dimensión sobrenatural, trascendental y secreta de su
padre; lo que su padre hubiera sido si hubiera sido un gran hombre, y no
sólo el que fue (un hombre dinámico, pragmático y sin ideario
político). Sánchez Dragó tampoco tiene ideales políticos, abomina de
España, que es una ciega pelea a bastonazos entre rojos y azules; pero
si los tuviera, en esa dimensión transcendental y secreta, serían los de
José Antonio, o los de la actual Falange a la que admira y desea una
suerte que augura no tendrá, dada la realidad de España (que por eso,
por esa realidad, es Sánchez Dragó anarco-jipi, y no falangista, pero
también por su carácter, y, en fin, que su identificación con José
Antonio es una identificación con un ideal imposible y sobrehumano, un
superyó). Hasta intenta hacer de José Antonio, no sólo "claro varón de
España" sino poeta... ésos son los mejores, los de obra puramente
hipotética.
Con respecto al "Alzamiento", es ambiguo Sánchez
Dragó, como lo es hoy gran parte de la derecha que lo contrata (aparte
de las conferencias a la Falange, la televisión de Madrid aparece como
su empleo más estable recientemente). La sublevación franquista tuvo
lugar "contra el gobierno legal—pero dudosamente legítimo, porque la
violencia imperante y la parcialidad de sus planteamientos lo
deslegitimaban" (312). También justifica las llamadas de José Antonio al
uso de la violencia, intentando quitar hierro a sus frases, y aceptando
al parecer que "no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de
los puños y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria" o
cuando se insulta a nuestros sentimientos (390). Hay que destacar
también, por ser ecuánimes, que dice por otra parte que la condena a
muerte de José Antonio fue, si bien injusta, comprensible dadas las
circunstancias. (Tanto más me sorprende que insista pues en ponerlo de
figura paralela con su padre, ejemplo de muerte a todas luces
injustificable e incomprensible para quien no quiera ponerse del lado de
los asesinos).
Estamos marcados por la guerra. "No son, amigo
Delibes, las guerras de nuestros antepasados. Son también, las de ahora
mismo y serán algún día las de nuestros descendientes. ¡Maldita Iberia!"
(406). El mal nacional, la envidia, recibe esta formulación: "tienen
mis compatriotas—y cualquiera que despunte en algo, yo mismo, bien lo
sabe y padece—la muy puñetera y palurda manía de encasillar al prójimo y
de negarle a priori, y a machamartillo, toda posibilidad de sacar los
pies del plato y de transitar por caminos diferentes, aunque no por
fuerza opuestos, a los que les tienen asignados" (421). Con frecuencia
es elocuente Sánchez Dragó a la hora de describir los caracteres típicos
nacionales, sus pequeñeces y sus abominaciones grandes y pequeñas.
Pero,
revenons à nos moutons, es interesante cómo "la verdad se inventa"
según dice el autor citando a Machado (448); si eso es cierto de la
verdad histórica, tanto más de la "verdad" más subjetiva que necesita el
narrador. Así, Sánchez Dragó se enteró siendo hombre joven de que a su
padre lo habían matado los falangistas, pero la verdad que necesitaba en
su esquema emocional era otra (la que había recibido, de hecho....).
Tanto más a medida que desandaba simpatías políticas para volver a una
derecha bastante derechista, tras su sarampión comunista. Necesitaba que
su padre fuera de los buenos, no de los rojos (y no era de izquierdas... así que tanto más corregible la historia). En una novela autobiográfica, Las fuentes del Nilo (1986) imagina la huida de su madre y propia del Madrid republicano "en una avioneta falangista que volaba a ras de suelo". Es,
novelando la realidad, lo que le pedía el cuerpo. Analiza cómo su madre
regresó a la España de su clase social, de su entorno, de su vida
entera... pero no se aplica a sí mismo ese mismo razonamiento. O se
indigna con los milicianos que habían destrozado el mobiliario de su
casa en Alicante al ocuparla; tras denostarlos y preguntarse "¿qué
habría sido del país si semejante gentuza se hubiese llevado el gato de
la victoria militar al agua?" se excusa con este sorprendente
razonamiento:
"Lo siento. Sé que en la otra bandería de la guerra se perpetraron atrocidades análogas, pero no con las casas y las cosas de los míos. ¿Acaso no es lógico salir por los fueros de mi gente? Es la voz de la sangre la que aquí habla por mi boca" (499)
—esto, en una narración centrada en el asesinato de su padre por los de la otra bandería... es, como poco, un lapsus sorprendente.
