Los profesores sobramos en la Universidad
Es el nuevo discurso sobre la universidad, propiciado por las
autoridades académicas y aliñado con salsa boloñesa. Los profesores
estamos de más. Somos un problema, un obstáculo para la reforma
necesaria de la universidad, en realidad una cosa del pasado. La
universidad con profesores es un modelo en última instancia medieval,
llevado al ridículo en la época de la universidad masificada de la
segunda mitad del siglo XX. Ahora, con la privada, ya hay más
competencia entre las universidades, el aula está más tenue, y los
alumnos ya no son la peste que eran cuando yo estudiaba, antes son un
bien preciado a adquirir y atraer, una fuente de ingresos, clientes.
El profesor en cambio sólo produce gasto; aquí hace falta una
reconversión industrial. Antes se creía que el profesor tenía una
función: hoy se sabe que es inútil. La universidad debe ser más
interesante, más participativa, con alumnos activos que se procuran a sí
mismos el conocimiento. El énfasis, nos dicen, ya no está en la
enseñanza, en realidad no hay que "enseñar": es prepotente, y
antipedagógico eso de enseñar. Deben ser los alumnos los que se
autoeduquen en una moderna universidad con medios interactivos a su
alcance, en centros de autoaprendizaje. ¿Podría pensarse que el
profesor, si bien sobra como docente, es necesario como evaluador? Pues
no, tampoco; el profesor es la causa del fracaso escolar,
primero por sus métodos repulsivos, y segundo por el planteamiento
erróneo de toda la cuestión. No se trata de poner cortapisas al proceso
de autoeducación, sino estimularlo y valorarlo en lo que tiene de
positivo. Luego el mercado de trabajo se encargará del examen final. No
es labor del profesor anticiparse al mercado: más bien debería cuidar de
subir las tasas de éxito académico, y hacer que su empresa, la
Universidad, presente un balance positivo. No es que haya que imponerle
un porcentaje determinado de aprobados, por decreto; en realidad todo
suspenso es malo, y el espíritu a inculcar es más bien un cambio
espontáneo de actitud, una autocrítica, un sentir con los tiempos que
lleve al docente a entrar en sintonía con la nueva manera de hacer las
cosas, y facilite al alumno el
éxito académico que todos deseamos, el alumno por supuesto, pero quizá
aún más las autoridades que hacen estadísticas. En realidad, para ser
sinceros, el profesor no es un profesor. Será un experto en su materia,
si quieren, pero... ¿profesor? Ja. Para eso le haría falta mucha más
pedagogía; en realidad sólo los expertos en pedagogía deberían llamarse
propiamente profesores. Los
demás, al ICE. Les hace falta rellenar unos cuantos impresos previos al
curso (y posteriores también) con planificación, objetivos, diseño
curricular—pronto estarán informatizados, y el ordenador no dejará pasar
ciertas cosas. La clave está en diseñar,
y luego dejar que todo funcione solo, que autoaprendan los estudiantes
con las actividades y el trabajo en grupo. En grupo, sí, porque la
calificación individual es una herencia del pasado. Es mucho mejor
valorar a la clase en su conjunto, ya se sabe que el trabajo en equipo
es formativo y potencia la sinergia. Mejor que evaluar
a los alumnos, de hecho, el profesor debería someterse a una
autocrítica, valorarse a sí mismo, autoevaluarse, hacer informes sobre
la adecuación de su propio diseño curricular, en función del éxito
académico de sus alumnos. Aún más adecuado es que los alumnos evalúen al
profesor; esa sí es una evaluación pertinente y que hay que potenciar.
Mejor si contribuye a moderar un poquito los sueldos, con complementos
de docencia que pueden utilizarse también estadísticamente como
indicadores de la modernización de nuestra universidad. ¿Que se obtienen
muchos complementos? Modernos que somos. ¿Que no? Eso que nos
ahorramos. Mal invertido en todo caso está el dinero que se dedique a
preservar una figura medieval, decimonónica, desagradable, autoritaria.
¿Quién quiere oír una lección magistral? Yo desde luego, no. Lo mejor
sería diseñar adecuadamente unos sistemas de autoaprendizaje, o
importarlos de los americanos, que ya tienen todo esto hecho, y que todo
funcionase luego por sí mismo, únicamente con personal de
administración y servicios, técnicos para revisar los cuelgues del
sistema, o todo lo más unos animadores culturales, unos psicólogos de
grupo, que hiciesen las pocas clases, digo clases, reuniones de trabajo
con los alumnos, amenas y provechosas para todos. Y titularlos a todos
en el período de tiempo establecido. Después de todo, ¿qué mayor estafa
puede haber, en una empresa-universidad, que cobrarle a un cliente por
un servicio que no se le presta, un producto-diploma que no se le
entrega? Deberían devolverle el dinero, en ese caso. La Ministra ya nos
anuncia que las Universidades serán financiadas en función de sus
resultados académicos (inmediatos, se entiende). Las que produzcan
fracaso serán lentamente estranguladas. A buen entendedor. En realidad,
los estudios universitarios no tienen por qué ser difíciles, está al
alcance de cualquiera ser un médico, arquitecto o filólogo. Si no se le
ponen obstáculos, claro; si se introducen las reformas
adecuadas en la metodología docente, y si se logra que capten el mensaje
los profesores, esos anticuados personajes de dura mollera que para
desgracia de la universidad aún siguen siendo muy influyentes en ella.
Arrebatar la universidad a los profesores, y luego, en la medida de lo
posible, expulsarlos de ella: he ahí un objetivo loable para
administradores, pedagogos, rectores y ministros.
2 comentarios
JoseAngel -
José Luis -