Otro
episodio traumático significativo es el relativo a su hermanastro. Hijo
del segundo matrimonio de su madre, matrimonio sin amor, se obsesionó y
enloqueció con la idea de que en realidad era hijo del primer marido de
su madre. "Diciéndolo de otra forma: quería ser hijo del amor, no del
desamor, como en la triste realidad lo era, y bailando en ese alambre
enloqueció" (533). Una triste historia, pero que a su manera viene a
reforzar los ecos traumáticos que resuenan en las propias obsesiones del
autor: este también quiere ser hijo de la derecha, y no de la España
roja, y de ahí su obsesión con el paralelismo y analogía entre su padre y
José Antonio Primo de Rivera, y el retorno casi compulsivo e histérico a
la figura de este último. Aludiendo a su hermana mayor, que murió de
cianosis tras el nacimiento, lo expresa así: "Y ese niño, que no nació azul, aunque tal fuera luego (y lo siga siendo, cada vez más) su color favorito, fue Dioni" (Dionisio es su alter ego ficcionalizado
y corregido). Azul, pues, como el cuaderno de Aznar, o como la camisa
de José Antonio, y por voluntad propia de darse forma a sí mismo
volviendo una y otra vez al origen que era cierto poéticamente, si no
literalmente.
Termina el libro entre escenas de excavaciones en
las Fosas de la Memoria, con estudiosos identificando los cuerpos de
fusilados anónimos en la guerra civil, y regresando a los traumas para
curarlos ceremonialmente: "el familiar, para recuperarse del trauma de
la desaparición del ser querido, necesita 'cerrar el duelo', y eso sólo
se consigue recuperando los restos del familiar desaparecido y dándole
una sepultura digna" (608). Pero el autor ya no está interesado en los
restos literales de su padre; ha recogido y reelaborado a su manera sus scattered textual bones,
y le da pagana sepultura en su libro, fundiéndolo de manera más
satisfactoria no cabe con una recreación de su propia personalidad, la
recreación a la que estaba "destinado" tras la original creación de su
persona que habría de nacer póstumamente. En una imaginativa sesión de
psicoanálisis mediúmico con su amigo Jodorowski, llega a la certidumbre
de que si su padre no vivió la vida que parecía tener destinada, es
porque la vivió reencarnado en su hijo (en versión corregida y
aumentada, menos oficinista...). La identificación con el padre a través
de la reencarnación es desde luego una buena solución para desenterrar y
regresar al muerto, para quien se la pueda creer. Aún va más allá
Sánchez Dragó, y llega a concluir lo siguiente, paradigma de la
reconciliación consigo mismo y con los hechos y hasta con los actores de
la muerte de su padre:
—¿Significa,
lo que acabas de decirme, que yo debo la buena marcha de mi vida, su
encarrilamiento, los éxitos alcanzados en ella, a la muerte de mi padre?
—Sí, sí, sí...
— En ese caso, maestro Jodorowsky, estaría
obligado a admitir que el crimen cometido con mi padre, malo para él,
fue bueno para mí y que , desde ese punto de vista, debería, incluso,
estar agradecido a las personas que lo asesinaron.
Así el
libro invierte su proyecto, y pasa a celebrar y justificar la muerte del
padre, incluso a recrearse en ella de modo autocrítico.
Pero entre esta
frase y las loas a José Antonio y la Falange hay una relación
traumática que el texto, aun en sus piruetas más grotescas, evita ver.
Demasiado pronto "mató al padre" Sánchez Dragó (630)—fue una muerte en
falso, no conocía a su padre y así mal pudo matarlo, y por tanto sigue,
matándolo imaginativamente sin lograr salir de su adolescencia ni aun en
la vejez, y siempre lo mata en falso, mientras el padre fantasmático,
muerto pero eternamente joven, José Antonio Primo de Rivera, lo
contempla impasible desde su retrato.
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